En defensa de una espiritualidad libre

La experiencia de la espiritualidad es algo muy íntimo, delicado e intrasferible, y por eso mismo cualquier tipo de expresión de la misma debería respetarse, como los caminos elegidos (o no) para canalizarla y cultivarla. Con una única condición: la honestidad. Escribe Pepa Castro.

Imagen de Tracy Wu en Pixabay

El escritor John Updike describió la imagen de arriba como “Puntuación para una oración invisible”

Modestamente pienso que ya estamos mayores para discusiones bizantinas. Quien más quien menos, cada cual ya tiene sus ideas sobre la existencia o no de Dios, la trascendencia, la fe religiosa, la racionalidad, el alma, las ciencias o las supersticiones. Y, sobre todo, lo que cada cual va teniendo más claro a lo largo de su vida es dónde se sitúa ante estas cuestiones.

Hoy hablo de espiritualidad desde mi propia vivencia, y es que creo que no se puede hacer de otro modo. Me resulta evidente que no existe una espiritualidad “universal, única y verdadera”, sino que cada ser humano tiene una concepción distinta de lo que llamamos espíritu (más allá de las discusiones sobre lo ontológico o de dónde emane), y lo vive, siente y expresa a su modo.

El vuelo del espíritu puede expresarse como sentimiento de plenitud, de simplicidad, de unidad, de silencio, de gozo, de eternidad, de serenidad, de amor, de aceptación, de paz infinita, de admiración, de comunión con todo, de disolución del yo… Y dependiendo del ánimo, la sensibilidad y/o las convicciones de cada uno, esos sentimientos pueden llegar desencadenados por las variadísimas vivencias que nos ofrecen la relación con los demás, con la belleza, la naturaleza, la música, el arte, la mitología, la meditación, lo desconocido, el amor, la oración, los misterios de vida misma, y también el dolor, la tragedia, la muerte.

Si ustedes me preguntan por mis vuelos espirituales y mi idea de la trascendencia, les confesaría que se mueven a una altura modesta. Estoy más o menos ahí donde Agustín Pániker lo situó muy bien a lo largo de un memorable artículo publicado en El País titulado ‘Sociedad laica y trascendencia’: “Para mí, la mística arranca de la capacidad de vivir aquí y ahora, de trascender el tiempo, de volcarse en algo que a uno le importe más que sí mismo, de sentir el mundo como la prolongación del propio cuerpo, y, en el límite, de vislumbrar la no-dualidad originaria previa a cualquier concepto”.

Espiritualidad laica

Con frecuencia, al hablar de espiritualidad de inmediato lo asociamos al hecho religioso. Sin embargo, en siglo XXI van ganando espacio un sentido de la espiritualidad despojado de ritos, mitos y leyendas, más abierto y libertario, y probablemente más auténtico y humilde, por espontáneo y terrenal. Sí, terrenal, en sentido de concebido en relación con la tierra que nos acoge.

No debería resultar difícil entender que muchas personas podemos extasiar nuestro espíritu ante las evoluciones sincronizadas en el cielo de una nube de cientos de estorninos, pongo por caso, sin necesidad de relacionarlo con lo sagrado ni buscar la mano de la Divinidad.

“Para mí, Dios es una idea vaga y ambigua, pero no lo es la luminosidad de un día de primavera, el amargo sabor del chocolate, la consciencia de pertenecer a una realidad que todo lo interpenetra”. (Agustín Pániker en su libro El sueño de Shitala, viaje al mundo de las religiones).

Sí, hay vida espiritual más allá de las religiones, de las llamadas tradiciones espirituales o incluso de la idea de lo inefable o lo trascendente. Es evidente. O no tan evidente, puesto que ya se le ha colgado la etiqueta de “espiritualidad laica”.

¿Quién puede dudar, por ejemplo, que es espiritual el trabajo que hace con los ancianos una profesora de yoga en un pueblo perdido de nuestra geografía? Lo más probable es que nunca les hable de Upanishads ni del Absoluto, pero allí, en esa entrega de calor humano, atención, empatía y solidaridad, está la llama viva de la espiritualidad.

Las aspiraciones éticas, el anhelo de bondad, la honestidad, la justicia social, la fraternidad, el respeto a la vida, ¿no son manifestaciones del espíritu? Parece indudable, y además están en el núcleo de los seres humanos antes del nacimiento de las religiones.

Escribió Séneca entre sus máximas morales: “…Y cuando la naturaleza volviere a pedirme la vida o la razón, la soltaré: saldré de ella protestando que amé la buena conciencia y las buenas ocupaciones, y que a nadie disminuí su libertad, y ninguno disminuyó la mía”. Creo que no cabe describir mayor altura espiritual.

Los seres humanos somos seres espirituales no porque seamos superiores a otros seres, sino porque somos conscientes de nosotros mismos y de lo que nos rodea, y de ahí emana nuestra potencia interior transformadora.

“Los humanos, así como la materia de la que estamos hechos y la actividad racional sostenida por ella, somos parte de un mundo natural con impresionantes logros espirituales. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, uno de ellos, es espiritualidad laica en estado puro”. (María José Frápolli, catedrática de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Granada en el artículo de La Vanguardia ‘Hacia una espiritualidad laica’).

Yoga y espiritualidad

 El yoga es un camino espiritual con una serie de tradiciones y vías que cada uno puede seguir de acuerdo con su sensibilidad, sus valores, su determinación y sus propósitos, sean estos de mayor o menor calado.

¿Qué dirían ustedes si les pregunto quién está más evolucionado espiritualmente: un monje enclaustrado años en un monasterio o la profesora de yoga de pueblo de la que les hablaba antes? Pues imagino que me darían respuestas de todo tipo, y así debe de ser. Yo diría, si me preguntan, que cada uno recorre su camino, y que haciéndolo con honestidad, los dos pueden ser valiosos.

Por más que hablar de grados de “evolución” en referencia a la espiritualidad me ha parecido siempre bastante inadecuado. Seguro que tener hilo directo con la Divinidad, el Absoluto o el Ser, dentro o fuera de uno mismo, otorgará autoridad. Pero admitamos que esa carrera no es para todos… y eso no nos debería dividir en personas superiores e inferiores.

A la luz de la honestidad

 “Soy cauteloso con ese absoluto que lo aplana todo a partir de la retirada hacia uno mismo que nos confina a la interioridad. Creo más en las espiritualidades que nos abren al mundo, que no conocen otro absoluto que el real, ni otro infinito que la naturaleza, ni otra eternidad que el presente”.  (Entrevista al filósofo André Comte-Sponville).

La honestidad de las motivaciones que nos llevan a encontrarnos donde estamos, a elegir una búsqueda, un camino espiritual balizado o de vuelo libre, tal vez sea la clave. Pero esa es una piedra angular dura de descubrir, roer y digerir. Allí el ego está bien guarecido por capas y más capas de argumentos y justificaciones, y no va a ser fácil dejarlo al desnudo para confrontarlo.

Pues precisamente ahí está el yoga con su propuesta de “conócete a ti mismo” que hará cuestionarme mis certezas, mis motivaciones, y me ayudará a confrontar quien creo ser con quien soy. Solo así podré desvelar lo más auténtico de mí, que siempre será lo mejor: mi verdad espiritual, la que me pone en el camino de la virtud, desnuda de fabulaciones y pretensiones. Porque iluminar no es hacer brillar, sino ver a la luz de la consciencia y de la conciencia.

En efecto, el yoga tiene mucho que aportar a esa espiritualidad laica, coherente y «natural» que vivimos muchos de los occidentales. La escucha hacia dentro, la ética y la virtud, la paz interior, el autoconocimiento, la liberación de los condicionamientos, son ejemplos de esos beneficios que nos ofrece la práctica del yoga y que tanto necesitamos.

“Es el amor, y no la esperanza, el que hace vivir; es la verdad, y no la fe, la que libera. Ya estamos en el Reino de los Cielos: la eternidad es ahora”. (A. Comte-Sponville en su libro El alma del ateísmo: introducción a una espiritualidad sin Dios).

Espero sus opiniones o, mejor, el relato de sus experiencias, si les apetece escribirlas: pepacastro@yogaenred.com

Pepa Castro, codirectora de www.yogaenred.com

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Por • 24 Feb, 2020 • Sección: Firmas, Pepa Castro