Libros/ La eternidad y un día más, de Carlos López-Otín

2026-10-26

En este libro el reconocido científico español Carlos López-Otín nos descubre la vida de Sammy Basso, uno de los pacientes con progeria –la enfermedad que acelera el envejecimiento– más longevos del mundo y la relación de profunda amistad que construyeron. Edita: Paidós. PVP: 20,80€

eternidad

A lo largo de más de quince años de encuentros y conversaciones, el profesor López-Otín y Sammy desarrollaron una relación única en la que los papeles iniciales de maestro y discípulo acaban intercambiándose.

Este relato es un elogio a la fragilidad y la valentía de un ser afectado por una enfermedad rara y devastadora que decide aprovechar cada segundo de una existencia demasiado corta. Así, lo que empieza como una historia de lucha por la supervivencia, se transforma en una lección inolvidable en la que acompañamos a Sammy en su recorrido hasta convertirse en referente internacional en la investigación y divulgación sobre la progeria. Y lo que es más importante: nos enseña qué significa una vida con sentido.

En este libro singular que entrelaza referencias de cine, música, ciencia y literatura, el prestigioso científico Carlos López-Otín nos presenta por primera vez una obra de narrativa de no ficción humana y luminosa que nos habla sobre la enfermedad, la amistad, la educación, el amor, el conocimiento, la trascendencia y el sentido.

Una obra inspiradora y llena de sensibilidad en la que descubriremos el significado de la eternidad y un día más.

Los comentarios

«En este libro, Carlos López-Otín ahonda en aquello que mejor conoce: la vida, la enfermedad y la búsqueda de conocimiento en todas sus vibrantes paradojas. Ciencia, humanismo, delicia». Irene Vallejo.

«Este libro, escrito por un gran científico, es un conmovedor despliegue de inteligencia creadora. Una lectura que nos transmite la fuerza anfetamínica de la esperanza». José Antonio Marina.

«Es muy raro que un libro te enseñe algo y te lleve a pensar en cada página. Más raro aún que esas páginas en las que piensas y aprendes te conmuevan. Con este libro ocurre exactamente eso». Héctor Abad Faciolince.

El autor

Carlos López-Otín es uno de los científicos españoles de mayor relevancia internacional. A lo largo de su carrera de investigación ha trabajado en el Hospital Ramón y Cajal, en el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa, y en las Universidades de Lund, Nueva York, Oviedo, la Sorbona y Harvard. Su labor se ha centrado en el estudio del envejecimiento, del cáncer y de las enfermedades minoritarias.

Es miembro de la Academia Europea y de las Reales Academias de Ciencias y Medicina de España, y doctor honoris causa por varias universidades españolas y extranjeras. Ha recibido numerosas distinciones, incluyendo el Premio Nacional de Investigación Santiago Ramón y Cajal, el Premio Rey Jaime I, la medalla de oro Cajal y, recientemente, el prestigioso Premio Pensamiento Humanista. Es el científico español más citado en su campo, y su labor científica se complementa con una activa labor docente y divulgadora.

Asimismo, es autor de La levedad de las libélulas y de la Trilogía de la vida, cuyos libros se han traducido a varios idiomas.
En junio de 2025, el rey Felipe VI le concedió el título nobiliario de marqués del Castillo de Lerés por su profundo compromiso científico, educativo y social a lo largo de toda su vida.

Algunos párrrafos

«Sammy no tenía miedo a un futuro sin futuro y, con su mítica serenidad habitual, aceptaba la posibilidad de que cualquier día, en cualquier momento, su corazón se detuviera para siempre. Una vez más, la fuerza del azar dictaría su destino y mar­caría el ritmo de la felicidad, tanto la suya como la de quienes le acompañamos en esta decisión. A continuación, disfrutamos de las pizzas que nos habían preparado sus amigos, y todavía tuvi­mos tiempo para reírnos y debatir sobre si sería o no la última cena, aunque finalmente todos coincidimos en que habría mu­chas más cenas, más risas y más felicidad». p. 60

«Sammy padecía una grave enfermedad minoritaria, de las que existen más de ocho mil, y muchas de ellas, como la progeria misma, siguen siendo incurables y provocan la muerte a destiempo de miles de personas cada año. Además, los casos de enfermedades como el cáncer continúan multiplicándose y, pese a los extraordinarios avances de las últimas décadas en la curación o control de muchos tumores malignos, todavía se diagnostican muchos cánceres en los que las células egoístas, inmortales y viajeras son capaces de robar sin remedio la vida y el futuro de los pacientes oncológicos. De manera análoga, diversas enfermedades neurodegenerativas siguen sin encontrar ningún alivio y los problemas de salud mental, entre los cuales se encuentran los muchos tipos de eclipses de alma, afectan ya a más de mil millones de seres humanos».. p. 99-100

«Con sorpresa nos dimos cuenta de que solo habían pasado dos años desde entonces, pero habían ocurrido tantas cosas que Sammy, esbozando una entrañable sonrisa, reconoció que por fin había entendido el significado de mi pequeña respuesta a su gran pregunta: “¿Cuánta vida crees que me queda?”. “La eternidad y un día más”: esas fueron entonces mis palabras; pero en ese momento, apoyados en la barandilla de madera del Ponte Vecchio de Bassano, constatábamos como el reloj de arena que medía la eternidad de Sammy avanzaba a toda velocidad. Recuerdo que le dije que íbamos a seguir intentando alargar un poco más su infinito, al menos hasta cumplir el plan quinquenal, y que después ya dejaríamos que el último día más, con sus definitivos 86.400 segundos, llegara con serenidad, como un latido, como un susurro o como un suspiro, pero sin hacer arqueología del pasado ni sucumbir a la nostalgia del futuro». p. 172

«Su verdadera cuenta de resultados, la de los números de la vida, decía que había vivido veintiocho años y unos meses más; en total, 10.536 días, o 252.864 horas, o 15.171.840 minutos, o 910.310.400 segundos. Una larga vida, una larguísima vida, una eternidad y un día más. Y lo esencial es que había disfrutado plenamente de sus casi mil millones de segundos de vida y los había compartido con muchas otras personas. Había amado y había sido amado. Había querido y había sido querido. Había reído y había hecho reír. Había escuchado y había aprendido. Había enseñado y había educado. En definitiva, había vivido una vida con sentido. Por mi parte, no había ya nada más que pensar; me levanté del borde del mundo, alisé la colcha que lo cubría, salí de la habitación, cerré cuidadosamente la puerta y me despedí para siempre de Sammy Sensei, un maestro de la vida». p. 189