IA y yoga (2): el cuerpo como límite y posibilidad

2026-09-23

Quizás la IA nos esté obligando a recuperar una pregunta que parecía innecesaria: ¿qué significa ser humano? Durante mucho tiempo hemos identificado la inteligencia con determinadas capacidades: hablar, escribir, calcular, resolver, aprender, recordar, imaginar… Ahora una máquina puede realizar muchas de estas tareas con eficacia sorprendente. Escribe José Manuel Vázquez.

Entonces aparece cierta inquietud. Si una máquina puede escribir mejor que yo, ¿qué significa escribir?… Si puede responder preguntas que desconozco, ¿qué significa saber?… Si puede conversar conmigo sobre aquello que me preocupa, ¿qué significa comprender?… y si puede hablar de conciencia, meditación o espiritualidad, ¿qué significa tener una experiencia consciente?

Es diferente describir una experiencia a experimentarla. La IA puede generar una definición extraordinariamente precisa de una puesta de sol particular; puede incluso escribir un poema sobre ella o explicar qué ocurre fisiológicamente cuando contemplamos su luz; pero no siente escalofríos ante la belleza que revela.

La diferencia parece evidente. Sin embargo, cuanto más sofisticadas son las representaciones que produce, más fácil resulta quedar fascinado por ellas y olvidarse de uno mismo. En el yoga esta diferencia resulta especialmente importante. Una práctica no consiste solamente en conocer determinadas ideas sobre el cuerpo, la respiración o la conciencia. Hay algo que ocurre cuando dejamos de hablar de ello y prestamos atención a lo que está sucediendo ahora, cuando la atención se dirige hacia dentro.

Acostumbrados a pensar que el límite es lo que nos impide avanzar, nos cuesta aceptar el cuerpo como posibilidad. En una cultura fascinada por la optimización, mejorar significa con frecuencia superarse, aumentar capacidades, hacer más en menos tiempo. La IA parece llevar esta lógica hasta el extremo… Más información. Más velocidad. Más memoria. Más posibilidades. Más respuestas.

El cuerpo y las limitaciones

Pero no todo lo nuevo mejora nuestra vida. No todo límite es un fallo. El cuerpo nos recuerda algo elemental: no podemos estar en todas partes, no podemos hacer infinitas cosas, no podemos evitar el cansancio, la enfermedad, la pérdida o la muerte. Respiramos, sentimos, envejecemos. Dependemos de otros. Estas limitaciones no son accidentes que podamos corregir. Son las condiciones concretas en las que nuestra existencia ocurre.

Quizás por eso el cuerpo sea uno de los últimos criterios de realidad que nos quedan. Podemos convencer a nuestra mente de muchas cosas. Podemos construir narrativas brillantes y sofisticadas justificaciones. El cuerpo, sin embargo, continúa señalando hacia dónde debemos mirar. Hay algo que se tensa, se acelera, se aquieta; que duele, que se abre; y no siempre sabemos interpretar esas señales correctamente; pero podemos aprender.

Aquí aparece otra pregunta incómoda para quienes practicamos yoga: ¿qué sucede cuando empezamos a relacionarnos con la experiencia fundamentalmente a través de sus representaciones? Podemos pedir a una IA una secuencia para dormir mejor. Una práctica para regularnos. Una explicación sobre el sistema nervioso. Una meditación personalizada. Podemos hacerlo desde casa, a cualquier hora y con una precisión cada vez mayor. Todo ello puede ser extraordinariamente útil.

Quizá el riesgo no esté en utilizar estas herramientas, sino en olvidar que ningún aparato puede practicar por nosotros. La IA puede diseñar la sādhanā perfecta; nosotros hemos de respirarla y darle sentido. Puede explicar el silencio; nosotros hemos de permanecer en él y sostenerlo. Puede hablar de presencia; nosotros hemos de descubrir qué nos ocurre cuando dejamos escapar el momento. Puede recordarnos las ventajas del desapego en un mundo transitorio, mientras nosotros seguimos envejeciendo.

Esto no disminuye a la IA. Al contrario, la coloca en su sitio y nos sitúa. Reconocer aquello para lo que una herramienta es extraordinariamente buena y aquello que pertenece a otro orden de experiencias es una forma de discernir y madurar. El yoga no necesita competir con la IA. Tampoco necesita protegerse de ella como si fuese una amenaza externa. Las tradiciones vivas siempre han encontrado maneras de dialogar con los cambios culturales que las atraviesan. La cuestión quizás sea saber qué queremos conservar mientras cambiamos.

Obligados a decidir sobre nosotros

En una sociedad cada vez más acelerada, hiperestimulada y conectada, necesitaremos recuperar espacios donde no todo tenga que producir una respuesta. Momentos en los que podamos respirar en paz, caminar sin registrar los pasos, meditar sin convertir la práctica en una obligación.

No porque la tecnología sea mala, sino precisamente porque es extraordinariamente buena haciendo muchas cosas. Cuanto más puede hacer una herramienta por nosotros, más importante se vuelve decidir qué queremos seguir haciendo nosotros. Quizás ahí encontremos una nueva forma de espiritualidad para nuestro tiempo. No necesariamente una espiritualidad religiosa ni una oposición radical entre tecnología y naturaleza, sino una capacidad para distinguir entre información y experiencia, entre representación y presencia, entre optimización y sentido.

El yoga puede ayudarnos a sostener la incertidumbre y la inseguridad de existir. El yoga podría ser un espacio de descanso, pero también un lugar de discernimiento, un aliado para experimentar qué ocurre cuando naturalmente volvemos al cuerpo, a la respiración y a la atención.

Tal vez el desafío no sea elegir entre la inteligencia artificial y la conciencia humana. Tal vez consista en aprender a utilizar una sin perder de vista la otra. Porque no todo lo posible es deseable. No todo lo rápido es mejor. No todo lo que puede delegarse necesita ser delegado; no toda frontera está esperando ser traspasada. Algunos límites están ahí para recordar que estamos vivos; para que asumamos la responsabilidad de nuestros cuerpos.