Suddhodana, el yoga en tiempos de #coronavirus

En todas partes no se habla de otra cosa. Corren los bulos y se requiere más cordura. También es el extraño marco donde afloran luminosas reflexiones y las opciones imaginativas. ¿Qué hacer como profes de yoga en tiempos de pandemia? Escribe Joaquín G. Weil.

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Por supuesto que hay que extremar la profilaxis y seguir las recomendaciones de las autoridades en general y las sanitarias en particular. Todo para evitar o ralentizar la expansión de la pandemia… (y del pánico). Las noticias cambian de hora en hora: suspensión de las clases en los centros educativos, estado de alarma, órdenes de confinamiento…

Los centro cívicos, ayuntamientos, etc. ya hace días suspendieron las clases de yoga y otras actividades grupales. Los gimnasios están cerrados. La mayoría de profes de yoga con centros propios, que en los días recientes se afanaban en extremar la profilaxis (no prestar materiales, ampliar las distancias, evitar los contactos), también decidieron cortar las clases presenciales por varias semanas… Y algunos se plantean la opción online…

Sinceramente, he estado esquivando las noticias sobre este dichoso tema hasta que ya no me ha quedado más remedio que abordarlas. No me culpen a mí, sino a mi edad, que me ha hecho ya vivir diversas de estas “alarmas sociales” desde hace décadas. Al ver las estanterías vacías en algunos supermercados me he acordado de la primera guerra de Libia-EE.UU., cuando se decía que Gadafi podría alcanzar con sus misiles el sur de España (ya ves). También de aquellos “que viene el lobo” de tantas supuestas pandemias mortíferas que se quedaron en bulos o en tramas para delirantes películas tipo Apocalipsis zombi. Enfermedades que iban a acabar con la humanidad entera y de las cuales ya nadie se acuerda. Cuando Pedro dijo que viene el lobo, porque el lobo ya las orejas asomaba, nadie le hizo caso.

Respecto a los mensajes apocalípticos… Es nuestra responsabilidad comprobar la veracidad de las fuentes antes de pulsar el botón de reenvío. Ocurre que antiguamente eran profesionales de la prensa los que se encargaban de velar por la veracidad de la información. Hoy, con las redes sociales, esta responsabilidad ha quedado diluida en una ciudadanía anónima y carente, en numerosos casos, de esta consciencia y del conocimiento requerido.

Como reflexión psicológica, observar, una vez más, que “el miedo siempre tiene la razón”. Es decir, la opción más medrosa siempre parece la más prudente y sensata, como en Black Swans de Nicholas Taleb. También que el humor es una de las primeras víctimas. Las personas sin sentido del humor, ahora cuando, de nuevo, dicen que esto no es cosa de risa y que hay que ponerse serios, por una vez parecen inteligentes.

Y como reflexión social, ahora comprendemos, aunque sea vagamente, la vida tal como se ha vivido hasta anteayer, no un falso pastel azucarado y algodonoso, sino la vida real de epidemias que vivían de continuo todos nuestros antepasados hasta nuestros padres o nuestros abuelos. Quitando que ellos también vivieron guerras, hambrunas y la presencia constante de la muerte. Estas así llamadas “crisis” confrontan a las sociedades y los individuos con la muerte, o, en concreto, con el miedo a la muerte.

Ocasión para mirarnos hacia dentro

Está claro que, para quienes nos sentimos en compromiso con el yoga y la meditación, esta es una notable ocasión para limpiar una vez más el espejo de la mente o el espejo del alma. Precisamente volvernos, al menos por ratos y durante un tiempo, hacia nuestro interior, contemplarnos en ese espejo y observarnos o sentirnos: nuestras inspiraciones, nuestros sentimientos y nuestras emociones, revisar ideas que hasta ahora siempre hemos tenido por ciertas…

Precisamente hace pocas semanas acompañé a Jorgina a impartir una clase de yoga en un centro de estancia diurna de mayores. Es extraordinaria la tarea que realizan de modo desinteresado y altruista profesoras como Jorgina Navarro E Rubiela Suárez Yustty, llevando ese cariño y alegría a los mayores, combinado con sabias dosis de yoga: movimiento entre charlas, sonrisas, canciones y juegos. Es algo que me llega al corazón.

Me decía Jorgina que, en efecto, los ancianos vuelven a una suerte de infancia. Como si el tiempo corriera al revés y llegaran desde la adultez a la infancia, y luego a ser como bebés, que renacen a una nueva vida en la otra dimensión (la espiritual), y para la cual hay que prepararles (prepararnos), como sostiene el Dr. Richard Fenwick en su excelente libro The Art of Dying.

Había allí un chico de la ESO que estaba “castigado” a realizar un servicio público, nos explicó la directora del centro diurno de mayores. Se llamaba Óscar, y se afanaba en limpiar las sillas de los mayores y en acompañarles del brazo hasta su asiento, para que no se cayeran. Viendo a aquel adolescente fortachón, con una clara voluntad de ayudar a los mayores y de servirles, costaba imaginarse que hubiera hecho alguna trastada en el instituto. Qué importante lección de vida –pensé–. Ojalá a todos los adolescentes se les “castigara” así.

Pensé también en Suddhodana, el padre de Buda, quien a toda costa quiso ocultarle a su hijo la existencia de la enfermedad, la vejez y la muerte. Nuestra sociedad contemporánea es un poco como Suddhodana. Quiere que sigamos a nuestro rollo tecnológico, de ambiciones y de consumo, ahorrándonos cualquier motivo de desazón, cualquier consciencia de que en esta vida nos aguarda con certeza aquella realidad que a Buda quiso siempre ocultarle su padre, entreteniéndolo con los juegos de la juventud y los deleites de palacio.

Con este asunto del coronavirus me he acordado de esta historia, porque veo, una vez más, qué fácil es mover los hilos de una sociedad compuesta por individuos medrosos ante estos tres espantajos: la enfermedad, la vejez y la muerte, que son, exactamente por ese orden, lo peor que le puede pasar al ego. Además de lo cual, lo peor que le puede pasar al ego es la iluminación.

En realidad la iluminación (búdica) está precisamente ahí tras el miedo a la enfermedad, la vejez y la muerte. Eso lo intuyó el Sidarta Gautama, y por eso le pidió su cochero que hacia ellos condujera su carro y se los mostrara. Sólo quien trasciende el miedo a la enfermedad, la vejez y la muerte puede alcanzar el despertar de la consciencia.

Algunas personas, cuando me escuchan filosofar de este y otros modos, me dicen: “No sé cómo puedes hablar así. No se trata de una broma. Está muriendo la gente. (Nos vamos a morir)”.

Sí, en efecto, exactamente eso, si bien muy probablemente no será en los próximos días o semanas, ni de coronavirus, lo cierto es que tarde o temprano moriremos. Y a ver qué hacemos con este hecho. Ya sé que parece algo aguafiestas, mas lo que está claro es que las verdaderas alegría y empatía y claridad mental sobrevienen cuando se ha mirado el miedo de frente, y, en mirándolo de frente, se ha superado.

Es el pánico a la enfermedad, la vejez y, sobre todo, la muerte, lo que nos mantiene en la ilusión dualista del ego.

Mejor dicho, no es que nuestra sociedad o nuestra cultura sea como Suddhodana, el padre de Buda, que quiere tener a su hijo entre almíbares, algodones y placeres, para que de tal modo no aflore la consciencia. No, no es “la sociedad” (ni mucho menos el Estado, ni obscuras conspiraciones ocultas). Eres tú. Cada cual es quien hace este juego de ocultarse la verdad ante los propios ojos.

Joaquín G. Weil

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Di Per • 18 Mar, 2020 • Sección: Joaquin G. Weil