Queremos vivir más… pero que no se note

2026-09-17

Eso es lo que nos están metiendo en la cabeza de una manera bestial. Si entro en redes sociales, no paran de aparecer médicos estéticos diciéndome que voy tarde. Que tenía que haber empezado a los 25 años a ponerme bótox. Que así llegaría bien a los 50. ¿Bien para quién? ¿Para quién estamos viviendo? ¿Para el espejo? Porque lo que ves en el espejo no eres tú. Es tu cuerpo. Escribe Ana Canelada.

¿Vivir bien para ti? ¿Para ti, que opinas que obviar el gesto de mi cara me hace más atractiva? ¿Para ti, que te da vergüenza mirarme con tus patas de gallo y te las tapas con las gafas porque este mes no te llega para el vial?

¿En qué nos estamos convirtiendo? ¿Qué es esto?

¿No es un mensaje absolutamente desesperanzador para una niña de 25 años escuchar que ya llega tarde para conservar su juventud?

Si consiguen hacerme dudar a mí, con 45 años, ¿qué no harán con alguien mucho más joven que todavía no ha tenido tiempo de construir un criterio propio sobre su cuerpo, su belleza y el paso del tiempo?

¿Qué estamos haciendo?
¿Para quién estamos viviendo?
¿Para el espejo?
Porque lo que ves en el espejo no eres tú. Es tu cuerpo.

Tu piel, tus músculos, tu grasa, tu sangre, tu pelo, tus ojos, tus arrugas. Un conjunto de elementos físicos que están colocados de una determinada manera y a cuya imagen te has acostumbrado.

Por eso te choca cuando cambia. Porque tu costumbre desaparece.

Y va a cambiar. Quieras o no. Y seguramente no te guste.

Va a cambiar cuando cumplas 35, 40, 50 o 70 años. Cuando tengas un hijo y pases años sin dormir. Cuando tu madre enferme y tengas que cuidarla. Cuando atravieses una enfermedad. Cuando un problema económico te obligue a preocuparte por otras cosas y dejes de tener tiempo para tu piel.

Cuando simplemente la vida suceda. Porque la vida sucede.

Y entonces me pregunto: ¿para quién estás manteniendo con tanto esfuerzo una imagen que, en realidad, nunca has sido tú?

¿Cuándo es demasiado?
¿Cuál es el tratamiento que ya sobraba?
¿Cuál es la crema que te ha robado dinero y no te ha dado nada?
¿Cuántas veces has dejado de disfrutar del sol, del mar, de una carcajada o de ¡dormir de lado! porque estabas pensando en cómo iba a afectar a tu piel?

Cuánto echo de menos un «la arruga es bella» dicho por las personas y no solamente escrito en los trajes.

Cuidarse es lógico. Es necesario. Es agradable, bonito, y puede ser incluso sagrado.

Cuidar de nuestro cuerpo sin olvidar el resto

Cuidar y amar nuestro cuerpo también forma parte de la práctica. El yoga no propone maltratarlo ni despreciarlo. Al contrario. La Bhagavad Gita habla de cómo cuidarlo también a través de la alimentación, el sueño, el descanso y la actividad. El cuerpo necesita cuidado porque es el instrumento a través del cual vivimos y practicamos.

Pero una cosa es cuidar, amar y disfrutar del cuerpo y otra muy distinta es hacer de él nuestro mundo.

El cuerpo es el traje con el que venimos a vivir esta vida. El problema empieza cuando nos olvidamos de vivir porque estamos demasiado ocupados cuidando el aspecto del traje.

Cuando empezamos a pensar que una arruga es un problema. Que una cana es un problema. Que una barriga después de los hijos es un problema. Que parecer nuestra edad es un problema. Que envejecer es un problema…

¿Para quién? ¿Quién ha decidido que esto tiene que ser así?

Nos hemos creído tan importantes que pensamos que alguien va a fijarse en nuestra arruga durante más de un momento. Y, con sinceridad, probablemente no. La gente está demasiado ocupada mirando sus propias arrugas.

Así que vive.
Vive.

Lo que eras antes ya no está. Una de las grandes enseñanzas del yoga tiene que ver precisamente con esto: aprender a relacionarnos con aquello que cambia sin intentar convertirlo en algo permanente.

Nos pasamos la vida intentando retener: la juventud, la belleza, la fuerza, el cuerpo y la cara que teníamos.

Y ahí aparece vairāgya, el desapego. No significa que no te importe tu cuerpo. No significa abandonarlo. No significa dejar de cuidarte y verte bien. Significa cuidar aquello que tienes sin exigirle que permanezca para siempre, porque nada de lo que pertenece a este mundo lo hace.

Puedes ponerte una crema porque te gusta cómo te deja la piel. Puedes hacerte un tratamiento porque te apetece verte mejor. Puedes querer estar guapo, guapa. Pero es posible que tengas que preguntarte desde dónde lo haces.

Porque la intención de la acción de tu cuidado también importa.

¿Te cuidas porque amas tu cuerpo? ¿O porque no soportas verlo cambiar?

La acción puede ser exactamente la misma. Lo que cambia es tu relación con ella.

Si no aceptas tu propia etapa vital, vas a sufrir más de lo necesario. Y esto se vuelve especialmente evidente cuando aparecen nuestros hijos. Cuando ves en ellos la juventud que tú ya no tienes. Cuando los ves guapos, fuertes, atléticos, llenos de energía. Cuando ves cómo la juventud despierta en ellos y comprendes que eso es precisamente lo que es: juventud.

Si no has aprendido a aceptar tu propio momento de la vida, puedes llegar a mirar la juventud de tus hijos con una mezcla de admiración, tristeza, envidia o miedo. Y qué desperdicio. Qué manera tan absurda de perderte lo que tienes delante.

El yoga nos ayuda a vivir de verdad. A mirar menos el espejo y más la vida.

A comprender que los estándares de belleza cambian. Que lo que hoy nos parece imprescindible mañana puede parecernos ridículo. Y que el cuerpo cambia porque la vida cambia.

Todo cambia menos lo que no puedes ver en el espejo

No puedes no envejecer. Todo a tu alrededor lo está haciendo, aunque te de pena. Todo a tu alrededor –prakṛti– está en permanente cambio. El cuerpo cambia. Las circunstancias cambian. Las personas cambian. Tú cambias.

Gran parte del sufrimiento aparece cuando intentamos exigir permanencia a aquello cuya naturaleza es cambiar. Lo único que permanece es precisamente aquello que no podemos ver en el espejo.

Así que cuídate. Ponte guapo, guapa, si quieres. Usa las cosas que este mundo pone a tu alcance para cuidarte, para sentirte mejor, para verte bien. Solo pregúntate quién está al mando.

Porque puedes utilizar todas esas cosas para cuidar tu cuerpo. O puedes acabar siendo tú quien esté al servicio de ellas. Y entonces, mientras intentas desesperadamente que no se note que estás envejeciendo, puede que se te esté olvidando algo mucho más importante: vivir.

Que no se nos vaya la vida intentando que no se note que estamos viviendo.

Ana Canelada es educadora de yoga y divulgadora de su tradición filosófica. Profesora de yoga certificada y facilitadora de meditación; formada en Filosofía, Historia del Yoga y textos yóguicos en Yoga Prasad Institute (India), continúa su estudio de manera constante bajo la guía de su maestro.
www.anacanelada.com / IG @anacaneladayoga