El malestar no es una anomalía, sino parte de la condición humana, información que merece ser escuchada. Hay cuerpos que mejoran cuando dejan de intentar ser mejores y mentes que recuperan su equilibrio cuando dejan de retorcerse para cumplir expectativas. Quizás la práctica más terapéutica no sea la que promete más luz, sino la que enseña a reconocer nuestras sombras. Escribe José Manuel Vázquez.

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Sentimos que nos falta algo, aunque no sepamos qué. A mayor exigencia, mayor desconexión; a mayor insatisfacción mayor consumo. Corremos, pero no llegamos. La industria del bienestar es un mercado emocional que cuanto más promete, más nos confronta con nuestras carencias. El yoga tradicional no ofrecía bienestar permanente. Sin embargo, paradójicamente, la lógica de mejora infinita parece resonar con ciertos discursos del yoga. Para la mayoría de nosotros, ir a clase sigue siendo sencillamente una actividad saludable donde se comparte, se practica y se vuelve a casa más ligero… y a veces no se necesita más.
¿Se ha convertido la evolución interior en una carrera sin fin? Siempre hay un retiro más profundo, una técnica superior, un yo más consciente. En una cultura atravesada por redes sociales y narrativas de éxito, se nos incita a ser una versión cada vez más atractiva y feliz de alguien que ya no reconocemos. Si el yoga se convierte en proyecto de mejora continua, la esterilla deja de ser un espacio de libertad, para ponerse al servicio de la obligación moral de ser feliz.
Hemos individualizado los problemas e invisibilizado las dinámicas sociales que los sostienen. Si sufres, trabaja en ti; si te frustras, regúlate; si algo te molesta, adáptate. No propongas que el mundo cambie, cambia tú. Nos agotamos de optimizar nuestros recursos, y cuando ya no podemos más, descansamos para continuar mañana. Así un día y otro. Hemos vivido anestesiados por capas superpuestas de aparente bienestar y confort, pero el cuerpo se queja y la mente se bloquea.
El malestar no es una anomalía sino parte de la condición humana. Es información que merece ser escuchada. Tanto es así, que hay cuerpos que mejoran cuando dejan de intentar ser mejores. Hay mentes que recuperan su equilibrio cuando dejan de retorcerse para cumplir expectativas. A veces es transformador suavizar la búsqueda, descansar y permitir que lo vivido repose. Convivir con la imperfección y gestionar la frustración es reparador. Quizás la práctica más terapéutica no sea la que promete más luz, sino la que enseña a reconocer nuestras sombras.
No hay cuerpo ni mente que aguante un crecimiento personal infinito. Tal vez el yoga se alinee más con el vacío que con la lógica del perfeccionamiento. La industria del bienestar nos ha convertido en perfiles y segmentos de información. Como si dominar la felicidad y someter la angustia fuese una cuestión técnica. La llave maestra de nuestro malestar no parece estar ahí afuera, pero nos comportamos como sí lo estuviera. La economía de la atención compite por llenar los huecos: ¿hacia dónde y con qué intención miramos? Tal vez la atención transforme lo que toca, muestre lo que llevamos dentro y por fin revele lo más sutil de la conducta.
El yoga no nos promete una vida perfecta, pero nos ofrece claridad para relacionarnos de forma realista con el deseo, el malestar y los límites de la vida. Nos recuerda que lo esencial ya estaba ahí, esperando a que dejáramos de buscar. Dejamos de vivir para empezar a mejorar. Abandonamos los placeres esenciales que nos reconciliaban con la vida. Quizás no necesitemos avanzar, sino tan solo dejar de huir.
José Manuel Vázquez Díez. Formador de profesores de yoga, psicólogo y autor de ‘Yoga Orgánico’
