IA y yoga (3): Enseñar, practicar, transmitir

2026-10-05

No te preguntaré si la IA va a cambiar el yoga… quizás sea así, como casi todo lo que hacemos. Tampoco si deberíamos utilizarla para enseñar, aprender o practicar… Muchos profesores y practicantes tal vez ya lo hagan de modo discreto. La pregunta es: ¿qué nos obliga la IA a reconsiderar sobre la práctica y la enseñanza del yoga? Escribe José Manuel Vázquez.

(https://www.magnific.com/es/imagen-ia-gratis/hombre-entorno-fantasia-practicando-yoga-meditacion-consciente_171508121.htm#fromView=image_search_similar&page=1&position=42&uuid=b3a25dda-86eb-4af8-a1c3-03b42c9e0d42&query=IA+yoga+joven+reflejo)

Durante mucho tiempo, aprender yoga implicaba acudir a alguien que sabía algo que nosotros todavía no. Había un profesor, una tradición, unos textos, una práctica compartida. Hoy podemos preguntarle a una IA qué significa āsana, pedirle una explicación de prāṇāyāma, solicitar una secuencia para una determinada necesidad o comparar distintas escuelas; y puede hacerlo en segundos.

¿Qué hacemos entonces con la figura del profesor?… Quizá ésta sea una de las primeras cosas que necesitamos reconsiderar. No necesariamente su importancia, sino su función.

Si la función del profesor consiste fundamentalmente en proporcionar información, la IA tiene mucho terreno ganado. Puede recordar más datos, acceder a más textos y elaborar explicaciones a una velocidad difícilmente comparable.

Pero enseñar yoga nunca ha consistido solamente en transmitir información. Un profesor observa, escucha, acompaña, percibe, pregunta, pone límites, respira con nosotros, sabe cuándo callar y cómo vincularse a nuestro proceso.

Quizás la IA nos esté recordando que formar no es lo mismo que informar. Quienes enseñamos yoga no debemos olvidar esto. Porque libera al profesor de una parte de la función que tradicionalmente hemos asociado al conocimiento y le devuelve algo que ninguna base de datos puede proporcionar por sí sola: la capacidad de acompañar una experiencia concreta, encarnada y situada.

Pero también plantea una exigencia. Si una máquina puede explicar muchas cosas, quizá tengamos que preguntarnos qué estamos ofreciendo nosotros que merezca ser aprendido por otros.

¿Experiencia a la medida?

Actualmente, el practicante puede diseñar una práctica completamente personalizada con ayuda de una IA entrenada para ello. Podemos pedirle una secuencia de treinta minutos para una determinada hora del día, adaptada a nuestro nivel, a nuestras preferencias y a nuestros objetivos. Podemos pedirle variaciones, preguntarle por qué una postura aparece antes que otra. Podemos incluso mantener una conversación sobre cómo nos hemos sentido después. La personalización parece una de las grandes promesas de la IA.

Pero ¿qué ocurre cuando una práctica se adapta perfectamente a nosotros?… Quizá sea justamente entonces cuando debamos prestar más atención. Porque practicar yoga no siempre significa encontrar exactamente aquello que nos gusta. A veces significa encontrarnos con aquello que no elegiríamos: la pausa cuando preferiríamos el estímulo; una postura que nos confronta con una limitación; una respiración que no conseguimos controlar… aburrimiento, impaciencia, resistencia… el profesor que nos propone algo que no habíamos elegido; quizás una tradición que no encaja completamente con nuestras preferencias, pero que nos viene bien por el horario.

Quizás el yoga pueda ayudarnos a descubrir qué sucede cuando no todo está hecho a nuestra medida. No se trata de idealizar la incomodidad ni de defender que todo lo difícil sea bueno. Se trata de recordar que una experiencia transformadora no siempre coincide con una experiencia perfectamente personalizada.

Discernimiento a cambio de autoridad incuestionada

Hay otra cuestión que la IA vuelve especialmente visible: la autoridad… Durante siglos, la autoridad en las tradiciones de yoga se ha construido de maneras diversas: por transmisión, experiencia, conocimiento textual, pertenencia a un linaje, reconocimiento de una comunidad, trayectoria personal, etc. Ahora una máquina puede responder con seguridad sobre prácticamente cualquier asunto; y puede equivocarse, puede mezclar tradiciones y puede presentar como consenso aquello que no lo es. Puede producir una explicación impecablemente redactada sobre algo sin haberlo estudiado, practicado y vivido como lo hace una persona.

Esto no convierte a la IA en inútil, sino que nos obliga a desarrollar discernimiento… no solamente para distinguir información verdadera de información falsa; también para distinguir conocimiento de apariencia de conocimiento, experiencia de representación, tradición de invención, profundidad en el mensaje de “lenguaje convincente”.

No es necesario idealizar un pasado que nunca fue tan sencillo como imaginamos; pero sí podemos reconocer una paradoja de nuestro tiempo: cuanto más sofisticadas son nuestras herramientas para relacionarnos con el mundo, mayor puede ser la necesidad de recuperar una relación directa con nuestra propia experiencia y con la ética que la sustenta.

Cuando la IA puede ayudarnos a hacer cada vez más cosas, las preguntaspor el sentido de lo que hacemos adquieren todavía más importancia:  ¿Qué merece nuestra atención? ¿Qué queremos conservar? ¿Qué tipo de relaciones queremos construir? ¿Qué significa vivir bien cuando podemos delegar una parte creciente de nuestro esfuerzo?

Cuando la información está al alcance de todos, enseñar puede ser un gesto que acompaña. Practicar puede implicar aprender a convivir con aquello que no elegimos. Transmitir exige también el criterio de quien escucha.

Quizás el futuro del yoga no consista en mantenerse al margen de la tecnología. Quizás tampoco consista en incorporarla sin más. Tal vez se trate de mantener la experiencia en primera persona. Precisamente ahora que podemos delegar tantas tareas, decidir volver al cuerpo y a la experiencia quizá no sea mirar hacia atrás, sino más bien una forma de avanzar y comprometernos con lo que vinimos a hacer.

José Manuel Vázquez Díez. Formador de profesores de yoga, psicólogo y autor de ‘Yoga Orgánico’