Tras la publicación del artículo anterior sobre el “caso Jivamukti” han sido muy numerosos los testimonios que nos han llegado. Hoy publicamos una selección de los mismos. Damos gracias muy sinceras a todos los que fueron capaces de romper el silencio malsanamente confortable que rodea los abusos en el yoga.
Agradecemos a la mayoría de nuestros informantes el coraje y la solidaridad que han mostrado para refrendar o ampliar el contenido que se aportaba en el primer artículo, pero también a aquellos que se han atrevido a opinar en contra de que se expongan los casos de abusos y malas prácticas, pues han roto al menos la dinámica del silencio.
Hay quienes entendemos que informar y dar a conocer, lo más objetivamente posible, los hechos que suceden en un lugar donde se imparten clases de yoga es parte de nuestro ejercicio de responsabilidad. Nuestras fuentes son los testimonios de esas personas que se han considerado perjudicadas por abusos de poder y métodos que contradicen, tergiversan y confunden el sentido del yoga y sus valores. Y a ambos, a las víctimas y a la enseñanza del yoga, creemos que hay que escuchar y apoyar.
Es frecuente que quienes son partidarios del silencio argumenten que hace mucho que el yoga está hipercomercializado, y que esto es lo que nos toca vivir hoy. Y estamos de acuerdo, pero con matices… Defendemos que el coste de la enseñanza del yoga se valore dignamente para quien paga y para quien cobra. El coste medio de una clase de yoga en España es de los más bajos de Europa, y si tomamos en cuenta los bonos de descuento, el lowcost de los macrogimnasios y las tarifas subvencionadas de los centros públicos, raya ya en lo insoportable para que los instructores puedan vivir sin arruinarse ni machacarse físicamente. En cuanto a la formación profesional, que requiere (normalmente) muchas horas anuales de docencia y muchos medios materiales y humanos, entra dentro de la coherencia que las escuelas privadas cobren lo que entiendan que valen sus programas anuales.
Pero una cosa es ganarse la vida dignamente con el yoga, a lo que todo buen enseñante debe aspirar legítimamente, y otra, en el extremo opuesto, que haya escuelas que prioricen el lucro basándose en una pirámide de tarifas excluyentes y abusivas. Y a eso nos referimos cuando hablamos de elitismo, de clasismo, de esnobismo y vanidad en el yoga.
Los testimonios
Juan (nombre figurado) ha sido un antiguo alumno de Jivamukti que prefiere quedar en el anonimato por temor a las represalias en un mundo en el que “al final, todos nos conocemos”. (Este es, por cierto, un rasgo típico del carácter sectario de las escuelas elitistas: generar miedo a las represalias de los disidentes).
Juan llegó a las clases de Jivamukti en Madrid no hace mucho tiempo. Se considera personalmente observador y analítico, y por eso se siente capaz de relatarnos su experiencia sobre lo que más le llamó la atención de lo que vivió allí.
Dogmatismo y sensación de distanciamiento: “Lo dejé porque no me sentía cómodo ni acogido, sino más bien presionado en mis elecciones personales para adoptar un estilo de vida, hábitos (como el veganismo estricto) y creencias que no siempre compartía. Los profesores se situaban en un plano superior. No me gustaba que me dieran lecciones morales desde arriba: esto es así porque lo dicen nuestros maestros. Juan resume muy bien la presión que se hacía sentir en el ambiente: “Si quieres estar aquí, tienes que ser así”.
Incoherencia. “Sentía que allí se daba una desconexión que me chocaba: por un lado se hablaba mucho de ciertos principios, como la compasión o el amor a los animales, pero luego no veías que eso se tradujera realmente en amor a las personas, en defensa de valores humanos como la inclusión, la escucha, la solidaridad entre personas, la justicia social…”.
Sentimiento de exclusión y abuso económico. «Te sientes juzgado, etiquetado, si no respondes a sus expectativas; si no estás en perfecta forma física para cumplir con sus exigencias, que rayan en lo circense, o si no tienes un inglés perfecto, que es usado incluso en eventos y talleres. Y nadie se preocupa en ayudarte, pese a que has pagado por estar allí”. Pero donde es más evidente esa no inclusión es en lo económico: “La formación no es para todo el mundo, los precios son abusivos”.
Y piramidales: para cursar la introducción a su método de 75 horas es condición hacer diez clases de “Guerrero espiritual” en los últimos seis meses. Y a su vez, este curso de introducción de 75 horas, que cuesta 1.750 euros (más los cinco libros escritos por los fundadores, de obligada compra), es indispensable para pasar a la formación de 300 horas, que equivale a un desembolso de entre 3.000 y 6.000 euros en España.
Hoy Juan, felizmente fuera de ese mundo, da clases de yoga en centros cívicos de ayuntamientos donde acuden personas de todas las edades y condiciones, y dice que es donde más ha aprendido lo que es realmente el yoga: “Es inclusión, austeridad, humanismo y cuidado”. Cuando algunos alumnos le trasladan su inquietud: ¿Crees que podré hacer esas posturas?, él se complace dando la respuesta de Krishnamacharya que tanto le hizo amar lo que enseña: ‘Si puedes respirar, puedes hacer yoga’.
Otros comentarios que nos han hecho llegar
Una profesora de yoga que se formó en la escuela de Jivamukti en Rusia y ahora reside en España nos ha enviado un testimonio en el que confiesa, entre otras cosas:
“¿Es ético cobrar por un mes de formación en la India más de 9.000 dólares, sin incluir billete de avión, para una formación de sólo 300 horas? Dicen sus formadores que hay que ‘sacrificarse’ para ver si uno lo quiere realmente… He visto a compañeras que hicieron toda la formación conmigo endeudarse y arruinarse económicamente y teniendo hijos. Algunas nos marchamos, pero yo tuve que ir a terapia durante meses para recuperarme.
Mi experiencia de profesora de varios años me llevó a la conclusión de que son un grupo esnob, no son austeros sino elitistas, y buscan rodearse de gente de dinero (modelos, actrices famosas, artistas de renombre, cantantes conocidos…). No les interesa quienes no tienen recursos ni los lugares humildes, no se quieren mezclar. Ahí entendí su doble moral.
Excluyen a la mayoría de los practicantes con recursos medios y bajos. Pretenden sutilmente mostrar el poder de las élites, de los elegidos. Y te presionan para que te esfuerces en pagar lo impensable mientras te hablan de compasión, de ahimsa y de nutrición vegana”.
El deber ético de escuchar e informar
Otros participantes en esta serie de artículos sobre el elitismo en el yoga también han querido hablar con YogaenRed porque sienten que este tipo de escuelas están atrayendo a personas que desconocen con lo que se van a encontrar, y no todas tienen recursos psicológicos para captar que, detrás de esa fachada de espiritualidad glamurosa, «hay sesgos y exclusiones propias de una ideología clasista, capitalista y supremacista, enmascarada por un supuesto activismo de postureo».
“Me atrajo la filosofía de no violencia y compasión, pero luego comprobé que la práctica se volvió un estilo de vida obligatorio: si no eras vegano o no participabas en acciones extracurriculares, te miraban diferente”, escribió una exalumna en una conversación de yoguis en redes sociales.
“Al principio todo es muy bonito, espiritual y profundo, pero al final te das cuenta de que el compromiso se traduce en dinero y tiempo: si no sigues pagando por cursos, retiros, formaciones, empiezan a dejarte fuera de la comunidad”, contaba una antigua alumna en un hilo anónimo de discusión sobre yoga y sectarismo.
Otro testimonio reciente nos describe su experiencia en otra escuela elitista:
“Por desgracia, he vivido el estar en un grupo con esas mismas características. Afortunadamente, como soy una persona muy curiosa, he investigado y he ampliado mis conocimientos por otros lados, y eso me ha llevado a darme cuenta de la toxicidad envolvente a la que te arrastran. Detrás había (y sigue habiendo) una persona con claros rasgos de personalidad narcisista, con una locuacidad capaz de formar una red clientelar de alumnos que forman una guardia que ataca a todo aquel que piense diferente, que no le cuadren las cosas o que simplemente disienta.
La manipulación siempre consistía en tergiversar, a beneficio del líder carismático, todas las enseñanzas milenarias, y a veces se usaba la burda excusa de que ‘tu mente está oscurecida’. A mí me hizo mucho daño, de hecho, me causó una huella tan profunda que a día de hoy me sigue afectando, cada vez menos, eso sí… Me di cuenta relativamente pronto; no me quiero imaginar el daño causado si no fuese así. Mi recomendación: si algo no os cuadra, salid pitando”.
Nota→ En el próximo artículo abordaremos el incómodo tema del silencio que rodea y sustenta las dinámicas de culto y a sus “líderes carismáticos”. Y también analizaremos el porqué de la tendencia que hay en el sector a ignorar a las víctimas de abusos y a atacar a quienes lo denuncian.
Redacción de YogaenRed

