Visualiza que estás en medio del océano, te mueves con la corriente de forma sutil, el agua hace que disfrutes de la ingravidez y lo único que escuchas es tu respiración –sí, desde el regulador–. Sin esfuerzo, entras en lo que hoy empieza a conocerse como “meditación bajo el agua”. En este artículo te explico en porqué y te animo a practicarlo. Escribe Elena Nazabal.

Foto de Emma Li
El buceo, más allá de ser una actividad, genera un estado muy concreto: la respiración se vuelve consciente, el ritmo se ralentiza y la atención se dirige de forma natural al momento presente.
No hay esfuerzo por meditar. Ocurre.
Y en mi caso, es de las pocas veces en las que he experimentado ese estado.
En la vida cotidiana, parar no siempre es fácil. La mente se anticipa, se dispersa, salta de un pensamiento a otro. La práctica formal de la meditación –sentarse, observar la respiración y sostener la atención– requiere entrenamiento y constancia.
Sin embargo, he descubierto contextos que facilitan un estado parecido de una forma directa. El buceo es uno de ellos.
No sustituye a la práctica tradicional, pero sí permite experimentar con claridad algo que muchas veces el ritmo de vida occidental que hemos admitido dificulta alcanzar: presencia real.
Vivimos demasiado tiempo dentro de estructuras que no cuestionamos. Rutinas y expectativas que hemos ido asumiendo y que, aunque funcionen, no siempre encajan con lo que realmente queremos. Esa falta de coherencia genera un malestar difuso que, aunque se intente mitigarlo con mil quehaceres, se resiente dentro de nosotras.
Y no, no se trata de cambiar de vida de golpe, dejarlo todo y huir a bucear. Se trata de empezar a tomar decisiones desde otro lugar.
Porque cuando solo escuchas una campana, crees que es la única que suena.
Exponerte a realidades distintas –viajar, salir de lo habitual– brinda esa oportunidad. Otras culturas, otros ritmos y formas de vivir amplían nuestra perspectiva y permiten tomar distancia de la propia.
Creo que esa nueva mirada, facilita que en la mente ronden preguntas que en la cotidianidad no surgen:
¿Qué decisiones son realmente mías? ¿A qué me quiero acercar?
¿De qué me quiero alejar?
Experiencias como el buceo o el viajar de manera consciente no solo aportan disfrute. También tienen un impacto directo en nuestro bienestar.
Y no es que lo diga yo, una fanática de los viajes y el buceo, sino que cada vez hay más interés por descubrir prácticas relacionadas con el mar que puedan favorecer esos estados de calma y atención similares al “mindfulness”. Si se analiza bien, es lógico preguntarse qué beneficios podría aportar el buceo si, con un método de respiración parecido como sería la meditación, ya existen suficientes estudios que demuestran innegables beneficios en la salud mental.
Pero aún, hay algo más.
Una vida coherente
Enfrentarte a algo que te genera respeto, en un entorno desconocido, y atreverse a atravesarlo, cambia la percepción que tienes de ti misma.
Genera confianza, refuerza la autoestima y activa una sensación de capacidad que no se construye desde lo cómodo ni desde la teoría.
Pero lo mejor es que esa fuerza interior se traslada a tu vida, no se diluye con el agua.
A decisiones que parecían cerradas.
A la capacidad de cuestionarte con más claridad qué quieres y qué no.
He de remarcar, que el exponerse a lo desconocido y vivir experiencias que combinan presencia y reto no es la única solución, ni una solución inmediata a ese malestar difuso que antes nombraba.
Pero desde mi experiencia, sí es una herramienta directa para salir de la inercia y acercarte a una vida más coherente contigo.
Y a veces, ese cambio empieza por algo tan simple como prestar atención a tu respiración o atreverte a hacer algo por primera vez.
¿Y tú, qué herramientas utilizas para sentirte plena con tus decisiones y tu estilo de vida?
Te leo en comentarios. Puedes escribirme a info@yogaenred.com
Elena Nazabal. Farmacéutica y fundadora de Kaiura.
