El yoga en el mundo actual/ Una fuerza revolucionaria y una contracultura pacífica

2026-09-14

El marketing busca el «café para todos» diluyendo los principios del yoga para agradar a las masas. Pero mantenerlos vivos es imperativo porque actúan como faro ético en tiempos de desorientación colectiva. Las escuelas tradicionales han de basar su viabilidad en el frágil pero firme equilibrio entre la adaptabilidad a los tiempos actuales y la fidelidad inquebrantable a la propia esencia. Escribe Escuela Mahashakti.

Los valores fundamentales del yoga están perfectamente definidos en los Yoga Sutras de Patanjali a través de los dos primeros pasos del camino óctuple: los Yamas (Ahimsa, Satya, Asteya, Brahmacharya y Aparigraha) y los Niyamas (Saucha, Santosha, Tapas, Svadhyaya e Ishvara Pranidhana). Estos preceptos constituyen principios universales de existencia, transversales a cualquier tradición filosófica o espiritual profunda.

Para comprender por qué Ahimsa (la no violencia) brilla por su ausencia, no basta con mirar los conflictos armados más evidentes; es necesario analizar la violencia estructural que sostiene el tejido social actual. En la filosofía yóguica, Ahimsa no es la mera pasividad o la ausencia de agresión física; es un estado positivo de compasión universal, una actitud mental y espiritual donde no existe el deseo de dañar a ningún ser vivo, ni de pensamiento, palabra u obra.

Sin embargo, el sistema socioeconómico global opera bajo la premisa opuesta. Al elevar la competitividad al rango de virtud suprema, el capitalismo inocula en la mente colectiva el axioma de que para que uno gane, otro debe perder. Esta dinámica de mercado no es inocente: es una transposición de la ley de la selva al orden social. Bajo este prisma, el «otro» deja de ser un reflejo del Sí mismo para convertirse en un rival a batir, un obstáculo en el camino hacia el éxito o un recurso a explotar. La competencia es, en última instancia, la institucionalización del conflicto y la validación del miedo.

La normalización de la impunidad

Este modelo se nutre y se justifica a través de una profunda psicología de la escasez. A diferencia de la cosmovisión yóguica, que reconoce la abundancia inherente de la vida y promueve el contentamiento (Santosha), el paradigma actual genera la ilusión de que los recursos –materiales, económicos e incluso afectivos– son limitados y que la supervivencia depende de la acumulación agresiva (Aparigraha a la inversa).

Cuando esta mentalidad de escasez y competencia se traslada a la geopolítica, las consecuencias son devastadoras. Asistimos a una preocupante normalización de la impunidad. Si en épocas pasadas los líderes internacionales buscaban justificaciones ideológicas o morales inverosímiles para iniciar un conflicto, hoy las máscaras han caído: las guerras se impulsan y se financian abiertamente por el control de recursos energéticos, rutas comerciales o hegemonía financiera. Los principios del derecho internacional se supeditan al beneficio corporativo y estatal.

Esta violencia estructural se filtra de arriba hacia abajo, manifestándose de forma evidente en el discurso público. Los principales mandatarios globales adoptan con frecuencia actitudes de «matones», sustituyendo la diplomacia, la escucha y el respeto por la intimidación, el insulto y la polarización estratégica. La palabra, que según el principio de Satya (la verdad) debería estar al servicio de la armonía y la elevación, se utiliza hoy como un arma de destrucción masiva de la paz social.

La sociedad actual padece una preocupante atrofia de la mansedumbre y la templanza. La templanza se confunde erróneamente con la debilidad, cuando en realidad representa el máximo dominio de uno mismo; es la capacidad de refrenar los impulsos de la vertiente más básica del ego para actuar desde la conciencia. Al desterrar estos atributos, los distintos ámbitos sociales –desde el debate político hasta las interacciones cotidianas en redes sociales– se convierten en un reflejo de esa hostilidad macroeconómica.

El yoga, una fuerza revolucionaria

El yoga tradicional se alza hoy no como un método de evasión o relajación burguesa, sino como una fuerza revolucionaria y contracultural pacífica. Reclamar la vigencia de Ahimsa en este escenario implica desafiar directamente las bases lógicas del sistema, proponiendo que la verdadera evolución de la humanidad no nacerá de la conquista externa ni del crecimiento infinito, sino de la pacificación profunda de la mente y del reconocimiento de nuestra interconexión fundamental.

Mantener vivos estos principios clásicos es imperativo porque actúan como un faro ético en tiempos de desorientación colectiva. El yoga tradicional no busca el aislamiento, sino la transformación del individuo para la evolución de la sociedad. Al cultivar la no violencia, la honestidad y el contentamiento, aportamos una alternativa real a la cultura del consumo y el conflicto.

Nuestra escuela, junto al resto de centros clásicos o tradicionales –que no tradicionalistas–, mantiene esto muy presente. Nuestro propósito es encarnar estos valores en nuestra vida diaria, en la gestión de nuestros proyectos y, de manera primordial, trasladarlos a nuestros alumnos y alumnas.

Para colaborar eficazmente en su difusión, entendemos que esto debe basarse en tres pilares esenciales: aspiración espiritual, entrega y libre albedrío. Esto significa que cualquier persona que participe en el proyecto, independientemente de su función, debe hacerlo desde una motivación personal alineada con el propósito colectivo. La entrega surge de forma natural cuando el objetivo institucional coincide con el anhelo del alma, y se realiza desde la libertad y el dulce convencimiento, nunca desde la necesidad o la imposición.

La fuerza y la pureza del yoga, en peligro

En el panorama actual, el papel de las escuelas independientes de enseñanza tradicional es crucial desde la función de salvaguardar la esencia. Las propuestas yóguicas contemporáneas que obvian estos valores para entrar en guerras de precios, tarifas planas y agresivas ofertas de pronto pago pueden obtener réditos económicos inmediatos, pero provocan que la fuerza y la pureza de la enseñanza pierdan fuelle.

Para nosotras, la verdadera potencia del yoga radica en su accesibilidad universal: que cualquier persona en la que se haya despertado una auténtica aspiración pueda acceder a nuestros cursos, retiros y formaciones, independientemente de su poder adquisitivo.

¿Cómo pueden las escuelas independientes mantenerse viables en la era del yoga de bajas tarifas? La respuesta no está en imitar al mercado masivo, sino en transmitir una verdad genuina.

El marketing convencional suele buscar el «café para todos», diluyendo la identidad para agradar a las masas. Frente a esto, la sostenibilidad de una escuela tradicional se basa en un frágil pero firme equilibrio entre la adaptabilidad a los tiempos actuales y la fidelidad inquebrantable a la propia esencia.

Si bien es necesario actualizar los canales de comunicación y las maneras de hacer, no se debe mercantilizar el núcleo de la enseñanza. Mantener el rigor y la autenticidad es, paradójicamente, nuestra mayor ventaja competitiva. Es lo que permite que la fuerza que respalda a cada proyecto honesto se vaya abriendo camino de forma orgánica, atrayendo a una comunidad comprometida y asegurando una prosperidad duradera más allá de las modas pasajeras.

Escuela de Yoga Integral Mahashakti.