Esenciales: La Ilustración y el Espíritu

2026-07-01

El yoga no reniega de la Razón, diosa de la Ilustración, a la que tanto debemos. Incluso sus vectores coinciden sobre todo en la búsqueda constante de una mayor claridad mediante la aplicación metódica y rigurosa de la mente y de nuestras capacidades humanas. ¿Y dónde queda el Espíritu? ¿Dónde entran en contacto ambas dimensiones? Escribe Ilde Leyda.

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«Sapere aude! (¡Atrévete a saber!) (Kant)». Foto de Meri Verbina

Jamás escribo nada (y mucho menos lo publicaría) sobre ningún tema que no haya sido antes a lo largo de mucho tiempo para mí del máximo interés y, habitualmente, fascinación y acerca del cual no haya previamente leído, atendido a las voces de los expertos, reflexionado, durante infinidad de horas con la mayor calidad de concentración y de claridad en mi día a día por mí alcanzables. No obstante, vengo ahora, por fin, sobre este tema que, por unas razones u otras, he tenido hasta hoy –siendo como es uno de los recurrentes y casi diría que predilectos entre los míos­– que ir posponiendo una y otra vez…

Se trata de esta dialéctica o incluso aparente antagonismo –ineludible para cualquier persona medianamente sensata, inteligente y sensible– entre la Razón y el Espíritu, entre la materia y la metafísica, entre lo exotérico y lo esotérico, entre la luz y la luz, no sé si me explico…

“Sapere aude! ¡Ten el coraje de servirte de tu propio entendimiento!” (Immanuel Kant, ¿Qué es la Ilustración?)

“No creas nada simplemente porque lo has oído. No creas en las tradiciones porque han sido transmitidas de generación en generación. Tampoco creas en nada porque se rumoree y lo repitan muchos. No creas en nada simplemente porque se encuentre escrito en tus libros religiosos. No creas en nada por la mera autoridad de tus maestros y ancianos.

Pero después de la observación y el análisis, cuando encuentres que algo concuerda con la razón y conduce al bien y al beneficio de uno y de todos, entonces acéptalo y vive conforme a ello”. (Buda)

 La segunda de estas citas –como todo el mundo sabe– es unos 2.000 años cronológicamente anterior a la primera, solamente un par de milenios…

Sin embargo, en nuestra narrativa occidental y hasta hace prácticamente nada (si es que acaso ha dejado de serlo) eurocentrista de la historia humana y de su pensamiento, el siglo XVIII viene etiquetado como el Siglo de las Luces, la resplandeciente época de la Ilustración y del Neoclasicismo, del progreso que significó netamente un antes y un después de aspecto irreversible. Y es que se trata, sí, sin el menor género de dudas, de un período interesantísimo a más no poder, deslumbrante, revolucionario, desmitificador y esclarecedor en numerosos y bien fecundos sentidos, sí.

Una humanidad libre y feliz

“Destruir los prejuicios, difundir por todas partes las luces de la razón, edificar un porvenir donde los hombres sean libres y felices, tal es la ambición de estos filósofos ‘comprometidos’ con las mutaciones sociales y políticas de su tiempo” –explican Denis Huisman y André Vergez en su Historia de los filósofos.

Y es que, sin duda, uno de los factores más relevantes del pensamiento de esta época fue su patente y loable vocación tanto práctica como didáctica, su pretensión y logro de influir en la modificación de la realidad material y social con el afán bienintencionado de mejorar las condiciones y el contexto general del ser humano. Pues, bien al contrario, han sido tantísimos los filósofos y corrientes verdaderamente brillantes del pensamiento humano que no han hallado el menor desarrollo ni eco más allá de las torres de marfil de los gabinetes y los salones, bibliotecas y cátedras de los estudiosos y de su grupo de iniciados… Sin el empirismo y los ilustrados del XVIII nuestro mundo sería muy distinto de como es hoy, para bien tal vez en algún sentido, pero, sobre todo, diría que para mal en la inmensa mayoría de ellos.

¿Quién podría, pues, dejar de admirarles? ¿Quién podría dejar de estarles profundamente agradecido por todos los cambios tan positivos que con sus planteamientos y actitud y empuje generaron y en los que nosotros hemos ya nacido y vivido y de los cuales disfrutamos de manera más o menos normalizada e inconsciente?

“Formular con tersura
el arte magna de su léxico
en orden de combate: el repertorio mágico
de la nomenclatura y las categorías,
su tribunal preciso, inapelable prosa
bella como una máquina de guerra.
Y recorrer con método…”
(Guillermo Carnero, Elogio de Linneo)

La verdad, la pura realidad, es que a los ilustrados del siglo XVIII les debemos muchísimo, casi todo lo que tenemos… Este mundo nuestro de ahora –con tantas contradicciones e injusticias y miserias, así como también con sus bondades y ventajas y éxitos apabullantes­– no hubiese sido posible sin ellos, sin aquella resolución suya por tratar de aportar la claridad de la razón, del orden y de la constatación empírica y técnica a los tan variopintos organigramas y situaciones de la humanidad; no hubiese sido factible sin su osadía, sin su rebeldía contra el oscurantismo ni sin sus experimentos.

Estamos en deuda con ellos… Tanto que, a todas luces, resulta imposible de calcular: la democracia y la ciencia; unos mayores grados de justicia social; los medios de comunicación y de transporte; todas las comodidades y privilegios de nuestras sociedades del bienestar (o, en algunos casos, lamentablemente de lo que va quedando de ellas); la medicina tal como nosotros entendemos lo que es la medicina; la abundancia de los bienes de consumo; etcétera, etcétera, etcétera.

El Espíritu

“No han desertado los antiguos dioses
para quien llega a colocar ofrendas
y se retira, y sabe”
(Guillermo Carnero, El arte adivinatoria)

Pese a todo ello, estas personalidades filosóficas y científicas tan lúcidas cometieron seguramente algún error, algún que otro craso error: llevadas por su entusiasmo racionalista, materialista y pragmático descartaron, por ejemplo, de raíz todo cuanto no pudiera ser detectado, analizado y clasificado por la “omnipotente (nueva diosa) Razón” y cayeron en ese nuevo dogmatismo.

El Yoga, por su parte, siempre mesurado y respetuoso, no niega ni reniega, por supuesto, de esta mentalidad ilustrada ni de sus proezas, faltaría más… De hecho, en múltiples sentidos y, en esencia, sus vectores coinciden: principalmente en esa búsqueda constante de una mayor claridad mediante la aplicación metódica y rigurosa al máximo nivel factible de la mente y de nuestras capacidades humanas.

Pero, entonces, ¿dónde queda el Espíritu?

Nos dice T. K. V. Desikachar en Yoga, viaje al Corazón: “…tal vez podamos apreciar, más allá de la mente, la experiencia ilimitada de la conciencia. La mente por sí sola no puede darnos esto”. Así como también: “Yo quería pruebas, explicaciones. Lentamente, empecé a descubrir que había ciertas cosas que existían, pero que no podían explicarse de manera científica”.

Y el maestro Martyn Neal: “La fuente de la percepción, purusha, se encuentra más allá de los guna (gunâtita) y, como tal, no puede ser “captada” por la mente, que pertenece a la sustancia. Los alicates no pueden pellizcar la mano que los sujeta…”.

O en esta línea, para terminar (por ahora), en palabras de aquel otro gran y misterioso maestro: “Solo una cosa es de veras imprescindible para todo cuanto hacemos: el Espíritu. Tú céntrate en eso y todo lo demás te irá viniendo de manera natural a su debido tiempo”.

Así que Neal alude a esta dicotómica realidad humana hablando de “nuestra doble nacionalidad”: por un lado tenemos esta materialidad fáctica por la que de manera más o menos racional/sensual transitamos y, por otro, el Espíritu, inaprehensible para la razón y, según las enseñanzas de los grandes maestros del Yoga, inmortal.

¿Cómo podríamos entrar en contacto, acceder, tener constancia fidedigna de esa otra dimensión nuestra?

 Ilde Leyda es profesor de yoga desde 2003. Fue, durante más de diez años, alumno de Cristina Sáenz de Ynestrillas –alumna de Claude Maréchal y de TKV Desikachar–. Desde 2019 prosigue sus estudios con Martyn Neal, uno de los principales discípulos de Desikachar en Occidente, con quien estuvo estudiando y colaborando durante más de treinta años.
Ilde Leyda es el traductor al castellano de Yoga, viaje al Corazón (Chinmayam Ediciones), de T. K. V. Desikachar y Martyn Neal.
Puedes contactar con él en ildeyoga@gmail.com o en el 653379095.