El yoga no se mancha

2026-03-18

A menudo, en los círculos de práctica y en las conversaciones que pretenden ser profundas, escuchamos voces que se alzan en una suerte de cruzada espiritual. Son voces que, movidas por un deseo –aparentemente noble– de proteger la pureza de una disciplina milenaria, terminan convirtiéndose en tribunales de sentencia. Escribe Pablo Rego.

En nombre de la «defensa del yoga» caemos en la trampa de la crítica sistemática hacia todo aquello que no se ajusta a nuestra propia cuadrícula mental. Señalamos con el dedo, describimos con sarcasmo las «formas» modernas, las hibridaciones o las simplificaciones, sosteniendo con firmeza que «eso no es yoga». Sin embargo, en ese mismo acto de exclusión, nos alejamos del corazón mismo de la enseñanza que pretendemos custodiar.

Estamos transitando un tiempo de una intensidad inusitada. La dualidad se manifiesta con una fuerza que parece querer romperlo todo. Es la tensión necesaria, el último estertor de una Era de Piscis que se resiste a morir, mientras la Era de Acuario empuja con su vibración de red, de transparencia y de una nueva realidad que apenas alcanzamos a vislumbrar. En este escenario de transición, la tentación de «tomar partido» es enorme. Creemos que posicionarnos políticamente, militar una causa o abrazar una bandera nos vuelve seres más conscientes o comprometidos. Pero la realidad es que toda militancia, incluso la que llamamos «buena», no es más que una forma de profundizar la polarización. Al ponernos de un lado, automáticamente creamos un «otro» al que combatir, alimentando la misma fragmentación que el yoga busca disolver.

La ilusión del defensor

Mientras los seres humanos que cultivamos el yoga decidimos defenderlo, el yoga mismo nos observa con una silenciosa y profunda compasión. Nos mira como se mira a los niños que, jugando a ser adultos, discuten acaloradamente sobre qué juguete es el «verdadero». Dictaminamos qué está bien y qué está mal, qué es sagrado y qué es profano, sin advertir la paradoja: todo es yoga y el yoga está en Todo.

Si recurrimos a las fuentes, el Bhagavad Gita nos recuerda que el yoga es, en esencia, ecuanimidad (Samatvam Yoga Ucyate). Cuando perdemos esa base, cuando nuestra mente se agita en la indignación por cómo otros interpretan la práctica, hemos dejado de hacer yoga para pasar a hacer «ego-yoga». El gran obstáculo no es la desvirtuación externa de la técnica, sino nuestra propia falta de confianza en los procesos colectivos y, más aún, en los procesos cósmicos.

El aparente caos del mundo actual no es un error de la matriz; es parte de un movimiento mayor que nos trasciende. Cuando entramos en el juego de «la lucha» por un objetivo que creemos justo, estamos demostrando, en el fondo, que no confiamos en la inteligencia de la Vida. Creemos que si no intervenimos con nuestra crítica o nuestra militancia, la verdad se perderá. Es una soberbia espiritual que nos impide mantener la ecuanimidad necesaria para ser canales de luz en medio de la tormenta.

Tolerancia, compasión y práctica

La tolerancia no es un valor que se «activa» únicamente cuando las circunstancias coinciden con nuestros valores individuales. Ser tolerante con lo que nos gusta no tiene mérito; el desafío surge cuando nos enfrentamos a lo que juzgamos como «incorrecto». Lo mismo sucede con la compasión (Karuna). Si mi compasión solo abraza a quienes practican como yo, no es compasión, es afinidad.

La visión superadora que nos propone el yoga es la de mantener encendida la llama interior. Y esa llama solo se mantiene si permanecemos en la práctica diaria (Abhyasa) y en el desapego (Vairagya). Cuando salimos de la esterilla para entrar en el campo de batalla de la opinión y el juicio, la llama comienza a vacilar. Nos perdemos en el ruido de las formas, olvidando que el yoga no necesita ser defendido por nosotros, sino que formamos parte de una filosofía que nos trasciende.

Como bien señalan los Yoga Sutras de Patanjali, la ignorancia (Avidya) es la raíz de todo sufrimiento. Y la mayor ignorancia es creer que la dualidad es la realidad última. En estos tiempos de cambio de era, se nota demasiado que todos somos aprendices. Aquellos que se presentan como guardianes de la verdad suelen ser los que más temen al cambio, a la pérdida de control o a la dilución de su identidad basada en el conocimiento.

Hacia una conciencia acuariana

La Era de Acuario nos invita a una síntesis, a ver las oscilaciones de la vida no como opuestos que deben destruirse, sino como frecuencias que forman parte de un mismo tejido. El yoga es la unión, no la uniformidad. Si vemos a alguien haciendo algo que «no es yoga» bajo el nombre de yoga, nuestra tarea no es denunciarlo, sino profundizar tanto en nuestra propia realización que nuestra sola presencia sea el testimonio de lo que la disciplina realmente es.

La «militancia buena» es una trampa del ego que nos hace sentir moralmente superiores mientras seguimos alimentando la separación. El verdadero servicio (Seva) no nace de la crítica, sino de la comprensión de que cada ser humano está transitando su propio proceso de despertar, incluso a través del error o de la forma superficial.

Mantener la ecuanimidad en el caos es el mayor acto de rebeldía espiritual que podemos ejercer hoy. El yoga no se mancha con las interpretaciones erróneas de los hombres, ni con las modas, ni con los usos comerciales. Lo que se mancha es nuestra propia percepción cuando dejamos que el juicio empañe la visión de la unidad.

Sigamos practicando, sigamos observando con amor este paso de una era a la otra, y recordemos que la única lucha que vale la pena es la que se libra internamente para derribar los muros que nos impiden experimentar la Conciencia Universal en cada rincón de la existencia. Porque, al fin y al cabo, si no somos capaces de ver yoga en el caos, es que todavía no hemos comprendido qué es el yoga.

Pablo Rego. Profesor de yoga. Escritor. Diplomado en Salud Ayurveda. Masajista-terapeuta holístico
www.yogasinfronteras.com.ar