Del lobo feroz al chihuahua con manta (2): El cruce del océano

2026-10-27

Septiembre de 1893, Chicago. El Parlamento Mundial de las Religiones reúne por primera vez en la historia a representantes de todas las tradiciones espirituales del planeta. Entre los asistentes, un joven monje indio de treinta años, con turbante naranja y una elocuencia devastadora, sube al estrado y se dirige a la audiencia con dos palabras: «Sisters and brothers of America». Escribe Anna Constanza.

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Vivekananda September, 1893, Chicago (foto wikicommons)

(Leer la primera parte)

La sala estalla en aplausos durante dos minutos. Svāmī Vivekānanda no había traído posturas. No había traído colchonetas.

Había traído filosofía pura: el Advaita Vedānta, la no-dualidad, la idea de que la conciencia individual y la universal son, en el fondo, una sola y misma cosa.

Occidente, que miraba a la India con una mezcla de fascinación colonial y condescendencia, recibió un golpe intelectual del que tardó décadas en recuperarse.

El yoga que Vivekānanda presentó al mundo no era el de los āsanas sino el del conocimiento, la devoción y la acción: Jñāna Yoga, Bhakti Yoga, Karma Yoga.

El cuerpo físico, por el momento, quedaba en segundo plano.

Lo que cruzó el Atlántico ese año fue ante todo una revolución filosófica.

Pero la semilla estaba plantada.

Y Occidente, con su prodigiosa capacidad para transformar cualquier cosa en algo práctico, inmediatamente empezó a preguntarse: ¿y esto… se puede hacer con el cuerpo?

La respuesta llegaría muy pronto.

Yogendra: el hombre que democratizó el yoga

Pocos años después, en 1918, un joven de veintiún años llamado Manibhai Haribhai Desai –conocido en el mundo del yoga como Yogendra– funda en un bungalow de la playa de Versova, en Bombay, el centro de yoga organizado más antiguo del mundo: The Yoga Institute.

Su propuesta era radical, aunque en sentido opuesto al de los ascetas del Himalaya. El yoga no debía ser patrimonio exclusivo de monjes y Sādhus.

Era para el padre de familia. Para la mujer. Para el enfermo. Para cualquiera (de clase media, eso sí, pero algo es algo).

Pero tenemos que ser honestos: el yoga que Yogendra enseñaba no era exactamente el yoga de los Ṛṣis del Himalaya.

Yogendra fusionó los āsanas tradicionales con los sistemas indígenas de cultura física india y las más modernas técnicas europeas de gimnasia y naturopatía.

La gimnasia escandinava, el movimiento armónico europeo y la cultura física occidental habían llegado a la India colonial con fuerza, y Yogendra los integró conscientemente en su sistema.

No lo hizo por descuido ni por ignorancia. Lo hizo con un propósito claro: su objetivo era el desarrollo del yoga como terapia curativa basada en el ejercicio rítmico, definida en relación con la medicina, el fitness y la psicología moderna.

Quería resultados verificables. Evidencia. Legitimidad científica en un mundo que miraba al yoga con desconfianza.

En 1919 viajó a Estados Unidos y fundó una rama del instituto en Nueva York, colaborando con médicos y científicos.

De vuelta en India, simplificó muchas de los āsanas correlacionándolos con ritmos respiratorios específicos y una metodología rigurosa.

El resultado fue histórico: la práctica postural fue revivida en los años veinte por maestros como Yogendra y Kuvalayananda, que enfatizaron sus beneficios para la salud, transformando para siempre la imagen del yoga en el mundo.

Yogendra murió en 1989 a los noventa y un años. Es conocido como el ‘Padre del renacimiento moderno del Yoga’.

Y sin embargo, pocos practicantes occidentales conocen su nombre –ni saben que los āsanas que practican cada día llevan en sus genes tanto de Haṭha Yoga medieval como de gimnasia danesa del siglo XIX.

El hombre que conquistó el mundo sin salir de India

Kṛṣṇamācārya nació el 18 de noviembre de 1888 en una pequeña aldea de Karnataka, en el sur de la India. Estudió sánscrito, āyurveda, lógica, música y los seis sistemas filosóficos del hinduismo. Practicaba yoga desde los cinco años, iniciado por su padre.

Bajo el patrocinio del Mahārāja de Mysore, Kṛṣṇamācārya recorrió la India entera dando conferencias y demostraciones para promover el yoga.

Yo me pregunto: ¿sería considerado hoy un gran influencer?

En su yogaśālā del Palacio de Mysore formó a los que serían los arquitectos del yoga global: Indra Devi –la primera mujer occidental en estudiar con él –, K. Pattabhi Jois, B. K. S. Iyengar, T. K. V. Desikachar, Srivatsa Ramaswami y A. G. Mohan.

Cada uno tomó las enseñanzas de su maestro y construyó con ellas un sistema propio, distinto, a veces casi irreconocible respecto a los demás. Iyengar creó un yoga de alineación milimétrica con uso de props. Pattabhi Jois desarrolló el Ashtanga Vinyasa, dinámico y exigente. Desikachar, su propio hijo, desarrolló el Viniyoga, profundamente terapéutico e individualizado.

Kṛṣṇamācārya instruyó a todos sus discípulos para que enseñaran yoga en Occidente.

Él mismo nunca cruzó un océano.

Y sin embargo es difícil encontrar hoy un estilo de yoga que no lleve su huella.

Murió en 1989, a los cien años. El yoga se democratiza a escala global. Y eso, en muchos sentidos, es bello.

Acto final: el mercado

Aquí es donde la historia se vuelve compleja, y también un poco cómica.

El yoga llegó a Occidente y Occidente hizo con él lo que hace con todo: lo convirtió en producto. En marca. En estilo de vida.

Hoy existe el yoga para embarazadas, el yoga para ejecutivos, el yoga para perros (esto es real), el yoga en tabla de surf, el yoga con cabras, el yoga a cuarenta grados, el yoga nude y el yoga de la risa.

Existen colchonetas de corcho de edición limitada, mallas de doscientos euros que nos vuelven locas y retiros de lujo con jacuzzi y menú detox en los que el momento más espiritual suele ser el smoothie del desayuno.

El prāṇāyāma se practica en aplicaciones de móvil con notificaciones push.

El Yoga Sūtra de Patañjali se resume en frases para fondos de pantalla o en tatuajes, a menudo con erratas.

Y en muchas clases, el nombre de Śiva no aparece ni una sola vez.

¿Es esto un fracaso? ¿Una traición?

La pregunta que vale la pena hacerse

Aquí viene la parte filosófica de verdad.

El yoga siempre ha cambiado. Siempre ha sido un río vivo que se adapta a la orilla por la que fluye. Nunca existió una forma pura e inmutable del yoga. Lo que llamamos «yoga tradicional» también fue, en su momento, una innovación, una adaptación, una respuesta a las necesidades de su tiempo.

Lo que sí es cierto es que algo se pierde cuando una práctica se vacía de su contenido más profundo.

Y ese contenido, en el caso del yoga, es radical: la pregunta «quién soy», el cuestionamiento de la identidad, la posibilidad de una libertad que no depende de ninguna circunstancia exterior.

Esas preguntas no venden tan bien como la flexibilidad de espalda. Pero son las preguntas que hacen que el yoga siga siendo, en su esencia, algo completamente subversivo.

El fuego que sigue ardiendo

Y sin embargo. En medio de cualquier clase –incluso en la más comercial, incluso con playlist de Spotify y velas aromáticas– puede ocurrir algo.

Un momento de silencio real. Una respiración que llega más profundo de lo habitual. Una postura que hace aparecer algo que no sabías que llevabas dentro.

Y en ese instante, aunque nadie lo nombre, algo que es eterno se activa.

Quizás el yoga moderno se ha domesticado enormemente. Quizás hemos perdido el filo de una práctica que originalmente pretendía nada menos que disolver el ego. Pero la semilla sigue ahí, en cada respiración consciente, en cada momento de presencia real, esperando que alguien la riegue con un poco más de profundidad.

Śiva sigue meditando en el Himalaya. No le afectan demasiado las tendencias.

Y de vez en cuando, en el silencio que aparece detrás de todo este ruido, algo en nosotros lo recuerda. Seas lobo o chihuahua.

Bibliografía

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Haṭha Yoga Pradīpikā

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  • Souto, Alicia. (2009). Los orígenes del Hatha Yoga: Haṭha Pradīpikā, Gheranda Saṃhitā y Gorakṣa Śataka. Ediciones Librería Argentina, Madrid.

Historia y orígenes del yoga

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  • Vivekananda, S. (1896). Raja Yoga. Ramakrishna-Vivekananda Center, Nueva York.

Referencias online utilizadas: Wikipedia:

https://en.wikipedia.org/wiki/Yogendra https://theyogainstitute.org/shri-yogendraji-founder-of-the-yoga-institute-santacruz-mumbai-india

https://artsandculture.google.com/entity/shri-yogendra/g11f647vy05 https://artsandculture.google.com/story/explore-the-ancient-roots-of-yoga/rAKCRDl92CPuJg

https://es.wikipedia.org/wiki/Shiva https://en.wikipedia.org/wiki/%C5%9Aiva

Anna Constanza. Formadora de yoga y fundadora de Ashtanga Yoga Albendas, desde 2017 comparte de manera continuada estudios sobre los Yoga Sūtras de Patañjali en diversas escuelas de España, entendiendo la filosofía no como un saber abstracto, sino como una herramienta viva de discernimiento y liberación.

Su proyecto actual, Nomad Sādhana, nace como una plataforma para el estudio sistemático y encarnado de la filosofía del Sāṃkhya, los Yoga Sūtras, la Bhagavad Gītā y las Upaniṣads, desde una mirada que honra la tradición y, al mismo tiempo, la experiencia directa.

Este es su blog: https://www.ashtanga-yoga-alcobendas.es/blog