Del ballet al yoga, un viaje hacia la calma en la adultez

2026-01-07

Escuchar el cuerpo después de una vida de danza clásica llevó a la autora de este hermoso artículo hasta el camino del yoga, donde permanece: «Siento que el yoga ha llegado a mi vida como una nueva etapa, como una sabiduría tan inmensa y bella que no puedo más que sentirme profundamente agradecida». Escribe Carolina de Pedro.

Rita Poelvoorde-Carolina de pedro

Rita Poelvoorde, bailarina, en su clase de yoga Iyengar. Carolina de Pedro, en su sala de ballet y yoga, en Barcelona.

«Se entra en una sala de danza como se entra en un templo». Maurice Béjart *

Hace muchos años atrás, en 2017, leí en una revista que una bailarina a la que siempre admiré, Rita Poelvoorde, del ya inexistente Ballet del Siglo XX, de Maurice Béjart (1927–2007), a raíz de una lesión en su cuerpo había dejado definitivamente el ballet clásico y la danza para dedicarse al yoga.

Ya en 1981, Rita Poelvoorde había conocido a B. K. S. Iyengar (1918–2014) y comenzó a estudiar con él. A partir de esa experiencia, tan rica y transformadora, introdujo el yoga Iyengar en la escuela de danza Mudra, a petición del coreógrafo Maurice Béjart, y más tarde abrió un Centro de Yoga Iyengar en Bruselas, que en la actualidad sigue activo.

No solo comenzó a dar clases a bailarines lesionados, sino también a todas las personas interesadas en esta disciplina, desde la perspectiva y las enseñanzas de B. K. S. Iyengar.

La noticia me impactó tanto que la recordé siempre, por dos razones.

La primera, porque una bailarina tan maravillosa como ella se dedicara al yoga significaba que el yoga tenía que ser tan bueno –o incluso más– que la danza clásica, y tan bello, en esencia y contenido, como la danza, para tomar una decisión así.

La segunda, porque comprendí que el yoga era, para el cuerpo de un bailarín profesional, un auténtico bálsamo de salud. En aquel momento, para mí fue un verdadero descubrimiento.

Fue así que, un verano, al finalizar mis cursos de ballet en agosto, me apunté a unas clases de yoga en Barcelona. Las clases resultaron buenísimas y la profesora me gustó mucho por su manera de estar: fuerte, presente, clara.

Después de aquel verano, empecé a ir a clases de yoga cuando el tiempo y el cuerpo me lo permitían, pero siempre desde una cierta periferia. No lo sentía ni lo entendía en profundidad. Practicaba, sí, pero sin entregarme del todo, como quien se acerca a algo que intuye importante, aunque todavía no logra comprenderlo. Para mí, entonces, el yoga no era mucho más que una clase de estiramientos con un trasfondo espiritual.

Pasaron los años y, con la edad, mi cuerpo –cansado, honestamente, de tanto ballet (con 56 años recién cumplidos, se alcanzan ya casi 50 años de profesión)– empezó a pedir otra cosa.

Mi cuerpo me fue confirmando que necesitaba la calma del estiramiento profundo, la presencia acompañada de silencio, el ejercicio físico realizado desde otra conciencia y sin la exigencia de la perfección, sino desde la escucha, la curación y el respeto por los tiempos reales del cuerpo.

Lo que terminó de dar el gran golpe fue la mente.

La experiencia de la quietud del pensamiento, no como ausencia sino como algo muy concreto: sin ideas, solo sintiendo los ajustes en cada postura. Poco a poco, ese silencio fue abriendo el camino hacia la emoción. Los recuerdos, las lágrimas. Un proceso lento y profundo, en el que empecé a soltar cosas tristes de mi vida y, al mismo tiempo, a agradecer otras.

La transformación que empezó a hacer el yoga en mí fue tan intensa que todo lo demás vino solo: la filosofía y su historia, las enseñanzas de varios maestros a través de los libros, la escucha atenta de los textos y, finalmente, mi simple esterilla, ese lugar pequeño y tan íntimo, en el que me entrego a un trabajo muy potente y del que, muchas veces, salgo distinta.

Al igual que Maurice Béjart con su frase «Se entra en una sala de danza como se entra en un templo», tomo esa esencia cada vez que entro en mi clase de yoga: con entrega, respeto y sin expectativas, siempre atenta y consciente de que el yoga, lejos de ser la práctica deportiva vacía que se ha propagado desde hace tiempo, es una filosofía viva y un camino de experiencia.

Aunque pienso que quizá –no lo sé– nunca dejaré el ballet ni la danza, siento que el yoga ha llegado a mi vida como una nueva etapa, como una sabiduría tan inmensa y bella que no puedo más que sentirme profundamente agradecida.
Y eso, ahora, es suficiente.

* La cita inicial pertenece a Maurice Béjart, Cartas a un joven bailarín, Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2005, p. 28.

Carolina de Pedro (Buenos Aires, 1969), exbailarina clásica profesional, vive en Barcelona desde 2001 y se dedica a la enseñanza del ballet clásico y la danza para personas adultas desde 2003. Es editora de la web Danza Ballet y, en 2025, ha creado Nataraja Yoga Danza, un espacio dedicado a la práctica del yoga y la danza libre para mujeres adultas. Es astróloga y editora de EsotéricaBlog.