Historias para compartir: Bajo el gran día inmóvil de la espera

“Obaku dijo: ‘Yo no digo que no exista el Zen, solo digo que no existen los maestros Zen’. Zen es esto, Zen es aquello. Puedes leer muchas cosas sobre el Zen y ninguna de ellas te acabará de convencer. Pero ahora que estoy esperando ser nuevamente abuela, me gustaría reflexionar sobre cómo la simplicidad del Zen te ayuda en el camino de la vida”. Escribe Koncha Pinós-Pey.

Bebe

Zen en japonés, chino y sánscrito quiere decir meditación; en el sentido más profundo quería más bien decir “el camino del Buddha”. Sin secretos, sin exotismo, sin esoterismo. Sin distancia; eso es lo que sientes exactamente cuándo miras la cara de Buddha… y ves simplemente la cara de otro ser humano que medita. Sin duda, ser madre o padre es gestionar un paquete de asuntos inciertos… no tiene más secretos. En el momento que pares un hijo, ¿te separas realmente de él? Ser padre es ser también hijo de ti mismo.

Bajo el gran día inmóvil de la espera, nos paseamos por el pasillo del hospital mientras esperamos ser madre, ser padre, ser abuelos… Toma su tiempo. Los episodios de confusión, angustia, soledad, desesperación se suceden. Veo las madres en diferentes rincones: esperando, pariendo y mirando finalmente la cara del bebé a través del cristal. Podemos reconocer la cara del otro, sus ojos, su pelo, sus secretos. Sin saber que caminaremos con ese ser muchos años. Hoy mi hija se ha hecho mayor y es ella la que está pariendo; actuamos juntas en el teatro de la vida, compartiendo las dudas, los descubrimientos, las complicidades… y pienso en el Zen.

Mente simple, mente de principiante. Tu vida es tu práctica. Tu práctica espiritual no tiene que suceder en ningún lugar especial, en ninguna parte y en todas partes. Estamos toda la vida buscando respuestas, internas y externas… hacemos “poses” sin parar, pero ¿qué es lo que nos sostiene? La vida está ante ti; ser la vida que tienes y ver que lo que estabas buscando ya está dentro de ti, eso es la práctica.

Es más fácil decirlo que hacerlo. Hoy puedo comprender, después de 25 años de haber visto la cara de mi hija por primera vez, algo más de ella. Comprender que “dar a luz”, amar, trabajar, casarse… todo forma parte del ciclo de ser madre. Poner su cabeza junto a la mía y decirme: hice bien en tenerla entonces. Hice lo correcto, lo preciso, los hechos me han dado la razón. Y aunque creía que no podía ser una buena madre, lo fui, como ella lo es ahora mismo.

La maternidad, práctica profunda

Ser madre es una práctica espiritual que requiere sabiduría. Es tu legado espiritual el que te hace soportar y amar a veces lo innombrable. Has oído mil veces a tu maestro hablar de la paciencia, pero al final es tu hijo quien te la enseña después de tirar cien veces al suelo el puzzle de los ositos. A mí me ayudó mucho ver la maternidad como una práctica profunda. Como madre a veces tenemos prioridades materiales, y en ellas no incluimos casi nunca la práctica espiritual. ¿Por qué? Sencillo, hoy lo sé. Porque ya está implícita en todo. Ser madre es una de las cosas más maravillosas, milagrosas, misteriosas, dignificantes e iluminadoras.

La vida como madre nos revela profundas evidencias internas. Y nos muestra más claramente lo que significa la vida al final. Nuestra capacidad de ser creativos, encontrar recursos, resistir adversidades, darlo todo por otro. Crees que te estás perdiendo algo cuando tienes un hijo, y a menudo no valoras todo lo que estás obteniendo. Crees que no eres suficientemente buena, lista o auténtica. Pero la práctica también de no ser crítica contigo y de ayudar a otro ser que lo necesita da pruebas de tu constante fuente de amor.

No hay luz más pura que la que vemos cuando abrimos los ojos a primera hora de la mañana. La atención plena solo es sentarse a estar presente sin siquiera una palabra, solo estar. El estado de la cesta de los juguetes es el estado de tu mente; hoy envuelve este día con un poco más de dignidad… ordena tu mente. Lava la ropa del resentimiento y ten un encuentro íntimo con los pensamientos más suaves que anidan en ti. Enjuágate la boca de autoimportancia y limpia todo el desorden que has dejado. Si lo haces hoy, los platos no estarán pegajosos mañana.  Rastrilla las hojas del jardín, aunque no tengas jardín. Si lo haces vas a aprender a nunca, nunca, nunca acabar las cosas… pero también la belleza de la inutilidad. Come cuando tengas hambre, cuando tengas “verdadero apetito”. Da el toque de queda a internet, móviles y televisión y descubre el equilibrio entre la luz natural y la oscuridad, entre el trabajo y el descanso. Duerme cuando estés cansado y déjate acariciar por quien amas. La vida no es nada más que eso… solo eso… Esa es la práctica.

Koncha Pinós-Pey

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Por • 8 Ene, 2013 • Sección: Historias para compartir, Mindfulness