El mejor lugar para vivir: tu cuerpo

2026-09-25

Propiocepción, interocepción, neurocepción: tres sistemas que el yoga entrena sin nombrarlos casi nunca. En este artículo explico qué función hace cada uno y por qué la diferencia entre tener un cuerpo y vivir en él empieza, precisamente, ahí. Escribe Elena Sepúlveda.

Vivir yoga

Photo by Yan Krukau

Una alumna lleva cuatro minutos en un Dragón durante una práctica de Yin yoga. Al principio, la respiración se acorta y el cuerpo busca salidas: mover el pie, aliviar la cadera, mirar el reloj. Hacia el minuto tres, algo cambia sin que ella lo decida: la respiración se alarga, el peso se reparte de otra forma, la tensión deja de ser una alarma para convertirse en información.

Nadie le explicó cómo hacerlo. Su cuerpo lo resolvió solo, activando tres sistemas de percepción que rara vez se nombran en una clase de yoga, aunque están trabajando en cada postura.

Tres sistemas, un mismo cuerpo

Los dos primeros los definió el fisiólogo Charles Sherrington en 1906; el tercero lo introdujo casi un siglo después Stephen Porges, dentro de su teoría polivagal del sistema nervioso.

→ La propiocepción informa sobre la posición y el movimiento: dónde está cada articulación, cuánta carga sostiene un músculo, si el peso cae hacia un lado. Es el sentido que permite entrar en una postura sin mirarse constantemente, y el que se entrena –o se pierde– con la repetición.

→ La interocepción trabaja hacia dentro: el ritmo cardíaco, la respiración, la tensión visceral, el hambre o la fatiga. Es la vía por la que el cuerpo informa de su propio estado interno, y la investigación reciente la vincula directamente con la regulación emocional. No es casualidad que cueste identificar lo que se siente cuando cuesta sentir el cuerpo.

→La neurocepción, un término más reciente y menos conocido, describe algo distinto de los dos anteriores: es la evaluación automática e inconsciente que hace el sistema nervioso sobre si un contexto es seguro o supone una amenaza, antes de que exista pensamiento consciente al respecto. Es el que decide, sin pedir permiso, si el cuerpo puede permitirse aflojar o necesita mantenerse alerta.

Permanecer en una postura de Yin yoga varios minutos, sin resolver la incomodidad moviéndose, pone a prueba estos tres sistemas a la vez. Por eso tantas personas describen haber entendido algo sobre sí mismas durante esos minutos de quietud: la información no llega por la vía intelectual, llega por estas tres vías de percepción trabajando juntas.

Tener un cuerpo o vivir en él

Hay una diferencia entre tener un cuerpo y vivir en él. Tenerlo implica cierta distancia: el cuerpo como objeto que se cuida, se lleva al médico, se lleva al yoga. Vivir en él es reconocerlo como el lugar donde ocurre todo lo que importa –la alegría, el duelo, la conexión con otra persona, la certeza de la intuición.

Cuando llevo tiempo sin practicar lo noto antes en el cuerpo que en la mente. No es la flexibilidad ni la fuerza lo que se pierde primero, sino algo más difícil de nombrar: una cierta disponibilidad interna, la capacidad de sostener lo que llega sin que me desborde. Tiene que ver con el sistema nervioso, con los tejidos, con los patrones que organizan cómo respondo al mundo.

En quienes practican de forma continuada ocurre algo parecido. No siempre saben explicar qué cambió. Pero algo en su manera de moverse, de responder, de estar presentes es distinto. El conocimiento somático no se almacena solo en la memoria: se asienta en el cuerpo.

Una nota para quienes enseñan

El cuerpo no es solo el destinatario del aprendizaje: es también su organizador. Lo que se experimenta somáticamente se integra de forma distinta a lo que se recibe de forma intelectual, y esto tiene consecuencias prácticas para cómo se enseña.

Por ejemplo, en algo tan simple como una indicación de alineación. Explicar verbalmente «lleva el hombro hacia atrás» activa la vía intelectual; guiar con una pregunta –»¿qué pasaría si el hombro pesara un poco menos?»– deja que sea la propiocepción la que resuelva. El resultado en el cuerpo no es el mismo, aunque la postura final se parezca.

Hay contenidos que se enseñan y contenidos que se acompañan a descubrir. Lo segundo solo ocurre si se crean las condiciones adecuadas: preguntas abiertas, silencios integradores, invitaciones a la exploración.

Antes de tu próxima práctica

Nuestras culturas occidentales han construido una relación con el cuerpo profundamente instrumental: sirve para producir, para rendir, para ser visto. Aprendemos ese modelo muy pronto y nos condiciona durante mucho tiempo. Practicar es, en parte, desaprenderlo.

No es un proceso rápido ni lineal. Pero cada vez que se vuelve a la esterilla o al zafu –aunque sea cinco minutos, aunque no haya ganas– se está eligiendo otra forma de estar en el cuerpo. Y eso, con el tiempo, cambia cosas.

La próxima vez que estés en la esterilla, prueba esto:

  1. Antes de moverte, nota qué información te llega sin buscarla –temperatura, peso, tensión.
  2. Durante la práctica, en lugar de corregir lo que sientes, pregúntate qué te está diciendo.
  3. Al terminar, identifica una sola cosa que cambió sin que la decidieras tú.

El mejor lugar para vivir no está en ningún sitio al que haya que ir. Ya se está ahí.

Elena Sepúlveda es profesora de Yin yoga, formadora de docentes y creadora de programas que integran anatomía funcional, visión taoísta, meditación y escucha profunda del cuerpo. Con más de tres décadas en el yoga y una sólida base en meditación budista Vipassana, diseña formaciones y cursos —online y presenciales— que combinan teoría rigurosa, práctica vivencial y materiales escritos de alta calidad. Su misión: inspirar a enseñar y practicar desde la autenticidad, el conocimiento encarnado y el respeto por el ritmo personal. www.elenasepulveda.com