En una época de confusión y oscuridad que afecta también al yoga, se hace necesario rescatar el legado de quienes dedicaron su existencia a la transmisión pura de esta ciencia espiritual. Uno de esos ejemplos genuinos es Swami Satyananda Saraswati, fundador de la célebre Bihar School of Yoga. Escribe esta serie de artículos Yamila Estella.

Imagen publicada por cortesía de Bihar School of Yoga. ® Bihar School of Yoga
En una época distorsionada por la comercialización superficial del yoga, el egocentrismo digital y un culto excesivo al cuerpo que reduce una disciplina milenaria al mero ejercicio físico, la verdadera esencia del yoga permanece sumergida en la oscuridad. Ante esta crisis de autenticidad, se vuelve imprescindible rescatar el legado de quienes dedicaron su existencia a la transmisión pura de esta ciencia espiritual. Uno de esos ejemplos puros es Swami Satyananda Saraswati, fundador de la célebre Bihar School of Yoga, cuya vida, enseñanzas y misión universal se erigen hoy como un faro necesario para reconectarnos con el verdadero propósito del yoga: la transformación integral de la conciencia humana.
Swami Satyananda Saraswati: vida, búsqueda y misión
Un sannyasin es un renunciante que abandona toda carga social y material para conquistar su verdadera libertad. En 1923, en Almora (India), en las estribaciones de los Himalayas nació un sannyasin: Swami Satyananda Saraswati. Y lo demostró toda su vida.
1.Sus primeros veinte años: nacimiento, búsqueda y encuentro con su Guru
Desde una edad temprana tuvo experiencias espirituales espontáneas, que inicialmente ni él ni quienes le rodeaban podían explicar. Siendo un niño entraba en trance, en éxtasis, samadhi… desconectaba del mundo externo para preocupación de sus padres. Le llevaron a médicos y curanderos sin encontrar diagnóstico. Sólo los sadhus (ascetas renunciantes que anhelan reunirse con la divinidad) de aquella época reconocían la luz que brillaba en su interior. Aun siendo un niño le reconocían como uno de ellos.
Era muy joven cuando abandonó su hogar y una vida acomodada buscando a alguien capaz de explicarle esas experiencias. En esa etapa conoció a diversos maestros que le albergaban en sus ashrams (monasterios de renunciantes a cargo de un maestro). Pero siempre pasaba lo mismo. Pasado un tiempo los maestros le sugerían que buscara otro maestro porque ya no tenían más que enseñarle. Fue una verdadera yoguini tántrica la que le indicó que sólo un verdadero guru le ayudaría a estabilizar su mente. Fue así como finalmente tuvo el mejor encuentro de su vida. En 1943 llega a Rishikesh, donde encuentra a Swami Sivananda Saraswati, fundador de la Divine Life Society. La relación entre un guru y un discípulo se mantiene vida tras vida de modo que al verse, simplemente se reconocieron. Swami Satyananda supo desde el primer momento que Swami Sivananda era su maestro. Y se puso a su servicio. De forma incondicional. Dejándolo todo atrás. Confiando en su maestro.
2. Segunda etapa: de los 20 a los 40años aproximadamente. Guru, seva y preparación
Los siguientes veinte años fueron de rendición. Si encontrar un verdadero maestro es difícil, ser un verdadero discípulo lo es más. Swami Satyananda lo fue desde el principio.
En la tradición espiritual (Sanatana Dharma) se considera que son necesarios 12 años para transformarnos completamente biológica y mentalmente. Y esos fueron los años que Swami Satyananda permaneció a los pies de su maestro sirviéndole sin descanso (1943-1955). No fue pidiendo una formación o conocimiento. No fue pidiendo nada. Permaneció sirviendo a su maestro. Durante el día trabajaba duramente en la construcción del ashram bajando al Ganges a por agua y piedras. Por la noche era el guarda de una residencia de niños que estaba a su cargo. Pero cuando uno está cerca de su maestro es feliz. Vestido con un dothi (pieza rectangular de tela sin costuras) de color geru (naranja terroso) no necesitaba más. Ni siquiera tenía su propio dothi: los que había en el ashram se compartían entre los discípulos.
Pasados esos 12 años, llegó el momento de partir. Cuando uno tiene la bendición de vivir con su maestro al marcharse está en deuda. Aunque le haya servido y trabajado sin descanso. Siempre estará en deuda. Hay que entregar algo a cambio. Y fue así como su maestro, Swami Sivananda, le dio una misión: “Difunde el yoga de puerta a puerta y de orilla a orilla”.
Swami Satyananda quería cumplir su misión, pero en aquellos 12 años sólo había trabajado (karma yoga = seva = servicio). No tenía ni idea de yoga… Dos horas fueron suficientes para que Swami Sivananda le trasmitiera mentalmente todo el conocimiento que necesitaba. Como el que te da un pendrive y lo descargas en tu cerebro… Aún así, Swami Satyananda había vivido como un renunciante y no sabía cuáles eran exactamente las necesidades de la población civil para poder enseñarles…
Con la bendición de Swami Sivananda, abandonó Rishikesh y vivió durante 8 años como un parivrajaka, un sannyasin itinerante. Conocería así la sociedad del momento para poder después cumplir la misión de su maestro.
Como al abandonar el ashram iba con las manos vacías, su maestro le dio cien rupias para que tuviera para comer unos días. Nunca se las gastó.
Viajó por India, Afganistán, Nepal y Birmania entre otros lugares. Inevitablemente empezó a tener discípulos. Su mera presencia, su palabra, su mirada y su verbo eran un poderoso imán.
3. De los 40 a los 60 años: la misión, llevar el yoga al mundo. Propagación.
En 1963 funda Bihar School of Yoga en Munger.
Durante aproximadamente veinte años Swami Satyananda desarrolla una extraordinaria actividad: viaja por India y posteriormente por numerosos países; forma profesores y sannyasins; imparte conferencias; establece centros; escribe y dicta libros; recupera y sistematiza prácticas procedentes de diferentes ramas del yoga y las adapta a la comprensión de la sociedad moderna sin perder su esencia y su sencillez. Incluso tiene su propia imprenta.
Es también durante esta época cuando se difunden internacionalmente algunas de las prácticas que terminarán asociándose con Bihar School of Yoga: Yoga Nidra, Antar Mouna, Pawanmuktasana, Ajapa Japa, prácticas de Kundalini y Kriya Yoga, técnicas sistematizadas de pranayama, mudras, bandhas y Tantra.
Swami Satyananda no afirmaba haber inventado todas esas prácticas. Los métodos no le pertenecían. Su enorme aportación fue muchas veces recuperar conocimientos tradicionales, experimentarlos, organizarlos en sistemas progresivos y hacerlos accesibles al practicante contemporáneo.
De las enseñanzas de aquellos años se publicarían muchos libros (de los que ya hablaremos) aún a nuestra disposición y aún vigentes. Swami Satyananda estaba cumpliendo la misión de su maestro. Nunca pensó que el mérito fuera suyo. Nunca se sintió dueño del legado que se estaba construyendo.
Había creado un ashram con muchas sucursales, una escuela de yoga hoy conocida en todo el mundo, donde discípulos de todo el mundo acudían a visitarle para estar en su presencia, donde se editaban decenas de libros que se traducían a distintos idiomas… Y sin embargo nunca se sintió el protagonista de lo que estaba sucediendo
4. Alrededor de los 60 años: algo extraordinario ocurre.
Cuando consideró que ya había cumplido la misión de su maestro y dejando a su sucesor Swami Niranjanananda preparado, se marchó (1988). Pidió unos chapatis (pan indio hecho con harina y agua) en la cocina y tras meterlos en una bolsa de tela cruzó la puerta del ashram para no volver nunca. Ni siquiera miró atrás. Él era un sannyasa. Nunca sintió que nada fuera suyo. Y volvió a convertirse en un peregrino.
5. De los 60 a los 80 años: Rikhiapeeth, tapasya, seva y una segunda misión
Habiendo cumplido la misión que le dio su maestro, tenía que escuchar ahora qué misión le encargaba la divinidad. Y cuando paseaba por una zona tribal y extremadamente pobre de la región de Jharkhand, Rikhia (India) la recibió. “De la misma forma que yo te he cuidado y te lo he dado todo para que puedas vivir hasta este momento, cuida tu ahora a los habitantes de Rikhia y provee para que no les falte nada”… De nuevo una encrucijada… ¿Cómo iba Swami Satyananda a alimentar, vestir y educar a sus vecinos si él era un sannyasin y por tanto pobre? … La divinidad le dio la respuesta: “Si no pides para ti, tienes un cheque en blanco”. De nuevo se rindió y la magia volvió a suceder. Y empezó a servir a todos sus vecinos. Miles de personas.
Se estableció allí alrededor de 1989. Empezaron proyectos de desarrollo para las necesidades de las aldeas de la zona: comida, ropa digna, ¡incluso zapatos!, viviendas, educación y formación profesional a niños a mayores, atención sanitaria y medicinas. Máquinas de coser, bicicletas, vacas. Ajuar para las mujeres. Incluso una pequeña pensión para los ancianos. El dinero llegaba, la comida aparecía, manos llegadas de todo el mundo permitían que se distribuyera la riqueza de la divinidad entre los más necesitados.
Poco a poco Swami Satyananda fue retirándose de la vida pública dejando sus acciones en manos de Swami Satyasangananda Saraswati. Inseparable discípula que lo dejó todo para seguirle. El servicio (seva) en Rikhia no ha parado desde entonces.
Swami Satyananda sólo quería estar en compañía de la divinidad. Aunque vivía allí, pasaba el día leyendo el Ramayana. Ya no quería nada más, sólo estar en compañía de Rama.
6. Los últimos años: Rikhiapeeth y Mahasamadhi
Durante aquellos años comienzan unas ceremonias muy especiales (de las que ya hablaremos) para honrar a la divinidad, a la madre cósmica que nos lo da todo, a Devi. Y cada año reciben más visitantes de todo el mundo. En 2007 se rumoreó que sería el último que Swami Satyananda saldría públicamente. Yo vivía allí durante esas Navidades y presencié esas ceremonias y cómo durante cinco días se dio de comer a más de 25.000 personas de todo el globo que acudieron a ponerse a sus pies. Swami Satyananda se mantuvo fuera del recinto de las ceremonias hasta el último día. Dijo que la protagonista era Devi, no él. Y muchos guardamos para siempre su imagen sentado junto a su perro fuera del recinto. Sólo el último día entró y habló.
Siempre decía que abandonaría el cuerpo cuando “del otro lado” le aseguraran que tenía billete de vuelta. Y decía que cuando se marchara lo haría como se menciona en el Bhagavad Gita. Igual que cualquiera de nosotros nos quitamos la ropa por la noche y la dejamos en una silla, él abandonaría el cuerpo y lo dejaría atrás.
El 5 de diciembre de 2009, de forma voluntaria y cantando el mantra Om, abandonó el cuerpo. Tenía 86 años. Se fue como un sannyasin. Como un verdadero yogui.
Desde entonces está más presente que nunca. Es como si aquel día se hubiera puesto un perfume que cada vez es más intenso. Allí se siente su vibración, su presencia, su obra y su renuncia.
Yamila Estella. Profesora de yoga y con iniciación de Karma Sannyas, mantiene desde hace años un profundo vínculo con la tradición Satyananda Yoga y Bihar School of Yoga, donde ha tenido la oportunidad de vivir, practicar y acercarse directamente a sus enseñanzas y a la vida del ashram. Desde el respeto, la devoción y un profundo agradecimiento hacia sus maestros, escribe esta serie de artículos con el deseo de contribuir a preservar y difundir la esencia de un yoga genuino, entendido como un camino de transformación de la conciencia y no únicamente como una práctica física.Quiere expresar su agradecimiento a YogaenRed por abrir este espacio y hacer posible acercar al mundo hispanohablante una tradición y unas enseñanzas para comprender y transmitir el Yoga de verdad.
