Quizás el yoga esté en transición. Se han heredado muchas de sus formas tradicionales –ritual, comunidad, autoridad, valores– sin una reflexión crítica sobre el poder que esas formas conllevan. Algunos aspectos de la práctica se han sacralizado sin haber sido del todo comprendidos. Se ha construido una identidad espiritual que durante un tiempo resultó atractiva, cohesionadora y no siempre real, pero de la que ahora empieza a ser difícil prescindir. Escribe José Manuel Vázquez.
(Ver primera entrega, segunda, tercera, cuarta, quinta)
En el imaginario contemporáneo el yoga ha adquirido una presencia estética muy reconocible. Se consumen imágenes de serenidad, equilibrio y autenticidad que no siempre reflejan la complejidad de la experiencia interior. Ser consciente se ha vuelto visualmente deseable, cuando en realidad es uno de los procesos más áridos que una persona puede atravesar. La consciencia rara vez es cómoda. A menudo obliga a revisar certezas, reconocer incoherencias y sostener preguntas para las que no siempre hay respuestas inmediatas.
En este contexto, la espiritualidad corre el riesgo de convertirse en un adjetivo de valor o una identidad visual de marca. Las consignas de empoderamiento se repiten con facilidad y los relatos de superación personal circulan con rapidez. Sin embargo, cuando la experiencia se simplifica demasiado, la disciplina del yoga puede quedar reducida a superficies pulidas sin apenas contradicciones en las que profundizar y madurar.
Algo parecido ocurre con el lenguaje terapéutico que ha ido incorporándose al discurso del yoga contemporáneo. Validar el sufrimiento y reconocer las heridas puede ser profundamente reparador, pero no todo malestar se explica por trauma ni toda experiencia intensa conduce necesariamente a una transformación. Hay proceso que requiere tiempo, paciencia y una elaboración lenta: bienes escasos.
En una cultura acostumbrada a resultados rápidos. Si bien es cierto que regular el sistema nervioso es un paso previo para llegar a entender y a metabolizar lo que nos ocurre; comprender no justifica y la práctica sana ha de asumir cierto impacto y limitación. Alinearse alivia, pero también reta.
El yoga ha dejado de ser un fenómeno marginal procedente de la India para convertirse en una práctica global que circula por contextos culturales muy distintos. En ese recorrido se han multiplicado sus interpretaciones: práctica física, disciplina contemplativa, herramienta terapéutica, etc. No siempre es fácil reconocer un núcleo común entre todas ellas, aunque lo haya. Esta diversidad puede interpretarse como fragmentación, pero también como un proceso de adaptación inevitable.
Tradición y modernidad, vocación y mercado, práctica corporal y exploración existencial conviven hoy en una tensión que aún no ha terminado de resolverse. El yoga, por su complejidad y profundidad original, parece haber encontrado muchos contextos donde integrarse y ser útil. Esto puede ser una ventaja, pero también un inconveniente.
Tal vez por ello, puede ser prematuro hablar de declive, sino más bien de reajuste necesario. Las tradiciones vivas rara vez permanecen intactas cuando atraviesan fronteras culturales. Se reinterpretan, se discuten y se transforman en un proceso abierto cuyo desenlace, en el caso del yoga, todavía desconocemos.
José Manuel Vázquez Díez. Formador de profesores de yoga, psicólogo y autor de ‘Yoga Orgánico’.

