Lecturas de verano/ Alexandra David-Néel, la primera europea que vió Lhasa

Este fragmento del libro El viaje del héroe, de Alexis Racionero (Kairós) está dedicado a una de las aventureras más interesantes del siglo XX: Alexandra David-Néel, nombrada lama y doctora en budismo tibetano.

Alexandra David-Néel en fotografía reproducida por edicioneslallave.com

Mujer aventurera, avanzada a su tiempo, nació en 1868 a las afueras de París. Fue la única hija de un padre editor de una revista republicana y una madre belga católica y conservadora, con la que nunca se entendió. Ya de niña, Alexandra mostró un carácter anárquico y dado a la evasión. Tuvo la suerte de que las inversiones de sus padres le pudieron costear parte de sus viajes y aventuras.

Siendo muy joven, entró en contacto con la Sociedad Teosófica francesa y con las enseñanzas de Madame Blavatsky, que fueron recogidas en la obra La doctrina secreta (1888). Así aprendió espiritismo, religiones comparadas, esoterismo y la rama más ocultista de la filosofía oriental. Puede suponerse que su llamada la aventura ocurrió al descubrir la fantástica colección asiática reunida en el Museo Guimet de París. Fascinada por un Buda dorado, se prometió aprender todo aquello que podía conducirle a ese estado interior. Fue en su iniciación y compromiso con un viaje de aprendizaje basado en el budismo, que le iba a llevar a los confines de Asia, después de haber viajado por toda Europa y parte de África del Norte.

Sus primeros recursos espirituales o fuentes de aprendizaje fueron las novelas de Julio Verne, la Bhagavad-gita, las máximas de Epicteto y el Eclesiastés, que contenía una de sus máximas favoritas: «Sigue las sendas y los impulsos del corazón y las escenas que atraen tu mirada». Una lección que veremos como apoteosis final de transformación en el viaje de la niña protagonista de El mago de Oz. Sin embargo en el mundo real, ser heroína era mucho más difícil que en los cuentos, pues Alexandra empezó a escaparse sola por Europa, pero a menudo tenía que pedir que la fueran a buscar al quedarse sin dinero. Su madre la coaccionó para que se buscara un marido, mientras ella colaboraba en medios feministas y se comprometía con el sufragismo.

Con 21 años, viajó a Londres para aprender orientalismo y se pasaba las horas leyendo en la biblioteca de la Sociedad de la Gnosis, donde fue introducida por su amiga la señora Morgan. Allí vivió  un tiempo, visitando también los tesoros del Museo Británico y leyendo sobre esoterismo, metafísica, filosofía, astrología, alquimia, así como textos chinos e hindúes.

Antes de entrar como su padre en una logia masónica, Alexandra reclamó la herencia de su madrina y se marchó a la India. No se iba como turista, sino en un viaje de aprendizaje y peregrinaje espiritual. Después de una travesía de 15 días, desembarcó en Ceilán, donde entró por primera vez en un santuario budista, en el que encontró una estatua de tamaño natural que la dejó impactada: había esperado ver más expresividad y sentimiento en un rostro pintado de amarillo, que le parecía inexpresivo. Junto al Buda, pudo ver las ofrendas en forma de comida o flores de loto y el ritual que realizaban los devotos.

Con ansias de conocer más, emprendió la parte final de su viaje hacia el sur de la India, cruzando la bahía de Tuticorin, donde le esperaba su umbral de la aventura.

Pese a que la distancia no era grande, un temporal estuvo apunto de hacer naufragar la pequeña embarcación en la que viajaba. De pronto, las cubiertas fueron invadidas por ratas enormes, impulsadas por el agua desde las bodegas del barco, junto con muchísimos insectos, como chinches, arañas y cucarachas gigantes, que invadieron su camarote y le hicieron entrar en pánico y sufrir náuseas. La travesía fue un infierno, pero pudieron llegar a la India. En ese viaje, pasó por Madrás y Benarés, donde conoció al sabio asceta Swami Bashkarananda, que se pasaba meses meditando casi sin ropa. Alexandra tomó contacto con una vida austera que ella conocía solo por los estoicos.

La joven aventurera regresó a París sin un céntimo, pero finalizó sus estudios de música y canto, y consiguió un puesto de primera cantante en la ópera de Hanoi. Hay que recordar, que en esa época Vietnam formaba parte de la llamada Indochina, una gran colonia francesa en territorio asiático. Esta posición le dio la oportunidad de seguir conociendo Asia durante las dos temporadas que trabajó. Después la canción la llevó a Túnez, donde conoció a su marido, un ingeniero ferroviario del que se enamoró y con quien vivió una relación muy atípica, pues ella, que ya tenía 36 años, no estaba dispuesta dejar de viajar.

Un tiempo después de una breve estancia en Londres para apoyar a las asambleas a favor del sufragio de las mujeres y dar una conferencia en la Sociedad Budista de aquella ciudad, regresó a la India. En este momento, ya se había hecho budista y le faltaba poco para publicar su obra Le modernisme boudihste et le bouddhisme de Bouddha (1911). En agosto de 1911 volvió a la India, y aunque le había prometido a su marido regresar en 19 meses, no cumplió su promesa. Al año siguiente, llegó a un monasterio budista en la remota región de Sikkim, donde conoció a un monje adolescente y ayudante vital llamado Aphur Yongd, con quien se retiró a vivir como una ermitaña, en una cueva a cuatro mil metros de altitud. Se hizo amiga Sidkeon, el líder espiritual de ese territorio, y también del lama Kazi Dawa Samdup, que la llevó hasta Kalimpong, para conocer al decimotercer Dalai Lama, que estaba refugiado allí mientras duraba la guerra en China. Acabó en Lanchen, en las montañas próximas al Tíbet, estudiando budismo durante cuatro años y medio y mezclando conceptos y técnicas con retiros anacoretas. La apodaron Yshe Tome, la lámpara de sabiduría.

Por un tiempo volvió a la India y visitó lugares como la montañosa Darjeeling o Bengala, pero cuando Sidkeon ocupó el trono Sikkim, la mandó llamar para que fuera su consejera, pues quería que le ayudara a llevar a cabo una reforma religiosa. Su viaje de aprendizaje empezó a revertir; pronto empezaría a transmitir lo aprendido, pero aún quedaban nuevos episodios de aprendizaje en la intensa vida de esta heroína.

El marahá Sikkim murió al poco tiempo y Alexandra decidió irse al Tíbet en 1916, acompañada de su fiel amigo y monje Aphur. Cuando llegaron al Monasterio de Tashulimpo, al sur de la meseta tibetana, fueron muy bien recibidos por el lama, quien le abrió el acceso a la biblioteca, donde Alexandra pudo profundizar sus estudios, llegando a una inaccesible sabiduría tibetana, que mezclaba el budismo con elementos de la primitiva religión Bon. Antes de que regresara al protectorado británico de Sikkim, la hicieron lama y doctora en budismo tibetano.

Europa había entrado en la Primera Guerra Mundial y las cosas se complicaban. Por otra parte, ante su abandono, su marido Philippe le había comunicado hacía tiempo su separación o al menos su intención de mantener relaciones con otra mujer. Alexandra era consciente de que no podía convivir con ningún hombre, porque había elegido una vida solitaria en un constante viaje de aprendizaje. Pese a ello, cuando fueron expulsados de Sikkim por cruzar la frontera sin autorización, continúa con el joven Aphur un largo itinerario que les llevó hasta Japón.

El país nipón resultó ser demasiado civilizado y occidentalizado para ella, pese a que se hospedó en un precioso monasterio zen y fue acogida por la esposa de D. T. Suzuki, el gran introductor del budismo zen.

No tardó en abandonar el país, aunque antes tuvo un encuentro providencial con el filósofo y monje Ekai Kawaguchi, quien le contó su estrategia para entrar en Lhasa disfrazado de religioso tibetano. Alexandra guardó esta información, que le serviría para alcanzar la cumbre de su viaje y aprendizaje por Asia.

La viajera y su joven monje y asistente Aphur pasaron por Corea camino de Pekín, antes de acabar refugiados en el lejano monasterio de Khumbum, donde estuvieron cuatro años traduciendo los Sutras de la Prajña-paramita y trabajando en la copia de una colección de obras de Nagarjuna. Por el camino, cruzaron el desierto de Gobi y llegaron hasta zonas de Mongolia, haciendo un viaje de más de tres mil kilómetros en mitad de la guerra civil que acababa de estallar en China.

Cuando la epidemia de gripe española causó miles de víctimas en el sur de Kansu, Alexandra tenía 50 años, y tanto ella como su ayudante cogieron la enfermedad y estuvieron al borde de la muerte con fiebre muy alta, pero al final la intrépida viajera pudo recuperarse para seguir su aventura. Como dice su biógrafa Ruth Middleton:

«¿Quién habría creído que una mujer madura, pequeña y regordeta se alinearía con Ulises, Rolando, Galahad y Parsifal? Había seguido la senda heroica: había obedecido su propia voz interior; había superado las pruebas físicas e intelectuales; había vencido la tentación de permanecer en un puerto cómodo y seguro; había experimentado un despertar romántico que concluyó en separación y muerte; se había retirado a la soledad para fortalecer sus recursos espirituales bajo la dirección de un sabio y había realizado finalmente el rito de iniciación completado con todos los objetivos místicamente simbólicos, el cáliz, el rosario, los anillos, los mantos y los textos sagrados. Ni el mentor más exigente había encontrado defectos en su preparación.»

Faltaba la guinda del pastel, ya que entrar en Lhasa era la culminación del viaje de Alexandra David-Néel. Su huida a la India solo podía ser por el Tíbet, puesto que estaba rodeada por tres guerras: la chinojaponesa, la chinotibetana y la de los bolcheviques en Mongolia, mientras el tifus y la gripe causaban estragos en la región. Tras un largo viaje, logró entrar en la ciudad prohibida de Lhasa en 1924, vestida de mendigo y con el rostro tiznado de hollín. Pudo visitar el Potala y muchos de los monasterios del entorno, hasta que una mañana fue descubierta en el río, cuando bajaba asearse y tuvo que huir precipitadamente con Aphur. Exhaustos y muertos de hambre, llegaron a Skkim con el salvoconducto que les hizo un amigo militar británico.

La aventura terminaba y era la hora de volver a Europa con todo ese aprendizaje, pues en 1925 su fama la precedía y aparecía en todos los periódicos. Desde entonces, publicó libros tan importantes como   (1927) o Mystiques et magiciens du Tibet (1929). Se estableció en una casa de la Provenza a la que llamo Samten-Dzong,  la Fortaleza de la Meditación, considerada el primer santuario budista de Francia. Falleció con 101 años y tuvo todavía tiempo de regresar a Asia para aprender taoísmo y retirarse cinco años más en su amado Tíbet. No dejó de publicar y dar conferencias pero poco antes de morir dijo que «no sabía absolutamente nada y que estaba empezando a aprender».

Esta es la naturaleza de una mujer sabia e incomparable, pues Alexandra David-Néel fue una heroína de carne hueso, que nos demuestra, una vez más, cómo la realidad puede superar a la ficción.

Fragmento dedicado a Alexandra David-Néel, capítulo 4. Viajes de aprendizaje, del libro El viaje del héroe, de Alexis Racionero Ragué, editado por Kairós.

Ver reseña

 

 

Otros artículos sobre ,
Por • 12 Jul, 2021 • Sección: Lecturas de verano