¿Cómo descubrir un tesoro?

En su libro Shambhala, Nikolai Roerich, haciendo acopio de las viejas tradiciones chamánicas del Asia central, nos explica cómo descubrir un tesoro. Anticipa que, según estas tradiciones, hay tantos tesoros en el mundo como personas lo habitan. Escribe Joaquín G. Weil.

Nicolái Roerich en Kullu en los años 30

Todas las personas, sinceradas con las propias profundidades interiores durante largas horas de meditación, tenemos nuestro tanto de mentalistas. Podemos “leer” la mente de quien tenemos en frente porque estamos acostumbrados a leer nuestra propia mente. La sabiduría humana y la enseñanza de las más altas sabidurías sólo es posible porque los seres humanos en esencia somos idénticos. Lo que sé de mí, quitando caprichos y singularidades psico-biográficas, también lo sé de ti. Así es la cosa.

Pues bien, sé que todas las personas en esencia estamos a la espera de encontrar un tesoro. Este tesoro puede tener la forma de un golpe de fortuna, un correo electrónico inesperado, un encuentro personal fortuito, un billete de lotería premiado, una conjunción afortunada de circunstancias…

Tesoros arqueológicos y tesoros de la mente

Cuando yo era un joven profesor de filosofía me gustaba darme largos paseos “nietzscheanos” por los montes de Andalucía. Una vez un cabrero me preguntó: “¿Qué hace usted andando solo por los montes sin escopeta?”. En aquella época todavía no existía las grandes superficies comerciales para la venta de materiales deportivos y de outdoor, y los únicos motivos para andar sólo por los montes era cazar o… buscar un tesoro. Y tengo que decir que nunca en mis paseos cacé nada, si bien una vez encontré un pequeño tesoro… arqueológico… En una montaña remota, en uno de aquellos riesgosos paseos solitarios, subiendo por unas escarpadas peñas alcancé un lienzo de muralla medio derruida en un risco. En lo alto de una almena me encontré con la punta de una flecha medieval. Se la di luego a un arqueólogo de la zona. Me dijo que era imposible encontrar una punta de flecha tan antigua en lo alto de una almena, que sería otra cosa, una “bisagra gitana” o algo así, pero al estudiarla reconoció que, en efecto, era lo que parecía ser. Lo que quedó de una flecha, sobre la almena, tal vez al final de un sitio, o una escaramuza bélica. Quizá esa misma flecha había herido o matado algún guerrero y allí había estado descansando durante siglos a la intemperie, hasta que yo la encontrara.

Sin duda, hay numerosos tesoros enterrados y escondidos entre las peñas solitarias, tal vez allí mismo había alguno oculto bajo aquellos sillares antiguos donde encontré la antiquísima punta de flecha. El gobernador de la torre quizá escondió sus monedas de oro y plata temeroso de que la torre cayera ante el enemigo.

Hay subterráneos, pasadizos secretos, oquedades en los troncos o en las raíces de los árboles, rocas que ocultan la entrada de una gruta, donde, si no le temes a la oscuridad o a los abismos, te aventuras con una linterna y acabas encontrando el cofre o el ánfora que contiene una fortuna oculta. (Había, eso sí, una pintura extraña y tétrica en la entrada, que retrataba lo que parecía ser un dragón, lagarto o serpiente).

Hubo, sin embargo, una importante revolución en la búsqueda humana, allí mismo en la Asia central que exploraran Helena y Nikolai Roerich. Algunos lamas se adiestraron en encontrar tesoros, eran los conocidos como tertöns, lo único es que ya no se trataba de tesoros de oro y plata, sino tesoros ocultos en la mente.

Sabiduría y pureza, una norma universal

Hay una ecuación inflexible, esculpida en el mismo mármol cósmico donde suelen grabarse las grandes leyes que rigen el universo: sólo a los puros de corazón les es revelada la sabiduría. El motivo es que sólo a los corazones limpios les resulta posible remontarse más arriba de las nieblas y la oscuridad que enturbia nuestras mentes en el plano terrestre. Mismo así, ocurre que hay pequeños tesoros, como guirnaldas de carbunclos o piedras engarzadas, de las que, de vez en vez, nos resulta permitido apenas agarrar algo de valor que nos sirva en nuestras vidas. O sea, no sólo en las profundidades de la mente se encuentran los grandes tesoros de sabiduría que guían a la humanidad, y sobre los que no caben tarifas ni peajes. Son encontrados por la pureza que no puede ser traicionada (no debe serlo). También se encuentran, otrosí, pequeños tesorillos para desempeñarse en el día a día. Este es, en esencia, el fundamento del “chamanismo”, nombre, como es de todos sabido, que procede precisamente de allí, del Asia central que estudiaran los Roerich.

Aquellos tertons o buscadores de tesoros, ya no iban a procuras de las joyas o monedas que hubiera podido enterrar una dueña o un rico mercader en un ventisquero, para que no le fuera arrebatado por las guerras o los bandidos. O, lo que es mucho peor, los botines consecuencia de los asaltos o el pillaje. Tales tesoros, estos últimos, frutos del error humano, como es conocido, están malditos, mancillados, y sí, el dinero también huele, pese a lo que dijera Vespasiano (Pecunia non olet). Y así, de modo “sistémico” hay herencias malditas, que pasan de generación en generación nada más que trayendo desgracias. Los fantasmas, o las almas en pena, es fama que andan aferrados a sus tesoros en la tierra, toda vez que la persona falleció, su codicia hace que los espíritus no puedan remontar el vuelo.

Pero no estamos hablando, no, de ese tipo de tesoros pesados y espesos, sino de aquellos otros más livianos y luminosos, que cualquiera, convertido en terton o buscador, puede encontrar en su propia mente, no en las profundidades de la tierra, sino dentro de sí, toda vez que alcanzó una cierta pureza de corazón, e hizo ante su propio rostro un gesto de reverencia.

Sabido es que la riqueza se escurre entre los dedos de las manos de los insensatos. Numerosos son los ejemplos de las fortunas ganadas y dilapidadas igual de rápido. Esas ganancias además sólo producen desazón por el miedo a su pérdida: por el miedo a secas.

Entonces ¿dónde encontrar la verdadera riqueza?

Donde el tesoro interior y el exterior se unen

El verdadero tesoro interior es un enfoque de la conciencia, consiste en estar en paz con el mundo todo y consigo mismo, vivir la vida con la plenitud del carpe diem espiritual: Sólo se vive una vez, sí, y en vez de desperdiciar la vida en aturdimientos o en desesperanzas es mejor disfrutar de cada instante. Encontrar refugio y contento dentro de sí. Comprender, por fin, que cada rato es un único e irrepetible tiempo dibujado en el vasto espacio infinito, ámbito sagrado, en un cuando inmemorial, eterno, que se cuenta no por días y semanas sino por infinitos eones. Y tener la certeza el sentimiento claro e inefable de que somos perfectos, tal como somos, que todo está bien, que, en realidad, no necesitamos ningún tesoro. Somos seres espirituales magnificentes cuya pureza no puede mancillarse con las carencias e inadecuaciones de esta y otras vidas.

Por añadidura el equilibrio y el sosiego que nos traen estas comprensiones nos otorga la capacidad de encontrar todo aquello que verdaderamente necesitamos para vivir nuestras vidas con plenitud y contento, que es el sitio por donde el tesoro interior y el exterior se hacen uno.

Estos y otros asuntos abordaremos en nuestros próximos talleres de arte, yoga y meditación en el Museo Ruso de Málaga con motivo de la exposición temporal de Roerich En busca de Shambhala.

Joaquín G. Weil es autor del Manual Formativo Dominio de las Técnicas Específicas del Yoga (Temario Oficial)

Shambhala, el poder de la atención. Joaquín G Weil
Primer Ciclo. Miércoles 30 y jueves 31 de octubre. 19:00-21:00
Segundo Ciclo. Miércoles 27 y jueves 28 de noviembre. 19:00-21:00

Ciclo de entrenamientos de la atención y la conciencia a través del arte, el yoga y la meditación con motivo de la Exposición temporal Nikolái Roerich. En busca de Shambhala 27/09/2019 — 01/03/2020
Colección del Museo Ruso, San Petersburgo / Málaga

Avenida Sor Teresa Prat, nº 15 · Edificio de Tabacalera · 29003 Málaga
951 926 150 info.coleccionmuseoruso@malaga.eu
Inscripciones en https://iayoga.org/

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Por • 7 Oct, 2019 • Sección: Joaquín G. Weil