Código de conducta interior/ 2

A veces somos implacables en nuestra mirada hacia fuera, pero ¿examinamos nuestra propia conducta lo suficiente? Compartimos este capítulo de libro Psicoyoga, uno de los últimos de Ramiro Calle, editado por Mandala. Lo hemos hecho en dos entregas (ver la anterior); esta es la segunda y última entrega de los 17 consejos que nos ayudarán a ser y sentirnos mejores.

 

9.  Nunca culpabilizarse ni arrepentirse.

Hay pocas actitudes tan falaces como el arrepentimiento. Nos arrepentimos y nos culpabilizamos porque no nos responsabilizamos de nuestros actos, porque  no procedemos como debemos proceder, porque no somos lúcidamente conscientes de lo que hacemos o debemos hacer, porque es infinitamente más fácil arrepentirse que hacer las cosas con precisión. Una persona lúcida y consciente, responsable de sus actos, jamás dará lugar al arrepentimiento ni a la culpabilización. Procederá como debe proceder o no lo hará sabiendo que intencionadamente no lo hace. Así no es posible culpabilizarse ni arrepentirse. Es posible equivocarse, sí, pero no arroparse con el subterfugio del complejo de culpa.

10. No arrogarnos cualidades de las que carecemos.

Tenemos un total desconocimiento de nosotros mismos. Podemos llevar con nosotros mismos 60 o 70 años y apenas saber nada de nosotros. Se nos escapa nuestro carácter, nuestra forma de ser, nuestras actitudes y nuestras reacciones. Vivimos de espaldas a nuestro propio mundo interior. Hemos fabricado, apoyándonos en una urdimbre de autoengaños y subterfugios sin fin, una artificial y precaria armonía en nosotros que se viene abajo con la menor contrariedad. Nos debatimos para mantener a duras penas la imagen de nuestro yo ideal. Tendemos a arrogarnos toda clase de cualidades que no poseemos y al atribuírnoslas, ya no hacemos nada por conquistarlas. Es curioso y hasta grotesco con qué facilidad nos arrogamos la cualidad de tolerancia, por ejemplo, aún siendo intransigentes, o la de generosidad, aun siendo unos avaros. Censuramos en los demás lo que está en mayor grado en nosotros. Somos demasiado indulgentes para nosotros mismos y excesivamente para las otras personas. El yogui debe desenmascararse y verse tal cual es.

11. Aceptación. Amor por nosotros mismos y por los demás.

Desde la primera aceptación, debemos comenzar a evolucionar. Deja de ponerte ropajes, máscaras, disfraces. Acéptate, asúmete tal cual eres y, desde ahí, comienza a trabajar seriamente para expandir tu conciencia. No seas excesivamente indulgente contigo, pero acéptate y aprende a ser compasivo contigo. Renuncia al sufrimiento. Ámate. No te digo que te ames egocéntrica, narcisísticamente. Eso no es compasión por uno mismo; eso es ñoñería, puerilidad, neurosis. Amarte quiere decir que pongas las condiciones para sentirte a gusto contigo mismo. Si te sientes a gusto contigo mismo, podrás estarlo con los demás. Si haces la paz dentro de ti mismo, podrás colaborar en la paz de los otros. Cultiva una actitud amorosa y abierta hacia ti y hacia los demás. Si solucionas en ti mismo los conflictos internos y no te resistes rodeándote de toda clase de muros psicológicos, transmitirás una energía favorable y estimulante a los demás. Cultiva el contento. La aflicción mental es inútil. Te tratas demasiado mal, anidando odio irritabilidad en tu mente, recreando emociones negativas, no permitiéndote una genuina y fecunda relación contigo mismo y con los otros.

12. Ecuanimidad más allá de la avidez y la aversión.

La ecuanimidad es la cualidad más alta. Es la cualidad de las cualidades. Es como la flor más hermosa y aromática de un jardín. La eternidad se cultiva como el funámbulo cultiva el equilibrio, evitando irse demasiado a un lado o demasiado a otro. Los extremos son la trampa, la emboscada. Un extremo es la avidez y el otro es la aversión. La persona inmadura siempre está en uno u otro extremo, pendulando mecánicamente de uno a otro lado. Tanto la avidez como la aversión son fuente de dolor, causa de sufrimiento. La armonía consiste en abrir entre ellos una vía de equilibrio y de firmeza, estabilizar el ánimo, fluir sin resistencias ni aferramiento, ser uno mismo a pesar de las circunstancias del exterior. La ecuanimidad permite ver las cosas en sus justas proporciones, sin oscilar de uno a otro extremo, con interés pero sin apego, la visión clara, el ánimo dispuesto, el juicio imparcial, la visión esclarecida con extraordinaria claridad.

Amadeo Solé Leris explica: «El meditador que ha ido progresando se hallará cada vez más centrado en el presente y su ecuanimidad consistirá en poder estar en equilibrio en el momento presente, sin sufrir remordimientos ni preocupaciones por lo que ha hecho o dejado de hacer en el pasado, sin sufrir temores por lo que pueda sucederle en el futuro, estando simplemente centrado en el presente».

13. Ser consciente sin prejuicios ni condicionamientos, vigilante a la mente, la palabra y la acción.

Los maestros indios denominan a la mente, la palabra y la acción las Tres Puertas de Brahma e invitan a que el aspirante no deje de vigilarlas constantemente, refrenando su mecanicidad y utilizándolas como soporte para desarrollar la atención y la lucidez. Los pensamientos se convierten en palabras y acciones.nAsí como eres en la mente, así serás al hablar y al actuar. De alguna manera somos el resultado de nuestros pensamientos. Porque hay tanta mecanicidad en la mente, hay mecanicidad en las palabras y los actos.

La mente es, por otro lado, la portadora de infinitas acumulaciones y condicionamientos que en lugar de permitirnos ver las cosas como son, nos originan toda clase de filtros distorsionantes y prejuicios. Hay que ir poco a poco cultivando una actitud de intensidad mental que pueda percibir al desnudo y sin la necesidad de elegir o entrar en la dinámica de la avidez o la aversión. Esa consciencia, desprovista de pensamientos reactivos, se logra mediante el ejercitamiento de la atención mental pura, que se limita a darse cuenta sin ningún tipo de ideas preconcebidas, asociaciones o elecciones.

14. Tomar la vida como un maestro, un reto, sin demandar excesiva seguridad.

Fluir, estar en armonía, libre de necios y ñoños estados de ánimo. En el yoga de la vía abierta, la vida es el gran maestro, la instructora más perfecta. Las situaciones difíciles no son descartadas por el yogui, porque precisamente ellas fortalecen interiormente, sacan a flote recursos aletargados y sirven de reto para crecer interiormente. En su intrepidez, el yogui se acopla a la vida misma. Sabe que la única seguridad es que todo es inevitablemente inseguro. La seguridad es una idea, una ficción. Demandar excesiva seguridad es evitar el fluir, el deslizarse en armonía con cualquier circunstancia vital. Si demandamos excesiva seguridad siempre nos sentiremos inseguros y amenazados. La seguridad mayor es la propia actitud de ecuanimidad y autoconsciencia. Si vemos las cosas tal y como son y no demandamos una seguridad neurótica, si fluimos armónicamente, no daremos lugar a los estados de ánimo negativos. La vida se convierte en el desafío para intensificar la consciencia, en la piedra de toque para pulir la mente y el ánimo.

15. Ser de todos pero de nadie demasiado.

Desde antaño se ha dicho que el yogui es de todos pero de nadie, y que está en este mundo sin estar en él. Ábrete. Cultiva una actitud amorosa, como la flor exhala su aroma en todas las direcciones, se inhale o no se inhale. Estate en disponibilidad, en apertura, en expansión. No seas avaro, no regatees innecesariamente tu afecto. Hay una magia especial en la actitud afectiva. Los demás la captan y la corresponden, pero si aun los demás no la quieren, tú mantente en esa actitud. El sol envía su rayo sin preguntarse quién o no lo recibe. No te apegues morbosamente a alguien, excluyendo a los demás, no te limites. Ábrete más y más. No cultives dependencias mórbidas.

16. Ser el propio refugio, la propia lámpara, la propia autoridad, dependiente psicológicamente solo de uno mismo.

Tú eres tu maestro y tu discípulo, tu centro, tu alfa y tu omega, tu eje, tu refugio y tu lámpara, tu autoridad. El yogui fabrica sus propias leyes. No corre en pos de un líder, como un deficitario emocional, porque él es su propio líder. Evita las dependencias mórbidas y es psicológicamente autosuficiente.

17. Desarrollar el sentimiento de que cada segundo puede ser el último, para procurarle un significado pleno y creativo, en inafectación y libertad.

Sé consciente de lo inevitable de tu muerte, pero con ecuanimidad. No hagas de la muerte una idea obsesiva que lo único que te proporciona es dolor y miedo. Sé consciente de la inevitabilidad e imprevisibilidad de la muerte, para vivir la vida con intrepidez, honestidad, desenmascaramiento, claridad y plenitud. Cada minuto es una vida. Vívela, con totalidad. No pierdas tus energías en bobos estados de ánimo. No te comportes como si no fueras a morir. No te recrees con mezquindades de las cuales renegarás cuando veas el rostro de la muerte inminente. Porque hay que morir y la muerte forma parte de esta vida, vive aquí ahora, con plenitud, sin reservas, abierto, total, expansivo, pleno.La vida tiene el significado que tú le procures. Puedes hacer de tu vida algo a melifluo, gris, vacuo. O puedes hacer de tu vida un un entrenamiento, un medio para desarrollarte, un campo de ejercitamiento para intensificar la luz de tu consciencia.La vida es lo que tú pongas en ella, tu actitud sobre ella. Cárgala de sentido. El sentido de la búsqueda, el acrecentamiento de la consciencia, la osadía de descubrir la realidad tras las apariencias, la aventura en busca del testigo. Estás en el carnaval. Vívelo en libertad, pero no te dejes afectar por el carnaval. No confundas los disfraces con tu esencia. El carnaval puede resultar a veces divertido y otras aburrido o doloroso, pero tú eres tú además del carnaval. Desarrolla en ti mismo la presencia de ser. No hay tiempo que perder. Cada instante tiene peso específico. Vívelo, penétralo. Utiliza toda tu inteligencia primordial para que te ayude a esclarecer la consciencia. Merece la pena.

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Por • 8 Jul, 2021 • Sección: Firmas, Ramiro Calle