“Corro todo el día”, “No me alcanza el tiempo”, “Quiero hacer más de lo que hago”. Vivimos en una época en la que la información nunca se detiene. Notificaciones constantes, jornadas laborales exigentes, incertidumbre y una sensación permanente de tener que responder a todo de inmediato, además de alcanzar el siguiente logro. Escribe Alejandro Torres.

Foto de Yan Krukau
No es casualidad que palabras como estrés, ansiedad y agotamiento formen parte de nuestras conversaciones cotidianas con una frase como esta: ¨Estoy tan ocupado/a…¨
En este contexto, el yoga está viviendo una nueva etapa. Durante mucho tiempo, especialmente en Occidente, el yoga fue presentado principalmente como una práctica física: mejorar la flexibilidad, fortalecer el cuerpo, aprender determinadas posturas o realizar secuencias de movimiento. Y, sin duda, puede aportar beneficios físicos y favorecer el bienestar.
Pero ¿es eso realmente el yoga? Quizás una de las grandes transformaciones que estamos viviendo no consiste solamente en descubrir nuevos beneficios del yoga, sino en volver a ampliar nuestra comprensión de lo que esta práctica significa. Porque el yoga, sus bases, nunca fueron solamente una colección de posturas ordenadas y secuenciadas para que se vean bonitas.
El yoga es mucho más que hacer posturas
La palabra yoga está asociada tradicionalmente con la idea de unión o integración, y a lo largo de su historia, diferentes escuelas y tradiciones han desarrollado caminos diversos para trabajar sobre el cuerpo, la respiración, la atención, la mente y la conciencia.
Los ásanas son una parte importante de este camino, pero no son el camino completo, en gran medida solo son la puerta de entrada que afina el vehículo que conectará con tu esencia.
La respiración consciente, la concentración, la meditación, la observación de la propia experiencia, la disciplina personal, la reflexión y el cultivo de determinadas cualidades internas también forman parte de esta tradición. Desde esta perspectiva, practicar yoga no significa únicamente aprender a colocar el cuerpo de una determinada manera. Significa también aprender a relacionarnos de otra manera con nosotros/as mismos/as y con nuestra experiencia. Y aquí aparece una pregunta mucho más profunda: ¿Qué ocurre cuando dejamos de practicar yoga solamente para sentirnos mejor y comenzamos a practicarlo también para conocernos mejor?
Del bienestar al autoconocimiento
El yoga contemporáneo ha encontrado un lugar importante en nuestra sociedad porque responde a una necesidad evidente. Vivimos sometidos a múltiples estímulos y exigencias. Muchas personas experimentan estrés sostenido, dificultades para descansar, desconexión corporal y poca disponibilidad para detenerse y observar lo que les está ocurriendo. Prácticas como el movimiento consciente, la respiración y la atención plena pueden ofrecer espacios para disminuir el ritmo y recuperar contacto con la propia experiencia.
Nuestro organismo posee sistemas diseñados para responder ante situaciones de amenaza. Cuando percibimos un peligro, real o imaginario, aumenta el estado de activación: puede cambiar el ritmo cardíaco, acelerarse la respiración y aumentar la tensión muscular. Esta respuesta es necesaria y se agradece. El problema aparece cuando permanecemos activados durante demasiado tiempo. ¿Te ha pasado, de forma reiterada, que al irte a la cama te quedas mirando el techo con asuntos pendientes en tu mente?
Es como si nuestro sistema de alarma permaneciera encendido mucho después de que la amenaza hubiera desaparecido. En este escenario, el yoga puede convertirse en una herramienta para detenernos, escuchar el cuerpo, observar la respiración y desarrollar mayor conciencia de lo que ocurre en nuestro interior.
Pero aquí existe una diferencia fundamental: regularnos no es todavía transformarnos. Puede ser el comienzo.
La práctica como camino de transformación
Cuando una persona comienza a observar su respiración, también puede comenzar a observar su estado interno. Cuando aprende a permanecer atenta a las sensaciones corporales, empieza a reconocer señales que antes ignoraba. Cuando desarrolla la capacidad de permanecer presente durante una postura incómoda, puede comenzar a preguntarse cómo responde frente a la incomodidad en otros ámbitos de su vida. Y cuando aprende a observar sus pensamientos sin reaccionar inmediatamente ante ellos, aparece una posibilidad diferente: conocerse.
La práctica comienza entonces a trascender el espacio físico de la clase. Ya no se trata solamente de relajarse durante una hora. Se trata de desarrollar una relación más consciente con el propio cuerpo, las emociones, los pensamientos, los hábitos y las decisiones. Desde esta mirada, el yoga puede entenderse como un camino de crecimiento y transformación personal, en el que la práctica se convierte progresivamente en una forma de explorar quiénes somos y cómo queremos vivir.
Para muchas tradiciones del yoga, este proceso tiene además una dimensión espiritual. No necesariamente entendida como religión ni vinculada a una creencia específica, sino como una búsqueda de mayor profundidad, sentido, conexión y conciencia. Una invitación a ir más allá de la identificación permanente con aquello que pensamos, sentimos, decimos o hacemos.
La meditación: aprender a observar hasta unir
En este proceso, la meditación ocupa un lugar fundamental. Meditar no consiste simplemente en “dejar la mente en blanco”. Es aprender a observar. Observar la respiración. Observar las sensaciones. Observar los pensamientos. Observar, observar… Y, poco a poco, desarrollar la capacidad de no reaccionar automáticamente ante todo lo que aparece.
Esta capacidad de observar puede convertirse en una herramienta poderosa de autoconocimiento. La atención plena (mindfulness) ha permitido además establecer puentes entre antiguas prácticas contemplativas y la investigación científica contemporánea. Hoy existen numerosas investigaciones que estudian sus posibles efectos sobre aspectos como el estrés, la atención, la regulación emocional y el bienestar. Pero quizás uno de sus aportes más interesantes no está solamente en aquello que podemos medir. Está en la posibilidad de aprender a estar presentes en nuestra propia vida.
Lo que dice la evidencia
La investigación científica sobre yoga y mindfulness continúa creciendo y explorando sus efectos sobre diferentes dimensiones de la salud y el bienestar. La evidencia disponible sugiere que determinadas prácticas pueden contribuir, entre otros aspectos, a mejorar la gestión del estrés, favorecer la regulación emocional, desarrollar una mayor conciencia corporal, apoyar la calidad del sueño y fortalecer determinadas capacidades relacionadas con la atención y la concentración. También se estudian posibles cambios en indicadores fisiológicos relacionados con la regulación autonómica y la respuesta al estrés, así como otras líneas de investigación vinculadas con procesos inflamatorios y mecanismos psicofisiológicos.
Estos avances son importantes. Pero también debemos tener cuidado de no reducir el yoga a aquello que actualmente podemos medir. Que la ciencia pueda estudiar algunos efectos del yoga no significa que esos efectos agoten el significado del yoga. La ciencia puede ayudarnos a comprender determinados mecanismos y beneficios de una práctica. La tradición, la experiencia personal y la reflexión pueden ayudarnos a explorar preguntas diferentes: ¿Quién soy? ¿Cómo estoy viviendo? ¿Qué patrones quiero transformar? ¿Qué significa para mí una vida plena? ¿Cómo quiero relacionarme conmigo mismo y con los demás?
Quizás el verdadero desafío del yoga contemporáneo sea aprender a dialogar entre ambos mundos sin que uno tenga que desaparecer para que el otro exista.
Mucho más que aprender posturas
Existe una idea muy extendida de que practicar yoga significa alcanzar posiciones difíciles o tener una gran flexibilidad. La realidad puede ser muy diferente. Un/a buen/a instructor/a comprende que cada cuerpo tiene una historia, unas características y unas necesidades particulares. Por eso, enseñar yoga implica mucho más que demostrar una postura. Implica saber observar, adaptar, acompañar y generar condiciones para que cada persona pueda desarrollar una práctica significativa y segura.
En una clase de yoga también se puede aprender a respirar, reconocer las señales del propio cuerpo, desarrollar presencia y relacionarse de una manera diferente con las propias experiencias. Se aprende, poco a poco, a observar antes de reaccionar. Y muchas veces el cambio más importante no ocurre sobre el mat, sino en la vida cotidiana.
Una persona puede comenzar a reconocer antes sus señales de estrés. Otra puede descubrir que necesita descansar. Otra puede aprender a relacionarse de manera diferente con sus pensamientos. Otra puede comenzar a cuestionar hábitos que durante años había considerado normales. Y otra puede descubrir, simplemente, que necesita detenerse y volver a estar presente. Ahí es donde el yoga comienza a adquirir una dimensión diferente.
(Próximamente, segunda parte)
Alejandro Torres. Director de Formación y Desarrollo. Formador de formadores.Academia de Yoga & Mindfulness DIBI
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56 9 5093 6703 /alejandro.torres@centrodibi.com
