El nacimiento del yoga y el pequeño cuento que nunca se contó

2026-02-05

Antes de que el yoga tuviera nombre y de que los humanos descubrieran el amor, la naturaleza vivía en un complejo y sublime equilibrio gobernado por la ecuanimidad. Los animales y las plantas no pensaban ni en el ayer ni en el mañana: vivían el instante con la naturalidad de quien es amo de sí mismo, no de quien está domesticado. Escribe Pedro López Pereda.

En aquel edén, un ser humano los observaba.

Una mañana vio al perro inclinarse hacia el suelo, alargando el pecho como ofreciendo su corazón a la madre Tierra y, luego levantándose ligero, lo elevó hacia el cielo. Después, aquel animal tan expresivo y lleno de energía empezó a correr con el resto de su manada.

En ese momento, el perro se convirtió en su maestro.

Un amanecer, aquel humano vio a un escurridizo gato arqueando su espalda como si quisiera llegar al sol, sin esfuerzo, sin propósito, manteniendo la firmeza que siempre había tenido.

De esta forma, aquel hombre primitivo entendió e intuyó que en aquellos gestos había una conexión con algo a lo que él llamó la fuerza invisible.

En una noche de caza se separó del grupo cuando vio que las aves refugiadas en un árbol dormían sobre una sola pata, confiando en el aire que las rodeaba y en la protección de la floresta. Se quedó solo en la espesura y dejó que algo muy hondo empezara a despertarse en su interior.

Desde aquel momento aprendió a asociar a los animales con la sensibilidad, la energía y algo a lo que llamó lo inmaterial.

Aquel humano había imitado a los animales por juego o simplemente por curiosidad, pero a partir de ese instante lo hizo por necesidad, y al hacerlo se dio cuenta que su cuerpo sabía más de lo que su mente conocía.

Al reproducir aquellas formas, aquellos gestos, lo primero que notó es que su respiración encontraba su ritmo y el pensamiento se volvía menos confuso.

Tiempo después aprendió del camello su resistencia, adaptabilidad, paciencia, humildad e inteligencia.
Del reptil, la potencia del calor que asciende lentamente y su capacidad de regeneración.
Del árbol, la conexión entre el cielo (ramas) y la tierra (raíces).
Del ave, la libertad y su vínculo, gracias al vuelo, con lo más elevado y lo identificó con la capacidad de elevación interior.
Del pez, la fertilidad, la abundancia, la transformación interior y la perseverancia.

Pero la lección más profunda no estaba en las formas. Aprendió que los animales no se forzaban.
No competían.
No buscaban llegar a ninguna parte.
Respiraban como quien agradece el alimento que le da el medio.
Descansaban como quien confía en una Tierra protectora.
Y se movían como quien escucha con el corazón.

Entonces el humano comprendió:

El camino, al que llamó yoga, no era imitar al mundo animal, sino recordar lo que el mundo animal no había olvidado:
Que el cuerpo es nuestro hogar y nosotros sus moradores.
Que la respiración es nuestro lenguaje y guía.
Que la quietud se puede convertir en crecimiento interior.

Desde entonces, cada vez que alguien realiza su actividad con paz interior y cada vez que alguien respira como si nuestro interior fuese parte del exterior, recordamos que los animales –nuestros primeros maestros– nos siguen enseñando.

Y el yoga vuelve a nacer.

Pedro López Pereda. Creador del centro Namaskar de yoga y autorrealización en la línea de Antonio Blay. Presidente de la Fundación Yoga y de la Asociación Yoga Meditativo. Miembro de la Asociación Nacional de Profesores de Yoga. Maestro de Reiki.

Ha publicado, entre otros libros: El mandala oculto (2017), El cuenco vacío (2018) y Las leyendas del Yoga. El origen mitológico de la meditación, el pranayama y las posturas de yoga (2021).