Pocas cosas son hoy tan necesarias como recuperar la cordura, la empatía y al menos una pizca de humanidad hacia el otro. Sobre todo quienes tienen tanto poder en sus manos y no dudan en sembrar dolor, sufrimiento y destrucción por donde pasan. Escribe Alejandro Torrealba.

Alguien dijo una vez: «Si no haces de tu vida algo realmente bueno, bello, digno y valioso —para ti y para los demás—, tu nacimiento solo habrá servido para causar dolor a tu madre en el momento del parto.»
Pobres desgraciados, de trágica ceguera, quienes se creen los poderosos del mundo, cuando su poder sin ética ni conciencia destruye la humanidad compartida.
Y peor aún quienes los alientan y justifican. También ellos participan en sus fechorías. También tienen su parte quienes guardan silencio y miran hacia otro lado. Se pierden moralmente.
El verdadero problema suele ser siempre el mismo: la mente humana cuando pierde la cordura, la compasión, la honorabilidad, la decencia y el sentido de la interdependencia.
Todo acto tiene consecuencias. Nadie escapa a ellas. Antes o después cada ser humano se encuentra a solas con su propia conciencia.
Y en ese momento final, cuando el poder y las excusas ya no sirven de nada, solo queda la verdad de la propia vida: si sembramos sufrimiento o si supimos, al menos en alguna medida, aliviarlo.
Porque el verdadero poder no consiste en dominar el mundo, sino en no traicionar nuestra humanidad.
Execrables son las guerras.
Execrables sus causas, quienes las preparan, quienes las alientan y quienes se enriquecen con ellas.
Cuando se decide callar
A lo largo de la historia, demasiadas veces la guerra ha sido presentada como destino inevitable, como cruzada redentora o como defensa de una causa sagrada. Pero detrás de esas palabras solemnes suele ocultarse la misma realidad: destrucción, muerte, desarraigo y sufrimiento para millones de seres humanos.
Execrables quienes creen poder precipitar un Armagedón que confirme sus delirios mesiánicos.
Execrables también quienes se consideran un pueblo elegido y olvidan la memoria de su propia persecución, mientras ahora masacran a otros como si la dignidad humana no fuera indivisible.
Execrables quienes, en nombre de un supuesto destino manifiesto o de intereses geopolíticos disfrazados de moral, están dispuestos a incendiar el mundo para imponer su voluntad.
Pero no lo son menos quienes, pudiendo hablar, deciden callar.
Quienes, pudiendo ver, prefieren mirar hacia otro lado.
Quienes, pudiendo actuar, se refugian en la comodidad de la indiferencia o en una supuesta equidistancia.
Porque el silencio ante la injusticia no es neutral. Es complicidad.
Podemos no ser indiferentes.
Podemos no ser ciegos, ni sordos, ni mudos.
Podemos ver el sufrimiento de las víctimas y escuchar su clamor.
Cada guerra deja tras de sí ciudades destruidas, familias rotas, generaciones traumatizadas y una humanidad moralmente más empobrecida.
La guerra de agresión y la violación del Derecho Internacional no son actos de grandeza histórica. Son formas de barbarie.
Cuando el derecho es pisoteado y la fuerza sustituye a la ley, lo que se abre no es un nuevo orden: es la puerta a la destrucción.
Ante la barbarie, el silencio también compromete.
Una cohorte de vasallos, colaboradores y cómplices necesarios actúa hoy como si viviera en una realidad paralela. Pero sus decisiones afectan a todos.
Aunque queramos ignorarlo, lo vemos.
Y aunque queramos negarlo, lo sabemos.
Estamos asistiendo a una quiebra profunda de valores cuando se afirma que el derecho internacional ya no importa.
Ante esta situación, el silencio no es neutral. También compromete.
Una espiritualidad pasiva y silente ante el genocidio, la guerra y la violación del derecho internacional y con ello los derechos humanos, no puede pretender ser referencia para una humanidad que busca orientación.
El desarrollo espiritual no puede reducirse a refugio privado mientras el sufrimiento se multiplica en el mundo. La compasión auténtica exige lucidez, palabra y responsabilidad. Hoy significa también defender la dignidad del otro y proteger la vida.
Las sociedades no se destruyen solo por la crueldad de quienes actúan, sino también por el silencio de quienes miran hacia otro lado. Por eso la caída de la máscara es un momento decisivo. Nos obliga a ver. Y ver implica responsabilidad.
Toda vida posee una dignidad que no puede ser negociada. Cuando esa dignidad se pisotea en nombre del poder o de cualquier ideología, lo que se erosiona no es solo la política. Es el fundamento mismo de nuestra humanidad compartida.
La barbarie no comienza con los grandes crímenes. Comienza con pequeñas justificaciones. Con discursos que convierten al otro en enemigo. Con líderes que descubren que el odio también puede movilizar multitudes.
Cuando cae la máscara, no nace el monstruo. Se revela.
Y entonces, como en el momento actual, ya no podemos decir que no sabíamos quién estaba delante de nosotros.
Por eso debemos alzar la voz y decir con claridad: no en nuestro nombre, y ponernos en marcha.
Alejandro Torrealba Dharmamitra
