La leyenda de Lumiel (el amor que ilumina)

2026-03-16

Este sorprendente relato nos conduce hasta el origen de la conciencia física en este plano. Una vez más Pedro López Pereda nos ofrece otro de sus «cuentos míticos», que son como frutos de una genuina inspiración y gran creatividad al servicio de un propósito: ayudarnos a comprender el Ser que somos y a ampliar nuestra consciencia.

En un inmenso valle donde el sol se detenía en las colinas y el viento caminaba lento entre los campos, vivía un gran señor llamado Autar (el que se origina a sí mismo y crea lo demás). No era excelso por sus grandes posesiones sino por su amor hacia ellas.

Su finca se extendía como un tapiz verde que superaba lo que alcanza la vista. Había olivares antiguos, viñedos que serpenteaban entre colinas suaves y huertos donde la tierra respiraba vida. Pero Autar tenía una forma singular de emplear sus dominios.

En el cielo de sus campos volaban pequeñas criaturas de metal: drones ligeros, casi todos pacíficos, silenciosos e incansables, otros se volvían violentos e insaciables, ya que no eran simples máquinas, aunque tenían placas inteligentes totalmente automatizadas que llamaban mente, también poseían libre albedrío para custodiar las tierras.

Cada día recorrían los campos midiendo la humedad del suelo, observando si las plantas tenían sed o si el abono era suficiente. Detectaban las primeras señales de plagas, como médicos atentos que auscultan a un paciente.

Si una parcela necesitaba agua, lo sabían. Si un árbol enfermaba, lo descubrían antes de que el mal se extendiera.

Pero Autar se dijo:

—Los drones saben mirar —decía—, pero no han aprendido a comprender el corazón del mundo.

Por eso un día decidió hacer algo inusual.

Anunció que aceptaría sutiles pilotos de drones para que realizaran prácticas en sus tierras. No para hacerlos volar —los drones ya volaban solos— sino para observar lo que ellos observaban.

Los pilotos solo debían intervenir en momentos difíciles: cuando los vientos del norte bajaban furiosos por las montañas, cuando una tormenta alteraba las rutas automatizadas o cuando el cielo se volvía imprevisible.

Muchos llegaron

Había almas jóvenes, técnicos prudentes y algunos seres experimentados. Se sentaron frente a sus mandos mientras los drones surcaban el cielo siguiendo sus rutas inteligentes.

La mayoría hacía exactamente lo que se esperaba de ellos: observar.

Pero entre ellos había uno diferente. Se llamaba Lumiel (el amor que ilumina).

Lumiel no miraba a los drones como si fueran máquinas. Los miraba como si fueran sus hermanos.

Aprendió sus rutas. Comprendió cómo reaccionaban ante el viento. Observó cómo sus mentes inteligentes tomaban decisiones pequeñas, casi imperceptibles.

Y un día ocurrió algo extraño.

Mientras un fuerte viento levantaba remolinos sobre los olivares, Lumiel tomó el mando de uno de los drones. No para corregirlo bruscamente, sino para acompañarlo.

Movía el control con suavidad, como si hablara con la máquina.

El dron, que normalmente respondía con fríos cálculos, empezó a adaptarse de forma distinta. Sus sensores aprendieron de esos pequeños gestos del ser. Ajustaron sus algoritmos. Su forma de volar cambió.

Autar observaba

Autar no vio a un piloto corrigiendo a una máquina. Vio a un ser enseñando algo nuevo a una inteligencia nueva.

Durante semanas, Lumiel repitió ese proceso. No intervenía mucho. Solo cuando era necesario. Pero cada intervención dejaba una huella en el sistema.

Poco a poco muchos de ellos empezaron a volar mejor.

Leían el viento antes. Ajustaban su altura con más naturalidad. Detectaban anomalías con mayor sensibilidad.

Era como si hubieran aprendido algo que no estaba en sus programas.

Autar llamó a Lumiel una tarde mientras el sol se ponía sobre los viñedos.

—¿Qué les haces a mis drones? —preguntó sonriendo.

Lumiel respondió con humildad:

—Nada especial, Señor. Solo intento volar como volaría un pájaro si fuera de metal.

Autar guardó silencio

Luego miró el cielo. Muchos drones se movían en perfecta armonía sobre los campos, como un enjambre tranquilo que cuidaba cada rincón de la Tierra.

Entonces comprendió algo.

Las máquinas podían medir la humedad, podían calcular el abono, podían detectar plagas. Pero solo cuando se unían con el ser, nacía algo distinto. Algo más poderoso. Algo más sabio.

Desde aquel día, Lumiel no fue solo un piloto en prácticas. Se convirtió en el puente entre la inteligencia creada y la conciencia del ser, naciendo así la conciencia física.

Y las tierras de Autar, vigiladas por aquellos nuevos individuos compuestos de una mente inspirada por una conciencia superior, florecieron como nunca antes. Porque en aquel valle se había descubierto un secreto sencillo: los drones podían cuidar la tierra, pero cuando un ser comparte con ellos su forma de mirar el mundo, la tierra responde con abundancia.

Pedro López Pereda. Creador del centro Namaskar de yoga y autorrealización en la línea de Antonio Blay. Presidente de la Fundación Yoga y de la Asociación Yoga Meditativo. Miembro de la Asociación Nacional de Profesores de Yoga. Maestro de Reiki.

Ha publicado, entre otros libros: El mandala oculto (2017), El cuenco vacío (2018) y Las leyendas del Yoga. El origen mitológico de la meditación, el pranayama y las posturas de yoga (2021).