Nunca habíamos tenido una herramienta capaz de conversar con nosotros de esta manera. Podemos preguntarle por una enfermedad, una receta, una duda filosófica o un conflicto personal. Puede resumir un libro, traducir una lengua que desconocemos, comparar puntos de vista o ayudarnos a ordenar una idea que llevábamos meses intentando expresar. La IA ya forma parte de nuestra vida cotidiana, aunque todavía no sepamos muy bien qué hacer con ella. Escribe José Manuel Vázquez.
Tiene sentido que en el mundo del yoga la recibamos con desconfianza. Venimos de una tradición que concede valor al silencio, a la experiencia directa, al cuerpo, a la atención sostenida y a una relación con el conocimiento que no siempre pasa por acumular información. ¿Qué tiene que ver todo esto con una tecnología capaz de producir respuestas en segundos?
¿Qué es exactamente lo que nos molesta de la IA?… ¿Que pueda escribir? ¿Que pueda responder preguntas? ¿Que imite determinadas formas de inteligencia? ¿Que nos facilite tareas que antes requerían esfuerzo? ¿Que nos obligue a preguntarnos qué parte de aquello que considerábamos exclusivamente humano puede ser reproducido por una máquina?
La IA no necesita ser consciente para conversar sobre la conciencia. Puede escribir sobre meditación sin haber cerrado los ojos jamás. Puede explicar el sufrimiento, la compasión o el desapego sin haber sufrido, amado ni renunciado a nada. Puede ayudarnos a pensar sobre todas esas cosas… y quizás por eso, tenemos la oportunidad para repensar nuestra relación con ella.
La IA puede ser una extraordinaria herramienta. Amplía nuestra capacidad para buscar, ordenar, comparar, traducir, relacionar y explorar datos. Puede devolvernos una pregunta desde otro ángulo. Puede ayudarnos a encontrar palabras cuando todavía no sabemos muy bien lo qué queremos decir. Puede ordenar nuestras ideas.
Esto no tiene por qué empobrecernos. Al contrario. Una herramienta que nos permite agilizar ciertos procesos cognitivos libera espacio y tiempo. El problema aparece cuando confundimos ampliar con sustituir… ¿Queremos utilizar la IA para pensar mejor o para no tener que pensar? ¿Para comprender nuestra experiencia o para evitarla? ¿Para explorar una posibilidad o para que decida por nosotros? La diferencia puede ser sutil.
Podemos preguntarle a una IA qué significa sentir miedo. Podemos pedirle una explicación sobre la ansiedad, una meditación para tranquilizarnos o incluso unas palabras que nos ayuden a atravesar un momento difícil. Pero ninguna respuesta sustituye la experiencia de estar angustiado y sentir miedo. Podemos leer cien explicaciones sobre la respiración y seguir sin haber prestado atención a nuestra próxima exhalación. Podemos definir perfectamente qué significa estar presentes y continuar distraídos.
¿Delegar la atención?
Quizás la IA esté poniendo delante de nosotros una cuestión que el yoga conoce desde hace mucho tiempo: saber algo no significa necesariamente haberlo comprendido. La información puede ser acumulada. La experiencia necesita ser atravesada.
Por eso quizá no debamos preguntarnos únicamente qué puede hacer la IA por nosotros. También sería conveniente preguntarnos qué estamos dispuestos a delegar en ella y qué no. ¿Qué ocurre cuando empezamos a delegar también nuestro criterio?…
¿Qué sucede cuando buscamos en una máquina no solamente información, sino confirmación? ¿Cuando esperamos que interprete un conflicto por nosotros? ¿Cuando necesitamos que decida si debemos continuar una relación, abandonar un trabajo o cambiar nuestra vida? Tal vez la cuestión no sea si debemos utilizar la IA, sino aprender a distinguir aquello que podemos delegar de aquello que necesitamos seguir experimentando en primera persona; y aquí el yoga puede aportar una perspectiva interesante.
No porque el yoga ahora tenga que convertirse en una doctrina tecnificable, sino porque lleva siglos trabajando con una materia que ahora adquiere una importancia extraordinaria: la atención… ¿Hacia dónde miramos? ¿Qué dejamos fuera? ¿Qué perseguimos? ¿Qué evitamos? ¿Qué ocurre cuando dejamos de reaccionar automáticamente?
La IA puede ayudarnos a producir más respuestas. El yoga puede ayudarnos a formular mejores preguntas… Incluso podría ser soporte para la ausencia de respuestas. En una cultura que nos ofrece información inmediata, aprender a permanecer ante lo que todavía no comprendemos quizás sea una forma de libertad.
Podemos utilizar la IA para explorar significados, depurar ideas y ampliar posibilidades. Pero quizá debamos conservar un pequeño espacio que no queramos automatizar: el lugar desde el que observamos, sentimos y decidimos.
Antes de preguntarle algo a una IA, podríamos hacer una pausa… ¿Qué estoy buscando realmente?… ¿Información? ¿Comprensión? ¿Consuelo? ¿Confirmación? ¿Qué decida por mí?… Quizás esa pequeña pausa sea ya una práctica útil.
La IA, además de una herramienta extraordinariamente poderosa, también puede convertirse en un espejo incómodo. No porque nos muestre quién es ella; sino porque empieza a mostrarnos quiénes somos nosotros cuando tenemos delante una herramienta capaz de responder casi a cualquier pregunta.
José Manuel Vázquez Díez. Formador de profesores de yoga, psicólogo y autor de ‘Yoga Orgánico’

