Hablar el yoga con acento extranjero

2026-05-25

Todos tenemos una lengua espiritual materna en la que hemos sido criados. Aquella en la que determinadas palabras, unidas a ciertos gestos, adquieren un significado concreto que solo entienden quienes comparten esa misma lengua materna. Así, también tenemos un lengua espiritual cercana y familiar. Conocer otros paisajes espirituales «extranjeros» puede generar atracción, pero también rechazo, resistencia o miedo… Escribe Ana Canaleda.

Existe una teoría: la hipótesis de Sapir-Whorf, también llamada relatividad lingüística, desarrollada a partir de las ideas de Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf. Su idea central es que el lenguaje que hablamos influye en cómo percibimos, organizamos y pensamos la realidad. No solo describimos el mundo con palabras: en cierta medida, lo vemos a través de ellas.

Hay versiones más radicales de esta teoría, que afirman que el lenguaje determina completamente el pensamiento. Otras, más aceptadas hoy, sostienen que el lenguaje influye en nuestra atención, nuestra percepción y determinados hábitos mentales. Por ejemplo, si una lengua distingue muchos tipos de azul o de verde, sus hablantes maternos perciben esas diferencias con más rapidez. Lo mismo sucede con la orientación espacial o incluso con la percepción del tiempo: distintas lenguas pueden generar distintas formas de relacionarse con el pasado, el presente o el futuro.

Según nuestra lengua materna, percibimos ciertos matices que solo entienden plenamente quienes usan esa misma lengua.

Y, sin embargo, es posible aprender otros idiomas. Podemos llegar a experimentarlos con profundidad, incluso emocional y conceptualmente, pero nunca exactamente igual que la lengua materna. Las personas bilingües suelen pensar de forma diferente según el idioma que utilizan. Incluso cuando no somos bilingües, nuestro tono emocional cambia al hablar otra lengua. Hay conceptos que solo parecen expresarse completamente en un idioma concreto.

Y así sucede también en el terreno espiritual.

Todos crecemos dentro de una determinada cosmovisión moral, ética, simbólica y religiosa, marcada por la familia, la sociedad, la cultura o el país en el que hemos crecido. Toda cultura transmite una especie de lengua espiritual. Esté o no vinculada directamente a una religión, vivimos inmersos en ella y aprendemos sus códigos sin darnos cuenta.

La lengua espiritual

Es la lengua que moldea gran parte de nuestra forma de entender la vida, de percibir lo correcto y lo incorrecto, lo sagrado, la devoción, el silencio o incluso el sufrimiento. Es la lengua espiritual cuyos matices nos resultan familiares.

En esta parte del mundo, nuestra lengua espiritual materna está profundamente vinculada al cristianismo. Nuestro entorno celebra Navidad o Semana Santa; de manera más devota o más cultural, pero compartiendo un mismo imaginario espiritual.

Una de las barreras que encuentran muchos practicantes de yoga aparece precisamente cuando ásana deja de ser suficiente y surge la necesidad de comprender más allá.

Ahí, muchos se detienen.

Porque se enfrentan, por primera vez, a una lengua espiritual distinta a la materna.

Una nueva manera de explicar el tiempo, el sufrimiento, la acción correcta, el ego, la devoción o la relación con lo divino. Ritualidades asociadas a otras religiones. Libros filosóficos que nombran otros dioses. Palabras desconocidas. Una estructura simbólica nueva.

Y del mismo modo que alguien que no sabe inglés puede sentir miedo antes de viajar a Inglaterra, muchos practicantes sienten vértigo cuando descubren que el yoga no termina en un trikonasana.

De repente se abre un espacio completamente desconocido en el que no entienden el idioma.

Los primeros pranayamas. Los mantras explicados. Comprender que el trabajo corporal busca transformar la mente. Descubrir que Namasté tiene un significado profundo. Entender que existe una base filosófica vinculada a las religiones y corrientes espirituales del subcontinente indio. Percibir que muchas ideas cristianas comparten fondo con las indicaciones éticas del yoga. Comprender que el camino del yoga tiene más que ver con deshacer el orgullo que con construir una identidad espiritual sofisticada.

Y entonces aparece el choque…

Porque uno descubre que el desarrollo espiritual probablemente tendrá más que ver con la relación con uno mismo y con aquello que sostiene la vida —pongámosle el nombre que queramos— que con esterillas, retiros o posturas supuestamente avanzadas.

Hay evidencia científica de que aprender otras lenguas aumenta la flexibilidad cognitiva. Nos hace más conscientes de que nuestra forma de pensar no es universal ni única. Nos ayuda a aceptar la ambigüedad y amplía nuestro concepto de normalidad. También nos permite poner palabras a emociones, relaciones o estados mentales que en nuestra propia lengua no existen.

Y aunque las palabras siempre se quedan cortas para expresar la experiencia humana y, al mismo tiempo, limitan nuestra manera de percibirla, conocer otras lenguas nos revela que ninguna de ellas agota completamente la realidad.

Lo mismo sucede con las lenguas espirituales.

En nuestro desarrollo como personas hemos aprendido qué es Dios, si tiene una forma concreta, cómo se reza, qué significa la devoción o cómo se vive el silencio. Hemos heredado un determinado paisaje afectivo y espiritual. Por eso, enfrentarnos a otra lengua espiritual puede provocar rechazo, resistencia o miedo. Porque amenaza estructuras internas muy profundas: ideas sobre el sufrimiento, el sacrificio, el Yo o las categorías de lo divino.

Ana Canelada. Educadora de Yoga y divulgadora de su tradición filosófica. Clases de ásana, meditación y filosofía del yoga. Madrid y online
www.anacanelada.com / @anacaneladayoga