Confieso

2026-01-12

Confieso que tengo mucha suerte porque cada día leo textos muy hermosos que me enseñan y me inspiran profundamente. Esta es mi práctica, qué privilegio. Pero a veces me llegan otras palabras que me revuelven. Son esas que resumo en: “Todo es perfecto como es”. O “contempla con ternura lo que te desagrada”. No, no quiero llegar ahí. Escribe Pepa Castro.

Confieso que admiro, no a quienes entregan su vida a la divinidad, sino quienes la dedican a mejorar la vida de otros seres humanos, si bien respeto sinceramente a quienes profesan una fe con bondad, honestidad y coherencia. Respeto también a quienes eligen el silencio en lugar de alzar la voz, pero que no traten de enseñarme a mirar al mal con ternura ni condescendencia.

Hay personas que no hemos nacido para sonreír tiernamente ante la contemplación de la injusticia y desgracia ajena, ni sentimos amor ni compasión hacia quienes abusan, dañan y matan. Tampoco nos vale autoabastecernos de nuestro propio amor. Mi ser interior se rebela cuando le ofrezco la posibilidad de reformatearlo con propuestas que se evaden de la realidad que nos rodea, a pesar de sus muchas sombras y sus luces. Sé que mi aventura humana no va por esos derroteros, que no deseo renunciar a reaccionar, a vibrar, a sufrir y gozar junto con los otros, con el mundo, con lo que nos ha tocado vivir.

Quiero ser sincera con quienes me lean, y por eso confieso. Dedicándome a la divulgación del yoga, confieso que a veces me siento culpable  por no comulgar con esa filosofía que busca consuelo o autoafirmación en la desafección, el distanciamiento y la sonrisa beatífica. Y me pasa sobre todo cuando leo textos que nos llaman a afrontar los rigores del camino de la perfección espiritual.

Pero luego pienso que el yoga no es rigor ni deificación (y mucho menos, apariencia), que es una sabiduría viva para personas vivas, que es una fuente de emoción, alegría, serenidad interior que te acompaña en la contención cuando toca, pero también en la lucha y en la reacción cuando es necesario. Y que nos enseña a ser honestos, a estar presentes en la vida, a ampliar nuestra consciencia y a vivir de conformidad con la ética y el respeto universal a los Derechos Humanos.

El sufrimiento no es siempre una trampa de la mente. Hay quien sufre porque no sabe salir de su propia agitación mental o porque se enreda en sus propias angustias existenciales, o por pérdidas emocionales. Ante situaciones personales como éstas, hay caminos y recursos para aprender a manejar las emociones y los pensamientos, a calmar la mente, e incluso a encontrar un valiosísimo reservorio de paz y aceptación dentro de uno mismo.

Pero hay millones de personas padeciendo un sufrimiento infringido por otros; un sufrimiento muy real, lacerante e insoportable, terriblemente injusto por culpa del hambre, la guerra, la enfermedad, la pobreza. Víctimas impotentes de la tiranía, la maldad, la crueldad, la ambición y la codicia, abandonadas por una mayoría de la sociedad. Por desgracia, este año ha comenzado cargado de sufrimiento para los más débiles y de amenazas para la paz, la justicia y los Derechos Humanos.

Cuando veo el mundo patas arriba, no me permito que el desagrado me haga mirar hacia otro lado sino que me obligo a afrontar mi malestar, mi impotencia, mi cobardía, mis contradicciones. Sé que mi poder para cambiar las cosas es insignificante, y que mi indignación no vale para nada, pero no voy a huir hacia adentro ni a dejar de sentir; quiero seguir atenta, estando presente, consciente y acompañando con dolor, impotencia, furia y rechazo tanta injusticia perpetrada en  el mundo sufriente.

El yoga también enseña coraje y resiliencia para sobrellevarlo, seguir adelante y obrar con coherencia, cada uno como pueda o como sepa. Solo dando la cara a la realidad es posible encontrar motivos para la esperanza.

El silencio blanquea y normaliza el abuso y la injusticia. No estamos solos los que no queremos someternos al poder dominante ni al silencio adaptativo. Me gustaría mucho conocer vuestra opinión o vuestras inquietudes; si os apetezca compartirlos conmigo, escribidme a pepacastro@yogaenred.

Pepa Castro, codirectora de YogaenRed