El Yoga Nidra no es un complemento menor dentro de la práctica de yoga. Es un espacio específico donde el descanso deja de ser pasivo y se convierte en una experiencia consciente, capaz de sostener procesos de transformación más amplios. En dos artículos sucesivos examinaremos sus reales capacidades y cómo obtener sus beneficios. Escribe Marta Bort.
Vivimos en una cultura que valora el movimiento, la acción y la productividad. Incluso dentro del yoga, no es extraño encontrar prácticas cada vez más intensas, agendas de formación exigentes y una tendencia a “hacer más” como respuesta al malestar. Sin embargo, muchas personas llegan a la esterilla cansadas, sobre estimuladas y con un sistema nervioso que no consigue apagarse ni siquiera en los momentos de descanso.
Cuando descansar deja de ser suficiente
En este contexto, descansar no siempre equivale a recuperarse. Dormir más horas, tumbarse o incluso practicar técnicas de relajación no garantiza necesariamente una sensación de reposo profundo. El cuerpo puede permanecer quieto, pero por dentro la activación continúa.
Aquí es donde el descanso consciente adquiere un valor esencial. No como una pausa superficial, sino como una experiencia capaz de ofrecer seguridad al sistema nervioso y permitirle salir, poco a poco, del estado de alerta sostenida en el que muchas personas viven hoy.
El Yoga Nidra se inscribe precisamente en este espacio. No como una técnica para “desconectar”, sino como una práctica que enseña a habitar el descanso desde la presencia, favoreciendo procesos profundos de regulación y reorganización interna.
Más allá de la relajación: el sistema nervioso como punto de partida
Cuando hablamos de estrés, cansancio o dificultad para descansar, a menudo ponemos el foco en la mente. Sin embargo, desde una perspectiva somática, estos estados están profundamente relacionados con el funcionamiento del sistema nervioso.
Un sistema nervioso sometido de forma prolongada a la exigencia, la prisa o la sobreestimulación tiende a mantenerse en un estado de activación constante. Incluso en ausencia de un peligro real, el cuerpo actúa como si tuviera que estar preparado para responder en cualquier momento. Este patrón sostenido afecta a la respiración, al tono muscular, a la digestión y a la capacidad de descansar profundamente.
En estas condiciones, la relajación voluntaria resulta limitada. El cuerpo no se relaja porque se le diga que lo haga, sino cuando percibe señales claras de seguridad. La regulación no ocurre desde el control, sino desde la experiencia directa de sostén, quietud y presencia.
El Yoga Nidra parte de esta comprensión. Su eficacia no reside en inducir un estado mental concreto, sino en crear un contexto en el que el sistema nervioso pueda reconocer que no es necesario reaccionar. La inmovilidad del cuerpo, la guía constante y la ausencia de exigencia generan un entorno interno propicio para que la activación disminuya de forma natural.
Desde ahí, el descanso deja de ser un intento y se convierte en una posibilidad real.
Qué es (y qué no es) Yoga Nidra
El Yoga Nidra se ha popularizado en los últimos años, y con ello han aparecido también múltiples interpretaciones. A menudo se presenta como una técnica de relajación guiada o como una forma de inducir el sueño. Aunque puede compartir algunos elementos con estas prácticas, reducir el Yoga Nidra a ese marco limita profundamente su comprensión.
El Yoga Nidra no es dormir, aunque pueda aparecer somnolencia. Tampoco es una visualización creativa orientada a generar estados agradables, ni una técnica para “desconectar” de la experiencia. En el Yoga Nidra, la atención no se pierde, sino que se mantiene presente en un estado particular de conciencia, situado entre la vigilia y el sueño.
En la tradición de Satyananda, el Yoga Nidra se comprende como un estado en el que el cuerpo descansa profundamente mientras la mente permanece receptiva. Esta combinación es clave. El descanso físico permite que el sistema nervioso disminuya su nivel de activación, mientras que la presencia de la atención evita que la experiencia derive simplemente en inconsciencia.
Otro aspecto fundamental es la ausencia de esfuerzo. A diferencia de otras prácticas en las que se pide dirigir, sostener o corregir la experiencia, en el Yoga Nidra no hay nada que lograr. No se busca un resultado concreto ni se evalúa la práctica en términos de “me ha salido bien” o “me ha salido mal”. Esta falta de exigencia crea un entorno interno de seguridad que resulta especialmente relevante para sistemas nerviosos fatigados o sobre estimulados.
El Yoga Nidra no actúa por acumulación de técnicas, sino por la calidad del estado que genera. La inmovilidad del cuerpo, la guía constante y la invitación a no intervenir permiten que capas profundas de tensión –física, mental y emocional– comiencen a soltarse de manera progresiva. No se trata de provocar una catarsis, sino de permitir un proceso de regulación que ocurre a su propio ritmo.
Comprendido así, el Yoga Nidra no es un complemento menor dentro de la práctica de yoga. Es un espacio específico donde el descanso deja de ser pasivo y se convierte en una experiencia consciente, capaz de sostener procesos de transformación más amplios.
La práctica sostenida: lo que se revela con el tiempo
Practicar Yoga Nidra de forma regular –y acompañar a otras personas en esta práctica– permite observar algo que no siempre se percibe en una primera experiencia. Más allá del descanso inmediato, comienzan a aparecer cambios sutiles pero significativos en la manera en que el cuerpo y la mente responden a la vida cotidiana.
Como practicante, el Yoga Nidra se convierte en un espacio de referencia. Un lugar al que volver cuando el ritmo se acelera, cuando la mente se dispersa o cuando el cuerpo acumula una tensión que no siempre sabemos nombrar. No se trata de “hacer una sesión” para estar mejor, sino de cultivar un estado interno que poco a poco se traslada fuera de la esterilla.
Como guía, este proceso se vuelve aún más evidente. En las sesiones, muchas personas llegan con cansancio, con dificultad para parar o con una sensación difusa de desbordamiento. Al principio, el descanso profundo ya supone un alivio importante. Sin embargo, con el tiempo, lo que se transforma no es solo la capacidad de relajarse, sino la relación con uno mismo.
A medida que el sistema nervioso encuentra seguridad, la escucha se afina. Las personas empiezan a percibir con mayor claridad qué necesitan, cuándo es momento de detenerse y cuándo pueden sostener un proceso con más presencia. El Yoga Nidra no “resuelve” la vida, pero crea las condiciones internas para responder a ella de una manera más ajustada.
Este acompañamiento continuado permite ver algo fundamental: la práctica no actúa de forma aislada. Lo que se experimenta durante la sesión continúa trabajando después. La calma no se queda en el suelo, y la claridad no desaparece al abrir los ojos. Se integra, poco a poco, en la forma de habitar el día a día.
Desde esta experiencia, el Yoga Nidra deja de entenderse como una técnica puntual y se revela como una práctica de sostén. Una práctica que acompaña los procesos vitales, respeta los ritmos individuales y ofrece un espacio estable desde el cual atravesar los cambios con mayor conciencia.
Marta Bort. Profesora y Formadora de Yoga

