Entrevista con Ramiro Calle: «Mi vida ha sido siempre Shadak»

Tenía Ramiro 27 años cuando por primera vez subió las escaleras hasta la sede de su centro de yoga Shadak, como contaba en un reciente artículo. Ahora, 50 años más tarde y miles de personas que han conocido el yoga gracias él, este infatigable maestro del yoga sigue subiéndolas cada día para dar clases de meditación. Es una entrevista Yogaenred.

En YogaenRed agradecemos mucho que Ramiro atienda siempre con enorme diligencia y ante todo entrañable amistad nuestras preguntas acerca de lo que ha cambiado y lo que no en el yoga en este medio siglo, visto a través de su privilegiado puesto de observación y núcleo de vida, Shadak.

Pregunta: Ramiro, ¿cuál dirías que es la clave del éxito mantenido de Shadak a lo largo de 50 años, sobre todo en estos últimos años en que han abierto gran cantidad de centros y escuelas de yoga de todo tipo?

R: Dado que cuando Almudena Hauríe y yo abrimos Shadak, yo tenía ya varios libros publicado, fue más fácil conseguir alumnos. Pero además en esa época, como el yoga era muy novedoso y desconocido, empezaron llamarme muchos medios para que les hablase de esta milenaria disciplina.

Los primeros dos años fueron más difíciles, pero al término de los mismos ya teníamos ochenta alumnos. Alrededor de 1980 el interés o la curiosidad eran tan grandes que en un solo día me entrevistaron tres veces para TVE. Empecé a dar conferencias en colegios mayores y a ser entrevistado muy a menudo por la radio.

Durante cuatro años solo dábamos las clases Almudena y yo, muchas horas diarias, de diez de la mañana a diez de la noche. Alrededor de los años ochenta y hasta los noventa y algo, Shadak estaba a rebosar. Llegamos a tener casi casi mil alumnos, la cola a principio de curso llegaba hasta la calle y si uno no se apuntaba en septiembre ya no podía entrar por falta de plaza, hasta mayo.

Fueron años muy intensos y hacíamos muchas actividades, además de las clases, los fines de semana, pero siempre relacionadas con el yoga y la psicología oriental. Investigamos mucho y me sometí a las primera pruebas médico-yóguicas que se realizaban en España.

Desde el primer momento nos empeñamos en impartir los genuinos hatha-yoga y radja-yoga. En estos cincuenta años nunca hemos impartido otros yogas, si bien en las clases de radja-yoga se incluye el estudio y métodos de todos los yogas tradicionales.  Aunque se han abierto muchos centros incluso alrededor del nuestro, nosotros hemos seguido siempre fieles a nuestra linea. Han pasado más de medio millón de practicantes, y a veces se unen en clase abuelos, hijos y nietos.

Hemos creado un caldo de cultivo yóguico que la gente ha sabido valorar. Somos cuatro profesores y dos suplentes. Nunca nos hemos desviado o traicionado el espíritu del yoga. He cuidado Shadak como a un hijo, y hay mucha seriedad y disciplina, y eso la gente lo valora mucho, porque aunque somos rigurosos, saben que eso va en beneficio de todos. No se puede entrar tarde a clase, ni salir antes, hay que observar un hermético silencio, y una serie de inevitables normas que se aprecian mucho, porque un centro de yoga lo exige. La seriedad de los profesores y su profesionalidad siempre han estado presentes. Yo solo formo a mi profesores, no me dedico a la formación.  ´

P: Hablando de la historia de Shadak, ¿puedes contarnos dos momentos que hayan marcado tu memoria, el mejor y el peor, de estos 50 años?

R: Cada día que voy a Shadak es una fiesta; mi vida ha sido principalmente Shadak. Todos los días son un gran momento. El peor momento fue que durante la dictadura pensábamos que un día pudieran cerrarnos el centro, sobre todo por no limitarnos a ejercicio físico y ya está. Mis libros tenían muchos problemas con la censura. Pero puntualmente recuerdo con mucha alegría cuando mis padres vinieron a practicar conmigo; eran quienes habían hecho posible el proyecto de Shadak. Momentos muy dolorosos fueron cuando tras la muerte de mis padres o de mi hermano Miguel Ángel tuve que dar mis clases, pero la esencia de ellos está siempre impregnando Shadak.

Dias durísimos fueron también cuando cogí la bacteria llamada listeria y estaba tan mal (porque no descubrían qué era) que daba las clases cayéndome y con los ojos cerrados. Y el recuerdo inolvidable de Pepa Castro visitándome en el hospital después de salir de la UCI contra todo pronóstico.

P: ¿Cuál es el principal motor que te hace dejar tu hogar cada día para emprender el camino de Shadak como desde hace medio siglo?

R: Difundir, enseñar, velar por la genuina Enseñanza, atender a los que requieren métodos para mejorarse y humanizarse, estar al lado de mis grandes amigos espirituales: los alumnos. Hay que tener en cuenta que, de mis 77 años, 50 han estado estrechamente conectados con Shadak. Cientos de domingo, al no haber clases, también me he ido allí a meditar y practicar. Allí están los libros que más me han inspirado y ayudado, y esas dos salas por las que han pasado lamas, yoguis, swamis, especialistas del cerebro, viajeros incansables por Asia, monjes budistas y tantas personas relacionadas con el universo del espíritu.

P: La pandemia, que tantas escuelas ha cerrado, también habrá interferido en la marcha del centro. ¿Con qué espíritu has afrontado esta profunda crisis y qué aconsejarías a los profesores y profesoras de yoga que están padeciendo la situación?

R: Tuvimos, sí, que cerrar a mediados de marzo, pero ya estamos presencialmente, con todas las restricciones exigidas, desde el 8 de junio, y ni un solo día entre semana hemos dejado de dar clases a lo largo de toda la tarde. Tengo 77 años, se me considera de alto riesgo, pero ponemos todas las medidas. Lo presencial es lo presencial. Sí, queridas Pepa y Jimena, muchos centros de yoga se han resentido (incluso varios de amigas mías y que son fenomenales profesoras) y otros han cerrado.

Hay que convertir las dificultades en aliados para el despertar de la consciencia y desarrollar una actitud basada en la paciencia y sobre todo en la ecuanimidad o firmeza de mente, sabiendo que todo viene y todo parte. El yoga nos enseña a relativizar, por difícil que sea la situación. Yo me siento muy afortunado, porque ya no trabajo más que por amor al trabajo, como dice el karma-yoga, y tengo mi vida resuelta y podría haberme jubilado hace doce años; pero lo siento infinito por los profesores que han puesto toda su motivación en abrir un pequeño centro y han tenido que cerrarlo. Que no desfallezcan. Como dice el antiguo adagio indio, aun en la nube más oscura hay un rayo de luz.

P: Nunca has querido abrir otros centros, y seguro que has tenido oportunidades muy tentadoras. ¿Cuál quisieras que fuera el futuro de Shadak?

R: Al haber contado con más de medio millón de alumnos, han pasado por Shadak algunos grandes magnates que me han hecho toda clase de proposiciones, entre otras franquiciar Shadak, abrir macrocentros de yoga, incluso abrir un sanatorio de yoga para trastornos cardiacos, poner espacios de yoga en las estaciones de tren, avalar centros de yoga en otras ciudades e incluso ha habido organizaciones que ladinamente me han enviado «cazatalentos» para convencerme y tentarme con propuestas muy diversas.

En otras cosas, como humano soy tentable, pero en esta nunca lo he sido. Si he tenido solo un centro de yoga, con dos salas para la práctica, ha sido para cuidarlo al máximo y no convertirme en un ejecutivo al respecto, estresado de aquí para allá. Incluso me ofrecieron abrir todo un edificio para yoga y actividades orientalistas. Yo no he querido crecer en esa dirección. Tengo mis libros, mis talleres y conferencias, pero el núcleo del núcleo es Shadak.

Por decisión propia no he querido tener hijos. ¿Qué será de Shadak? No lo sé, lo que el destino, el karma o la ley del accidente, decidan. Me han ofrecido hacer fundaciones, y me he negado. Un día, antes o después, cerrará Shadak. Todo es impermanente. Me ha hecho muy feliz pero también me ha hecho sufrir en no pocas ocasiones. Luisa es una gran profesora de yoga y conoce todos los entresijos de Shadak, pero prefiere ser libre si yo abandono Shadak o dejo ya de ser un paseante por este planeta. También Almudena optó por la libertad y no se encadenó a Shadak cuando yo estaba a punto de morir y con su gran preparación pudo sustituirme dando clases, pero ya estuve en Shadak más de dos décadas.

Un centro de yoga es una agridulce atadura. Shadak trasciende el espacio físico. Os contaré una anécdota: a veces llega gente y pregunta: «¿Sigue vivo el profesor Calle?».

Lo importante es la Enseñanza y personas honestas y motivadas para impartirla y que sean capaces de. contrarrestar a los mercenarios del espíritu.

Ramiro Calle está en Facebook: https://www.facebook.com/yogaramirocalle/
e Instagram: https://instagram.com/ramirocalleoficial?igshid=1kzpb9httk7fp

Documentales: Viaje a los adentros y El Ramiro más íntimo

Otros artículos sobre ,
Por • 21 Dic, 2020 • Sección: Entrevista, Firmas, Ramiro Calle