Hacía tiempo que las aguas del mundo yoguin no se agitaban tanto… ¿Está siendo el yoga utilizado al servicio del capitalismo neoliberal ? Y siendo así, ¿qué hechos históricos y culturales lo han propiciado? Dos profesores de yoga estadounidenses revolucionan el ‘orden establecido’ en sendos libros recién editados. Y con ellos llegó el escándalo… Escribe Pepa Castro.

Miembros de la Armada india practican yoga a bordo del portaviones INS Viraat en 2015. (Foto wikicommons)
El libro de Matthew Remski, Derek Beres y Julian Walker (dos de ellos profesores de yoga), Conspiritualidad, parece que está revolviendo el normalmente silente mundo del yoga. Más que el libro en sí, que probablemente a pocos nos ha dado tiempo a leer, ha sido la entrevista que publicó El País (sección Salud y Bienestar) con este conocido investigador de las dinámicas de culto en el yoga, cuyo enlace ha ido sobresaltando, de correo en correo, a yoguis que ya lo han visto casi todo sin inmutarse…
Lo primero que pienso (lo confieso) es que bien está que sea así, que haya debate, que algo se remueva. Prueba que no todo es apacibilidad en la comunidad yogui, que hay teclas que la hacen reaccionar. Veamos el titular: Matthew Remski: “El yoga puede ser una puerta de entrada a políticas protofascistas”.
Brutal, ciertamente; quizás más la elección de titular estruendoso que el propio contenido de la entrevista, en la que Remski habla, sobre todo, de lo que expone en su libro: la relación del conspiracionismo –plaga peligrosa en Estados Unidos– con chiringuitos espirituales y de corte new age y su influencia, principalmente, en la política actual de ese país.
Es a requerimiento del entrevistador cuando Remski opina sobre posibles influencias en el yoga de ideas asociadas a la extrema derecha. Y cita el esencialismo de género, la obsesión por la purificación y la anticiencia. “Esas tres influencias crean un contexto en el que, como mínimo, no existe resistencia frente a las ideas de derechas”, dice.
¿Es un escándalo?
En el Cuerpo del Yoga, Mark Singleton explica largamente la influencia en el yoga moderno del nacionalismo indio, el culturismo, la gimnasia europea femenina y las ideas que tuvieron notable éxito en su conformación práctica a principios del siglo XX: superioridad física, marcialidad, heroísmo, eugenesia, virilidad masculina (“el cultivo religioso-patriótico de la potencia muscular”)… Escribe Singleton: “En algunos ámbitos el yoga llegó a considerarse una especie de vía rápida transgeneracional hacia la perfección genética y espiritual”. También se refiere a las aportaciones en la literatura yóguica de finales del XIX del “misticismo paracristinano” y del Nuevo Pensamiento, “movimiento paraprotestante de base amplia con el objetivo de predicar la divinidad innata del individuo y la capacidad de pensamiento positivo para accionar esa divinidad en el mundo”.
Quizás Matthew Remski no estaba tan desviado al comparar algunas influencias que el yoga fue incorporando a lo largo de su evolución con valores del ideario fascista. De cualquier modo, se pueden cuestionar más, menos o nada sus opiniones en la entrevista de El País, e incluso su propio desempeño como famoso investigador de abusos y malas prácticas en el yoga. Pero Remski no se ha inventado los excesos de la pseudoespiritualidad ni que la “industria del bienestar” se haya apoderado de buena parte del yoga para devolverla al dios mercado en forma de producto de consumo en todo tipo de formatos comerciales. Dicho de otro modo, Remski no ataca al yoga, sino a una parte de sus (malos y muchos) usos y derivaciones.
¿Y eso tiene que ver con la política?
La relación entre yoga y política existe, y eso sí que es incuestionable. La idea de un yoga despolitizado o desideologizado es gratamente acogedora para una gran parte de la comunidad yóguica, pero eso es también política. De hecho, el objetivo de despolitizar a los individuos de una sociedad (vía desafección hacia la política) es una de las estrategias de la extrema derecha.
Yoga y política no son como agua y aceite, eso es pura ilusión; se han mezclado siempre y se siguen mezclando. Por más que nos tapemos los ojos, las cosas suceden. El ilusionismo no le sienta bien al yoga, cuyo mayor éxito a lo largo de su tortuosa trayectoria de siglos es que nos ayuda a desvelar lo que hay detrás de lo que pensamos o imaginamos.
Para la filósofa Hannah Arendt la política está ligada a cómo entendemos la acción humana y la libertad. El yoga se vuelve político no por su esencia, sino por su aplicación y contexto; nunca ha existido en el vacío. Cuando se transmite por grupos sociales concretos en sociedades determinadas, inevitablemente se cruza con estructuras sociales, económicas, políticas, religiosas e ideológicas.
Que haya mayor o menor tolerancia hacia las tradiciones culturales o las creencias religiosas, eso es política. En la India actual el gobierno ha vuelto a imponer el yoga como símbolo de identidad nacional, especialmente bajo el liderazgo de Narendra Modi. Cuando el yoga se vincula a discursos nacionalistas, eso es política muy concreta. Y donde hay política, por supuesto que hay ideología, como marco de ideas y valores que la inspiran.
La lógica del mercado y el capitalismo
Lo mismo sucede cuando en Occidente se promueve un yoga integrado en las industrias del bienestar, lo que implica dinámicas económicas y culturales hegemónicas (comercialización, modelo de negocio, regularización, apropiación cultural, etc.). Domesticado el yoga como producto de moda por la “lógica del mercado” y de las redes sociales, su impacto revolucionario como emancipador de conciencias se desinfla. Lo que queda es un trampantojo de liberación.
En su libro recién editado en España, El yoga, nuevo espíritu del capitalismo (¡otro título escandaloso!), la profesora de yoga Zineb Fahsi mantiene que el gran cambio que introdujo la industria del bienestar en el yoga moderno al absorberlo fue que lo transformó en una práctica centrada en la superación individual y en la respuesta individual a los males del mundo. Dicho de otro modo, en “una técnica entre otras para el ‘desarrollo personal’. Esta perspectiva, dice Fahsi, atribuye la responsabilidad de cambiar el mundo a la persona, una visión que «se alinea bien con las exigencias del sistema capitalista, ya que neutraliza cualquier cuestionamiento (colectivo) del propio sistema”.
Ya Antonio Gramsci advirtió que la ideología funciona como herramienta de hegemonía cultural: no solo gobierna quien tiene el poder político, sino quien logra que sus ideas parezcan “naturales» (al infiltrarlas en la cultura dominante). Podríamos concluir en que la diferencia no está entre tener ideología y no tenerla, sino entre ser conscientes de ella o actuar sin examinarla. Eso es parte de nuestro proceso de re-conocimiento interior.
Lo bueno de una revista como YogaenRed es que intercambiamos respetuosamente semillas de diferentes ideas, narrativas y puntos de vista sobre la espiritualidad, el yoga, la cultura y la vida. No consumir solo ‘verdades únicas’ creemos que es un buen modo de crecer.
Pepa Castro es codirectora de YogaenRed.
