Ante la normalización de la deshumanización

2026-02-23

Normalizar la deshumanización significa que nuestra conciencia se va habituando a ver, sin reaccionar, cómo acorralan a seres humanos indefensos para someterles a violencia, injusticia y maltrato. Las interpretaciones espirituales sobre la «mente no reactiva» que piden condescendencia o aceptación, no ayudan a reivindicar la dignidad intrínseca de todo ser humano. Escribe Pepa Castro.

“El zorro socializado podría vivir en libertad, pero el exceso de confianza podría convertirlo en presa fácil de los humanos”. (‘Qué animal’ RTVE)

Cuando un individuo quiere ser el amo del mundo y trata a millones de personas como presas condenadas al hambre, la destrucción y la muerte (Cuba, Gaza, Ucrania, inmigrantes en EE.UU…) lo llamamos inhumano.

Y cuando la reacción del resto de la tribu social ante actos racistas y execrables se traduce en condescendencia, tolerancia, aceptación o indiferencia, se llama normalizar la deshumanización.

Normalizar la deshumanización es acostumbrarse a ver y tratar a otros seres (en presencia o en diferido) como si no fueran plenamente humanos o fueran de inferior categoría. Implica que nuestra conciencia se va vacunando contra la injusticia, la discriminación y el maltrato ejercidos por unos hombres con poder contra otros indefensos. De tal modo que cada vez nuestra reacción en contra es más tibia, más evasiva, más desconectada de la realidad.

Pero si aceptamos  como «normal» que se discrimine o maltrate a alguien por cualquier motivo (origen, creencias, estatus social…), toda la estructura de valores en los que se apoya la sociedad y la convivencia, se viene abajo.

La mirada de la espiritualidad

«Aceptar lo que no se puede cambiar», una frase que se oye con demasiada frecuencia hoy día en aulas de yoga y meditación. ¿No se puede o no se intenta? Denunciar la injusticia, desde los medios posibles de actuación de cada uno, no nos debilita: nos hace más fuertes y responsables.

Se han inventado muchos métodos para desviar la mirada de la causa de la desigualdad. Entre los de mayor éxito, las interpretaciones doctrinales que acallan conciencias e invocan castigo o reparación en otras vidas pero resignación en ésta… Una idea de la justicia a muy largo plazo con la que comulgan, no por casualidad, los poderosos.

Hay interpretaciones de enseñanzas espirituales que pueden inducir a errores graves:

No se puede decir que un niño maltratado por la brutalidad del poder en Gaza o en Minnesota haya podido elegir.

No se puede decir que la desgracia de crecer entre los escombros en una ciudad ucraniana o palestina se deba al karma.

Por tanto, no se debería sentenciar que el sufrimiento solo depende de nuestra mente ni de la ceguera sobre nuestra propia naturaleza, ni que seamos dueños de nuestro destino. 

El sufrimiento infringido no es una fantasía de la mente reactiva; nunca puede ser aceptable y siempre es injusto.

Deshumanizar no es ignorar la verdadera naturaleza del otro; es despreciarla. Nada puede ser peor que eso. Como tampoco es aceptable priorizar la salvación espiritual sobre la justicia social.

«Es un error pensar que las alturas de la religión están por encima de las luchas de este mundo». (Sri Aurobindo. Bande Mataram: Early Political Writings, sección de artículos de 1907 sobre nacionalismo y espiritualidad).

Defensa radical de la dignidad

Solo hay un modo de combatir la deshumanización, y es identificarla y denunciarla, todas y todos, con independencia de nuestras creencias o ideologías. Solo así se puede defender la dignidad del ser humano solidariamente.

No hace falta ser religioso, ni budista, ni yogui, ni vedantín para sentir compasión ni para saber que somos uno con el resto de la humanidad. Hace falta escuchar la pulsión de humanismo («el corazón») que llevamos dentro y estar dispuestos a defender que «todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros». (Declaración Universal de Derechos Humanos).

Defendamos lo más básico e irrenunciable

La evolución de los primates nos convirtió en animales socializados con consciencia de nosotros mismos. Tuvieron que pasar 6.000 millones de años desde que el primer homínido pudo caminar erguido hasta optimizáramos nuestras habilidades de creación y destrucción e inventáramos dioses y leyes para frenar lo peor en nuestra convivencia como especie.

Al cabo de siglos y siglos de luchas fratricidas, de desigualdad e injusticias incalificables, la ética humanista y las declaraciones de derechos humanos consagraron el reconocimiento universal a la dignidad y el valor de la persona en igualdad. Y su aspiración más elevada, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, de la tiranía y la opresión, disfruten de la libertad de palabra y de creencias.

Ante la deshumanización solo cabe una defensa radical de la dignidad humana en todos los frentes de actuación, pues toda persona tiene un valor intrínseco que no depende de su raza, condición social, religión o conducta.

No dejemos que el “exceso de confianza” hacia quienes deshumanizan destruya eso.

Pepa Castro es codirectora de YogaenRed.