Jose Carballal es una voz de yogui que clama en el desierto de su tiempo, pero no es un «yogui renunciante». Jose no renuncia a la verdad ni a pronunciarse sobre lo que ocurre en el mundo como parte de su práctica de yoga. No teme mojarse cada día en las aguas tóxicas de las redes sociales. Y, sí, Jose es como a una servidora le gustaría que fueran los yoguis de su tiempo: sincero, comprometido y valiente. De todo ello hemos conversado largo y tendido él y yo, Pepa Castro.

Pepa: Jose, tu Instagram tiene miles de seguidores. Allí opinas con total libertad, tomas partido y remueves nuestra conciencia sobre temas sociales como el genocidio en Palestina, la violencia de la extrema derecha, el racismo, la homofobia… Con tus palabras nos solidarizamos la mayoría, pero con frecuencia otras personas te hacen llegar su rechazo o su animadversión. ¿No estás cansado de eso?
Jose: Sí, tengo días que sí. En los últimos dos años he sentido, aparte de cansancio, una cierta decepción por esas actitudes e ideas simplistas que se repiten y que pretenden usar una herramienta de conciencia como es el yoga para escaparse y desconectarse de la realidad.
Uno de los grandes maestros de yoga decía que de un millón de practicantes solo el uno por ciento realiza una práctica sincera. Esa frase me viene mucho en estos últimos años, por cómo veo que afronta la comunidad del yoga los asuntos sociales y todo lo que ocurre. Es una decepción, pero a la vez no sorprende porque es lo que decimos siempre: mucha gente hace posturas, pero ¿cuánta hace yoga?, ¿cuántas personas tratan de estar en la vida desde el yoga?
Tristemente, a mí me parece constatar que muy muy pocas, incluyendo a figuras, llamémoslas así, que destacan en cada comunidad. En estos tiempos se pone más énfasis en el marketing que en la experiencia real, cuando la experiencia real es el mejor marketing que se puede tener. Es verdad que recibo ataques, amenazas y descalificaciones, y no voy a decir que sea fácil ni agradable. Pero me recuerdo una y otra vez que eso ocurre en una pantalla, y que en el fondo son problemas de privilegio. Las personas que protagonizan las causas que defiendo darían lo que fuera por tener esos problemas.
P: Parece que fuera políticamente incorrecto, desde el mundo del yoga, expresar cualquier cuestionamiento de lo que sucede; ahí yo noto que no estoy acompañada… y eso me hace sentir una especie de “crisis de fe”. Por mucho que amemos profundamente el yoga, si ves que no se admite cuestionar nada, y más en el yoga; si no podemos liberarnos de convencionalismos y de lo que “debería ser”, ¿qué hacemos aquí, para qué servimos?
J: Totalmente. Para mí es una paradoja inmensa. Esto que dices de que no es políticamente correcto pronunciarse… o vivo en otra galaxia o para mí es al revés. Si no nos pronunciamos quienes en teoría somos los que trabajamos en conciencia, en discernimiento, los que intentamos practicar principios como la no violencia, la honestidad… Si no nos pronunciamos nosotros, ¿quién se va a pronunciar? Tendríamos que estar a la cabeza en cada manifestación, en cuanto a posicionarnos y denunciar lo que es injusto. Y sin embargo, como dices, parece que hay una mayoría que, desde mi punto de vista, no usa el yoga para estar con mayor conciencia en la sociedad sino para evadirse.
Yo, que me pronuncio mucho como sabes y que tengo una faceta muy activista (que para mí es parte de mi práctica, simplemente, parte de mi compromiso con los principios del yoga), recibo muchas veces críticas de otros profesores… Y al final pienso que, nos guste o no, la mayoría de los profesores de yoga somos privilegiados y estamos enseñando a personas privilegiadas. Y que nos recuerden que hay muchos problemas en el mundo, molesta, incomoda, “mejor no mirarlo”. Porque lograr un mundo más justo no es fácil si no renunciamos a algo, aunque sea a un poco de nuestro propio privilegio.
Con mi tendencia a idealizar, durante mucho tiempo he idealizado a la comunidad del yoga, pero cada vez me doy más cuenta de que, al menos en la que me muevo, somos, como decía, un grupo de gente muy privilegiada enseñando a otros privilegiados. Eso está bien, porque crear más conciencia nos viene bien a todos, pero también creo importante reconocer que hay quienes carecen de todo y es también parte de la práctica del yoga la compasión, las acciones concretas para poder ayudar y aliviar a quienes lo tienen peor que nosotros. Esto no es “caridad”, es humanidad, al menos así lo veo.
Pero reconocer que otros están peor incomoda, porque supone renunciar a mi paz, a mi bienestar, a mi burbuja. El yoga puede ser individualista en el peor de los sentidos.
P: Puede que ese sea el motivo principal de mirar hacia otro lado, la incomodidad. Y quizás también la sensación de impotencia, porque sabemos que poco podemos hacer, pero ese “poco” incluye, al menos, no querer ignorar la realidad. ¿Qué se puede proponer desde el yoga en un momento como el actual de retroceso en conciencia y en respeto a los derechos humanos y a la legalidad?
J: Creo que, antes de nada, tiene que haber un proceso de honestidad hacia uno mismo. Veo muchísima confusión y poca honestidad como practicantes de yoga. La actitud en muchos casos es: “nosotros somos yoguis y como tales no podemos implicarnos en estos asuntos”. Alguien me mandó un mensaje privado por Instagram diciéndome: “Te volviste muy intenso, los yoguis no nos identificamos con lo mundano, esto es una decepción”. Y no pude evitar sonreír: “Me estás diciendo esto a través de una red social, ¿y qué hay más mundano que escribir desde tu iPhone un mensaje en Instagram? Te estás engañando, estás tan en lo mundano como yo (y quizás, con menos conciencia)”.
No es síntoma de honestidad utilizar una idea idealizada del yogui desidentificado con la sociedad, con lo material, hablando desde la más absoluta identificación. Yo no soy un yogui, como tampoco la mayoría de las practicantes y enseñantes; somos ciudadanos que practican yoga, y es muy diferente. No somos renunciantes, no vivimos en los Himalayas; vivimos en una sociedad consumista y en ella estamos identificados. No nos hagamos líos; no puede ser que elijas ser un ciudadano para comprarte el teléfono que te gusta y tener el estilo de vida que te gusta, pero luego, para aislarte de lo social, te pongas el disfraz de yogui.
En definitiva, yo afronto lo que sucede como ciudadano, como persona que está en el mundo, y la actitud que tomo o las acciones que emprendo están informadas por mi visión del yoga, por mi compromiso con la no violencia, con la honestidad, con la autenticidad (hasta donde he llegado con esos aspectos, cuyo trabajo no creo que acabe nunca).
P: Con la coherencia, en suma.
J: Claro. Como yoguis, lo primero es tomar conciencia de que no estamos viviendo fuera de la sociedad, que lo que ocurre en ella nos afecta. Y que usar el yoga como una excusa para aislarnos, para mirar hacia otro lado, para no implicarnos, es corromper la herramienta. A veces me sorprende verme convertido en una figura incómoda dentro del yoga… ¡con lo que me incomoda a mí ser incómodo! Y lo único que me tranquiliza es sentirme en coherencia.
Y realmente el yoga, como proceso de conciencia, de búsqueda de honestidad, nunca ha ido de ser cómodo; ni siquiera las posturas son cómodas, todo tiene que ver con lidiar con lo incómodo. Los auténticos yoguis nunca se han guiado por la comodidad porque desde la conciencia siempre se evidencia lo falso, lo hipócrita, lo incoherente… A quien se sienta incómodo con que algunos nos pronunciemos, me dan ganas de aconsejarle que mire qué es lo que le incomoda, porque quizás esté recibiendo su propia falta de coherencia.
P: Hay una parte del yoga que ha buscado su lugar de refugio en lo pararreligioso, la no dualidad, la divinidad… Desde ahí, que para sus seguidores es la realidad última, de poco sirven estos argumentos, porque no hay una conexión real con lo que estamos hablando.
J: Cuando me encuentro personas con esa actitud y con las que se puede hablar, en la mayoría de los casos (no digo en todos) creo que es escapismo o autosugestión espiritual. Hay quien dice que respeta mi manera de ver un problema pero que su forma de ayudar es elevando su vibración. Y yo le pregunto que si el niño que está en riesgo de muerte fuese el suyo en vez de un palestino, también lo afrontaría elevando su vibración o haría todo lo que estuviese en tu mano por socorrerlo. Por tanto, se está usando una excusa, y quizás sería más honesto reconocer que importa menos lo de fuera que lo propio.
En todo lo que está sucediendo en Palestina, Líbano y otros lugares aparecen actitudes sociales muy feas que no se pueden sostener sino por racismo, por clasismo, por asuntos que no son nada agradables ni bonitos de verse, y de ahí la tentación de mirar hacia otro lado o usar tergiversaciones de lo espiritual que te dejen tranquilo. Pero en eso de aferrarse a un ideal espiritual o religioso como forma de evadir una realidad incómoda y difícil hay mucho de autoengaño, y también mucha crueldad: “Es su karma, tienen que vivir esas experiencias para evolucionar, les ocurre porque vibran bajo”… son cosas que se dicen para desconectarse del dolor, o del sentimiento de responsabilidad, o de la propia complicidad.
Lo coherente en conciencia sería mirar esa realidad incómoda, ver qué me pasa y qué hago con eso. Pero para hacer eso se necesita mucha valentía, mucho compromiso como practicantes, mucha honestidad, no todo el mundo es capaz de llevar su práctica fuera de la esterilla.
(Continuará en una 2ª parte la próxima semana)
