Esta es la historia de cómo el yoga pasó de dominar la muerte a gestionar el estrés del domingo por la tarde. Un yogui medieval comienza fuerte: Svātmārāma promete, sin despeinarse, que después de un año de práctica uno se convierte en Siddha, un ser de poderes extraordinarios, liberado del ciclo de nacimiento y muerte. Escribe Anna Constanza.

Foto de Satyabrata Maiti
Esta es una historia de evolución espiritual, o de cómo llegamos hasta aquí.
Había una vez un asceta sentado desnudo en la cima del Himalaya. Sin colchoneta. Sin música ambiental. Sin botella de agua reutilizable. Solo él, el viento helado, una serpiente enroscada al cuello y varios milenios de meditación por delante.
Ese asceta era Śiva –el Ādiyogi, el primer yogui de la mitología hindú– y lo que practicaba no tenía demasiado que ver con lo que hoy llamamos yoga.
Bienvenidos a la historia más larga, más extraña y más interesante de la espiritualidad humana.
El yoga más antiguo no era una práctica de bienestar. Era una tecnología de transformación radical. Una forma de quemar el ego, disolver los límites del yo y fundirse con algo mucho más grande. Los textos más antiguos del hinduismo –los Vedas y las Upaniṣads– ya describen prácticas de meditación, control del aliento y renuncia al mundo material.
Los grandes Ṛṣis, los sabios visionarios de la antigüedad india, no buscaban la flexibilidad de cadera ni el equilibrio hormonal. Buscaban la liberación. Mokṣa. Salir del ciclo de nacimiento y muerte.
Y para ello practicaban tapas –austeridades extremas– que incluían ayunos prolongados, exposición al frío y al calor, y periodos de meditación que hoy cualquier médico calificaría de peligrosos.
El cuerpo no era un templo que mimar. Era un instrumento afinado hasta el límite para percibir lo imperceptible.
El giro filosófico: actuar sin apego
Hace aproximadamente dos mil quinientos años ocurre algo fascinante. En el campo de batalla de Kurukṣetra, según la Bhagavad Gītā, el guerrero Arjuna sufre lo que hoy llamaríamos una crisis existencial de manual: está a punto de luchar contra su propia familia y se desmorona.
Entonces Kṛṣṇa, su auriga, le explica algo que cambia la historia del yoga para siempre: no hace falta retirarse al bosque para ser un yogui.
La liberación puede encontrarse en la acción misma, siempre que esa acción esté libre de apego al resultado.
Es un giro radical. El yoga deja de ser solo renuncia y se convierte también en presencia plena en el mundo.
El guerrero puede ser tan yogui como el asceta. El padre de familia, también.
Esto es el Karma Yoga, y es una de las ideas más revolucionarias de la historia del pensamiento humano.
Nāthas y Sādhus: el cuerpo como laboratorio alquímico
Siglos después, surge una de las corrientes más fascinantes y menos conocidas del yoga: la tradición Nātha. Estos yoguis –de los que Gorakṣanātha es el más célebre– desarrollaron el Haṭha Yoga, entendido como una ciencia del cuerpo físico.
No para ponerse en forma, sino para despertar energías dormidas, purificar canales sutiles y preparar el sistema nervioso para estados mentales extraordinarios.
Se les atribuían poderes sobrenaturales: la capacidad de curar enfermedades, detener el envejecimiento, incluso de vencer a la muerte.
Sus herederos espirituales, los Sādhus, siguen existiendo hoy. Los encontrarás en las orillas del Ganges o en los ghats de Vārāṇasī, cubiertos de ceniza, con el cabello enmarañado, fumando chillum como parte de su práctica devocional.
Son los últimos representantes visibles de una forma de yoga que Occidente apenas ha rozado.
Son incómodos. Radicales. Apartados de la sociedad.
Muchos de los más respetados son los que viven completamente solos en el bosque o en cuevas del Himālaya, sin título, sin seguidores ni institución.
Paradójicamente, cuanto menos buscan el reconocimiento, más autoridad espiritual se les atribuye.
Antítesis del Instagram.
La lámpara que nadie apagó
Si los Nāthas forjaron el Haṭha Yoga en el fuego de la práctica, fue un yogui del siglo XV llamado Svātmārāma quien lo puso por escrito de forma sistemática por primera vez.
La Haṭhayogapradīpikā –La luz sobre el Haṭha Yoga– es el texto de referencia por excelencia del Haṭha Yoga premoderno. Escrita por Svātmārāma en la primera mitad del siglo XV, es un profundo tratado sobre las técnicas psicofísicas del yoga.
Su título ya lo dice todo: pradīpikā significa lámpara, luz que ilumina. Una antorcha encendida en la oscuridad.
El texto está dividido en cuatro capítulos. El primero describe āsanas (las posturas físicas) como primera etapa dentro del Haṭha Yoga. 15 posturas. Only.
Hay un detalle muy revelador aquí: de estas 15 posturas, la gran mayoría son posturas sentadas de meditación. Solo unas pocas implican movimiento o trabajo físico intenso.
Podemos afirmar que no era una práctica atlética. Los āsanas eran ante todo una preparación para sentarse a meditar con el cuerpo estable y sin dolor.
En este capítulo encontramos también indicaciones sobre una dieta moderada —mitāhāra– que no se aplica exclusivamente a la comida.
Ahora la buena noticia: verso 57. Primer capítulo. Svātmārāma escribe, sin despeinarse, que después de un año de práctica uno se convierte en Siddha, un ser de poderes extraordinarios, liberado del ciclo de nacimiento y muerte.
Garantizado. Punto.
Sin master universitario, sin ningún viaje a Mysore.
Ningún influencer de bienestar con doscientas mil seguidoras ha prometido jamás algo tan concreto en tan poco tiempo. Quinientos años antes del marketing moderno, un yogui medieval ya sabía perfectamente cómo cerrar una venta.
El segundo capítulo se ocupa de la gestión del prāṇa, aliento vital, a través de prácticas–tecnología punta que no es aconsejable probar solos en casa sin la supervisión de un adulto.
El tercero explica mudrās, los gestos secretos de los grandes yoguis y yoguinīs para obtener superpoderes hasta dar envidia al director artístico de Marvel.
El cuarto y último capítulo aborda el samādhi –la disolución completa del yo en la conciencia universal–. Aquello para lo que, según el texto, los tres capítulos anteriores eran simplemente el calentamiento.
Svātmārāma lo describe con una sencillez desconcertante, como quien da instrucciones para montar un mueble de IKEA. Solo que, al terminar, ya no queda nadie para admirar el resultado.
Lo que hace especialmente fascinante a este texto es su honestidad estructural: Svātmārāma agrupó bajo el término genérico «haṭha yoga» todo lo que encontró en textos anteriores de distintos sistemas de yoga, creando una síntesis que bebía de múltiples tradiciones. No es un texto de revelación divina sino una compilación inteligente, algo que los académicos modernos valoran enormemente porque permite rastrear sus fuentes.
Pero quizás lo más revelador de la Haṭhayogapradīpikā es lo que enseña sobre el cuerpo. Svātmārāma introduce su sistema como una etapa preparatoria de purificación física para la meditación o Rāja Yoga.
Es decir: las posturas, el prāṇāyāma, los mudrās –todo ese arsenal físico que hoy llamamos yoga– no eran el destino. Eran el vehículo. La preparación del instrumento antes de la música.
En muy pocas ediciones publicadas se incluye un quinto capítulo, considerado más un apéndice del cuarto que parte original del texto, y de un contenido enormemente útil: los problemas producidos por una práctica equivocada del yoga y los remedios para su alivio.
Puede ser que Svātmārāma, en su infinita sabiduría, haya dedicado las últimas páginas de su obra maestra a lo que hoy sería la sección de preguntas frecuentes. O, en términos modernos: el capítulo que nadie lee hasta que ya es demasiado tarde.
* (A continuar próximamente la segunda parte)
Anna Constanza. Formadora de yoga y fundadora de Ashtanga Yoga Albendas, desde 2017 comparte de manera continuada estudios sobre los Yoga Sūtras de Patañjali en diversas escuelas de España, entendiendo la filosofía no como un saber abstracto, sino como una herramienta viva de discernimiento y liberación.
Su proyecto actual, Nomad Sādhana, nace como una plataforma para el estudio sistemático y encarnado de la filosofía del Sāṃkhya, los Yoga Sūtras, la Bhagavad Gītā y las Upaniṣads, desde una mirada que honra la tradición y, al mismo tiempo, la experiencia directa.
Este es su blog: https://www.ashtanga-yoga-alcobendas.es/blog
