Formaciones de Yoga: ¿para profundizar o para trabajar?

2026-10-28

En una búsqueda de internet me quedo asombrada y entristecida por la cantidad de formaciones en torno al yoga que se ofrecen: intensivas, con método propio, de niños, de embarazadas, senior, dirigidas a ¡personas sin experiencia previa en yoga! Y me llevo las manos a la cabeza porque se está invirtiendo el sentido orgánico y correcto del aprendizaje. Escribe Ana Canaleda.

Titulaciones yoga

Imagen de escuela de yoga en Rishikesh anunciada en Tripadvisor

Cuando el yoga se distorsiona hasta interpretarse únicamente como actividad física y/o bienestar general, se convierte en un producto más que rentabilizar. Y cuando además se convierte en una vía rápida para obtener una capacitación laboral, algo esencial se pierde por el camino.

Me resulta especialmente difícil de entender que se pueda acceder a formaciones en las que no se requiere ningún contacto previo con el yoga. Ya ni siquiera con asana, la parte más identificada como yoga en muchas partes del mundo.

Las formaciones se han convertido en una fuente de ingresos para el gran mundo del bienestar. Convertir algo que requiere tiempo, estudio y experiencia en una preparación profesional rápida resulta, sencillamente, un buen negocio.

Pero ¿qué criterio puede desarrollarse cuando el objetivo no es comprender aquello que se estudia, sino obtener prematuramente unas credenciales “necesarias” para trabajar en ello?

Primero el camino, después la formación

Creo que hemos invertido el orden natural del aprendizaje. Primero debería existir una relación prolongada con el yoga. Y después, eventualmente, puede aparecer una formación como consecuencia de ese recorrido.

El tiempo es fundamental para desarrollar la capacidad de examinar y razonar sobre aquello que aprendemos. Ya lo puramente esencial necesita de contexto, matices y reflexión sostenida en el tiempo. No tres meses, no un año… el aprendizaje de yoga es continuado en la vida.

Convertirse en “profesor” de yoga no debería ser el punto de partida de la relación con el yoga, sino una posible consecuencia de ella.

Un practicante dedicado que siente la necesidad de aprender más se acerca a su profesor o maestro y pide. Y cuando el profesor atiende a su propia responsabilidad, sabrá buscar la manera de ofrecerle lo que necesita.

A veces no hace falta una formación. Hace falta más estudio, más diálogo, más encuentros. Hace falta Satsang: ese espacio compartido entre profesor y alumnos en el que se puede profundizar, preguntar, reflexionar y permanecer en torno a una enseñanza. Hacen falta grupos de estudio.

No somos tantos los profesores que ofrecemos esos espacios de continuidad y contexto para los alumnos que necesitan profundizar. Y muchas veces, ante la falta de opciones, la salida termina siendo una formación que, en algunos casos, confunde más que ayuda.

Y sí, hay formaciones magníficas. Pero ni siquiera una buena formación puede sustituir el camino que pretende formar: un aprendizaje continuado en el tiempo, acompañado por un profesor o maestro.

Porque el yoga va transformándose en ti a la vez que tú te transformas gracias a él. Y eso no surge de un curso intensivo. Surge orgánica y naturalmente a lo largo del tiempo. Hay cosas que solo pueden ocurrir mientras vives y practicas. Hay comprensiones que no pueden adelantarse: llegan cuando la enseñanza encuentra una experiencia concreta en la vida.

Información no es comprensión

De ahí la importancia de encontrar un buen profesor o maestro que haya recorrido realmente el camino que pretende acompañar en sus alumnos. Porque enseñar yoga no consiste únicamente en haber acumulado información. Hay una diferencia entre conocer una enseñanza y haber tenido tiempo para dejar que transforme tu manera de mirar, de practicar y de vivir.

Cuando se usan las formaciones como mera herramienta de empleabilidad, el yoga deja de ser el sistema de transformación personal que es para ser un producto de marketing.

Y del mismo modo que puedo aprender una fórmula matemática y transmitirla sin haber entendido nada de lo que realmente significa, puedo memorizar nombres, técnicas, secuencias, conceptos y explicaciones sobre yoga y, sin embargo, no haber comprendido aquello que pretendo enseñar.

El acceso a la información no garantiza el entendimiento. Y tampoco un diploma puede acreditar, por sí solo, el grado de madurez de una persona en yoga.

Un diploma acredita que alguien ha completado unos requisitos establecidos por una institución. Puede acreditar una formación concreta y determinados conocimientos y competencias. Pero el avance en yoga no se deja reducir tan fácilmente a un indicador externo.

Una postura “avanzada” no es sinónimo de un practicante avanzado. Un título tampoco. Ni un número de horas. Ni una certificación.

Son indicadores externos de determinados aspectos de una formación, pero no necesariamente de aquello que más importa en el camino del yoga. Por eso me cuesta ver cómo intentamos medir, certificar y convertir en producto algo cuyo aprendizaje es lento, asentado y basado en el estudio, la experiencia y el desarrollo orgánico del practicante.

Formaciones para buscar empleo, pero no necesariamente para seguir en el camino.

Pero, ojo, que no todo es así.

También hay practicantes con una sólida trayectoria que tienen un interés real en profundizar y seguir avanzando. En algunos surge la necesidad interna de compartir y enseñar y en otros no. Y ambos tipos encontrarán textos, profesores, grupos de estudio, espacios de práctica y personas con las que compartir el camino. Porque, como siempre digo, el que tiene sed, al final encuentra el agua. Y, como antes mencionaba, el que acompaña, debería saber ofrecer lo que el alumno necesita, incluso prepararle como transmisor de la enseñanza del yoga si llega el momento.

Enseñar también es seguir aprendiendo

Enseñar yoga no debería consistir simplemente en impartir una clase.

De cada encuentro, no solo de cada clase, el alumno debería llevarse algo aprendido. Algo que pueda seguir observando, estudiando y experimentando. Y para eso el profesor también tiene que continuar aprendiendo. Una formación no marca el final del aprendizaje. El profesor debería continuar siendo siempre sadhaka, buscador y estudiante.

El camino del “profesor” no depende únicamente de que tú quieras serlo, sino del esfuerzo que estás dispuesto a hacer para seguir cultivándote –y no me refiero solo a hacerlo de manera intelectual–. Tú debes ser ejemplo de compromiso. Tú debes experimentar primero. Tú debes conocer los imprevistos que surgen con alumnos distintos. Tú debes saber en qué punto de madurez se encuentra cada alumno. Tú eres el primer alumno.

Tú debes comprometerte con tu sadhana. Si no estás dispuesto a comprometerte con eso –y mucho más–, podrás hacer todas las formaciones que quieras, pero difícilmente podrás asumir la responsabilidad de transmitir el yoga.

Ana Canelada es educadora de yoga y divulgadora de su tradición filosófica. Profesora de yoga certificada y facilitadora de meditación; formada en Filosofía, Historia del Yoga y textos yóguicos en Yoga Prasad Institute (India), continúa su estudio de manera constante bajo la guía de su maestro.
www.anacanelada.com / IG @anacaneladayoga