Repensar el yoga (3): El yoga como espacio seguro

2026-03-23

Se suele describir el yoga como un espacio seguro, pero es normal sentirse inseguro al probar nuevas formas de relacionarnos con el cuerpo, la mente y las emociones. La responsabilidad sobre nuestra integridad física y mental no desaparece al entrar en la sala. Un espacio seguro respeta el propio límite, por encima de la presión grupal o el deseo de pertenencia. Escribe José Manuel Vázquez.

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Imagen generada con IA

(Ver primera entrega y segunda entrega)

Tal vez convenga preguntarnos qué significa exactamente describir el yoga como un espacio seguro. En mallas o pantalón corto bajamos la guardia. Nos exponemos a todo tipo de ideas sobre nosotros, nuestros cuerpos y nuestra forma de ser, hacer o de relacionarnos. Encontrar un lugar donde poder mostrarse sin sentir rechazo o autocrítica es excepcional.

Convivir con la inseguridad, proteger el derecho a sentirse vulnerable y delimitar nuestras fronteras es saludable. Construir relaciones seguras en un espacio grupal es delicado y laborioso.

Que el otro no me entienda es habitual. Creer que entiendo al otro cuando apenas entiendo lo que me quiere decir es muy común. Pretender que el instructor sepa quién soy con una mirada y me sepa guiar es poco frecuente. El profesor hace lo que puede y en ocasiones se siente sobreexigido por las expectativas depositadas en él. La imagen del maestro infalible nos ha hecho daño a profesores y a alumnos. Aceptar errores humaniza expectativas, sanea creencias e ilumina el camino. Entender las debilidades ajenas y reconocernos en ellas, conduce a una aceptación radical de la condición humana. Somos estructuralmente imperfectos. Hay mucho esfuerzo invisibilizado detrás de nuestras victorias y fracasos.

¿Cómo puedo practicar de forma segura?

Hacer yoga no garantiza coherencia ni madurez. La ejecución de ejercicios “avanzados” no presupone una psique integrada. Una práctica continua no siempre asegura evolución moral ni transformación de patrones arraigados. La repetición de consignas aprendidas no tiene por qué ser liberadora. Existen asimetrías inevitables en cualquier espacio de enseñanza: alguien propone y alguien sigue, acepta o explora. Reconocerlo previene que se activen dinámicas de idealización y sumisión. Confiar en el criterio ajeno cuando contradice el propio puede ser imprudente. El profesor influye, el alumno confía y el grupo moldea.

Los practicantes estamos llamados a madurar. Aprendemos, a veces después de varios intentos, lo que nos sienta bien y lo que no. Hoy llamamos yoga a muchas cosas. Podemos probar y luego decidir. Toda experiencia deja huella y supone cierto riesgo. Es normal sentirse inseguro al probar nuevas formas de relacionarnos con el cuerpo, la mente y las emociones. La responsabilidad sobre nuestra integridad física y mental no desaparece al entrar en la sala. Un espacio seguro respeta el propio límite, por encima de la presión grupal o el deseo de pertenencia. La incomodidad ha de poder identificarse sin miedo a represalias, ridiculización o exclusión simbólica del grupo. Tendríamos que poder atravesarla sin perder dignidad ni autonomía; pero a veces no sucede.

Es cierto que muchas personas hemos encontrado en el yoga un espacio de reparación y reencuentro. Sin embargo, para que este espacio sea verdaderamente seguro debe poder alojar desacuerdos, límites y conversaciones incómodas; debe proteger las diferencias entre quienes practicamos yoga.

Es muy recomendable humanizar la disciplina y a sus representantes, responsabilizarnos de nuestros actos y omisiones. Nos sentimos seguros cuando las diferencias pueden ser expresadas, cuando sentimos que son abrazadas con respeto y reflexión. No es un espacio seguro aquel que minimiza el desacuerdo sino el que permite sostenerlo sin humillar, silenciar o someter.

Quizás el yoga no tenga que prometer protección absoluta, sino una práctica compartida comprometida con el aprendizaje. Explorar nuestros límites vulnerables requiere supervisión, consciencia y respeto. Quizás la clave de un espacio seguro no esté en su aparente calma, sino en la ética que lo sostiene.

José Manuel Vázquez Díez. Formador de profesores de yoga, psicólogo y autor de “Yoga Orgánico”, “Los valores terapéuticos del yoga” y “Manual de Yoga Integral para occidentales”.