Esenciales: Meditación

2026-07-30

La meditación al principio no es meditación, sino intentos por concentrar la mente. El camino para llegar a ella es la constancia y la disciplina, como bien nos han señalado los maestros. Así vamos llegando a ese estado en que todo dentro y fuera de nosotros se serena y se va disipando la niebla… Ya se aproxima el momento en que la mente se abre a la claridad: es la luz de sattva. Escribe Ilde Leyda.

 

            “Durante unos días he vivido sin pensar” (Fernando Pessoa)

“Esto permite abrir un diálogo nuevo entre el pasado y el presente, entre lo analítico y lo intuitivo, entre el discurso y el silencio” (Martyn Neal)

 

Diría que aquí y allá he contado en varias ocasiones ya cómo y por qué me empecé a interesar yo por el Yoga: en el año 2000 leí la versión de la Bhagavad Gītā de Fernando Tola que publicó el Círculo de Lectores en su memorable colección Sabiduría oriental. De inmediato, despertaron enormemente mi curiosidad muchos de los pasajes de esta obra imperecedera del espíritu humano:

“Con tus ojos puestos en tu propio Deber,
no debes vacilar,
porque nada existe para un guerrero
mejor que un combate conforme con su Deber”

O, por ejemplo, también:

“Yo he enseñado antaño, oh guerrero sin tacha,
que en este mundo es doble el camino:
el yoga del conocimiento
para los dedicados a la teoría,
el yoga de la acción
para los dedicados a la acción”

¿Qué era, pues, eso que tan poética, bella, impactantemente exponían esas estrofas? ¿Qué era el Yoga? Y, además o sobre todo, ¿qué era la meditación y qué relación guardaba esta con el Yoga?

Añadía la Gītā:

“cuando en ese estado uno se ha establecido,
jamás se aparta ya de la verdad;
conquistándolo,
no piensa uno más
que pueda darse otra conquista igual”

Y yo me preguntaba que qué sería eso, si algo así podía ni siquiera existir en absoluto en nuestra mente humana.

Una de las consecuencias de esta lectura fue que a lo largo del 2001 estuve informándome hasta que, finalmente, me apunté a mis primeras clases de yoga. Una vez allí, tampoco veía yo que, en general, el resto de alumnos mostrara demasiado interés por ese vaporoso asunto de la meditación ni aun que prácticamente se mencionara. Así que fui y le pregunté directamente a Malou, la profesora belga. Y, poco después, le seguí insistiendo, de modo que, recomendado por ella, en febrero o marzo del 2002 llegué a tener mi primera clase particular con mi maestra Cristina Sáenz de Ynestrillas: la meditación, este mundo, el cariz patente del misterio inefable de la conciencia.

Dhāranā

La meditación, al principio, no es meditación, claro. Es un tratar de concentrar la mente dispersa por los enredos incesantes de lo cotidiano, de alcanzar dhāranā (la concentración) o algo que, más o menos, se le parezca; es un querer y no poder. La meditación, al principio, nos da la frustrante impresión casi irrevocable de que nunca vamos a ser capaces de alcanzarla (pese a que, paradójicamente, en esa etapa tampoco sabemos aún lo que es), puesto que los pensamientos vienen y van y vienen y van y ruedan más y más y, cuanto más intentamos nosotros acallarlos mediante una supuesta concentración de la mente, mediante un incremento de la atención sobre un solo objeto o tema, más díscola y revoltosa se nos revela ella hasta que, frecuentemente, nuestra propia cabeza la acabamos sintiendo más como un trastero destartalado que como un piso adecuadamente amueblado. Y es así que, en ocasiones, esa experiencia llega a convertirse, por momentos, en casi exasperante y esto nos conduce justo a lo contrario de lo que andábamos buscando: nos acaba ofuscando y tensionando en mayor o menor grado, nos enturbia la visión en lugar de aclarárnosla aunque sea un poco.

—¿Por qué me dedico a perder el tiempo de esta manera? ¿Es que no tengo nada mejor que hacer? Pero, ¿qué estoy haciendo realmente?—se pregunta inexorablemente uno.

Mas ya nos han repetido todos los maestros que uno ha de volverlo a intentar otro día, en otro momento… Se ha de ser disciplinado, constante. Se ha de perseverar con firme convicción, con fuerza de voluntad…

T. K. V. Desikachar: “En general, se dice que en dhāranā vamos en una dirección de búsqueda”.

Mucha gente le llama a esto meditar, a este esfuerzo por procurarle un solo enfoque, unidireccionalidad, a la pantalla de nuestra mente. Hemos de, como digo, insistir para, finalmente, poder acabar superando con éxito esa fase inicial, esa barrera que está impidiendo que pueda darse el flujo de la verdadera meditación (dhyāna).

Ese ritmo terso de la claridad

“No es solo como a primera vista puede creerse” (Juan Ramón Jiménez)

 Ese estado de la mente en que todo, nosotros mismos, el mundo, se serena y se va a la vez aclarando más y más, gradualmente, y luego todavía un poco más nuestra percepción, ahondándose nuestra comprensión de nuestros propios procesos mentales, así como también la de los procesos mentales de los demás, nuestra nítida comprensión interiorizada de las distintas dinámicas y mecánicas que configuran la tramoya tras de este decorado o escenario que es la vida tal como nosotros la transitamos, esa prístina acuidad, igual que finas películas traslúcidas o alas de mosca que se fueran paulatinamente desprendiendo de la superficie de nuestros ojos para ir permitiéndonos, a cada paso –la precisa imagen del espejo de gran niebla teresiano–, ver más cristalinamente, es decir, comprender y aprehender más amplia, honda, gratamente mejor.

…y así cambia el ritmo al que sentimos el transcurso del tiempo… se va volviendo otra la relación que mantenemos con el espacio, con las distancias, con nuestra posibilidad de recorrerlas, incluso nuestra relación con la ley de la gravedad que habríamos jurado que era tan definitiva e inamovible, nuestra masa sentimos que se aligera… nuestro ánimo mejora en tantos sentidos… se agudiza nuestra habilidad para la precisión mental, para la física… se aleja o aminora la tontería y las tonterías, las mezquindades… disponemos de más energía… expansión…

Tratamos de que predomine sattva, la claridad y la armonía que están dentro de nosotros mismos, de cada persona, y que descubrieron y definieron hace milenios los yoguis allá en la India, aquí expresado por las palabras del gran T. K. V. Desikachar en Conversaciones sobre yoga: “La mente tiene tres cualidades o gunas: son tamas, rajas y sattva. Tamas es pesadez, torpeza. Deseamos hacer algo pero lo desechamos. Por ejemplo, si para mí es hora de dar este curso y al mismo tiempo siento pesadez, esto es causa de conflicto, de duhkha. Esta calidad letárgica de la mente es tamas. Es hora de ir a la cama, pero la mente dice: voy a ir al cine, ¿por qué no puedo ir? Esta cualidad de la mente que exige movimiento, frenesí, se llama rajas y también produce duhkha. La tercera cualidad de la mente es la ausencia de estas dos: no hay pesadez ni precipitación. Es solo claridad. La mente está verdaderamente clara. A esto se le llama sattva, y obviamente no produce duhkha. […] Intentamos modificar las perturbaciones de nuestra mente mediante la práctica del yoga”.

Ilde Leyda empezó a practicar yoga en 2001. Durante más de diez años fue alumno de Cristina Sáenz de Ynestrillas, alumna de Claude Maréchal y de T. K. V. Desikachar. Desde 2019 prosigue sus estudios con Martyn Neal. Ha traducido al castellano la tan bella como profundamente inspiradora obra Yoga, Viaje al Corazón (Chinmayam Ediciones) de T. K. V. Desikachar y Martyn Neal.