Artículos sobre ‘Raúl Santos Caballero’

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A despersonalização
Postado em 19 de dezembro de 2016

La despersonalización junto con la desrealización son, sin duda alguna, los estados más álgidos de la ansiedad. Si en la primera es el exterior lo que pierde consistencia, en la despersonalización es el propio cuerpo, el yo, la envoltura corpórea lo que se insustanciabiliza, dejando al sujeto preso de su estructura psicofísica. Escribe Raúl Santos Caballero. [caption id="attachment_27359" align="aligncenter" width="605"] [1] (c) Can Stock Photo / Ostill [2][/caption] La persona se despersonaliza, se trocea todo su ser y pierde la capacidad de asirse a sí misma. Se produce un sentimiento de, por unos momentos, dejar de reconocerse en uno, adquiriendo una sensación de desintegración, de nulo control del desbordamiento que produce una crisis de estas características. Las sensaciones son de las más variadas. Explicarlo no es fácil, pues parece sacado de una película de ciencia ficción. La palabra pierde alcance, no sirve para transportar el significado, que sólo es reproducible en el interior de la persona. La emoción es arroyada, los razonamientos fuera de contexto, la percepción no diferencia lo percibido, no ajusta lo que es vivido a los patrones establecidos. El sujeto siente una desorientación descomunal, pues no se siente perdido en un lugar, sino dentro de sí mismo. La angustiosa sensación de por instantes sentir cómo se disuelve el cuerpo, o bien cómo le aprisiona, crea una parálisis que se retroalimenta del miedo a que vuelva a producirse. Un tsunami invisible hacia los ojos de los demás, una noche oscura del alma. ¿Qué sentido tiene experimentar algo tan atroz? Dependerá de la persona y de su manera de dotar de sentido a lo vivido. Habrá quien lo quiera derivar a factores exclusivamente ansiógenos o predepresivos, y quien querrá incluir la experiencia en el saco de los interrogantes existenciales y con ello comenzar la búsqueda de una realidad que escapa. Dependerá de la sensibilidad o de los anhelos de carácter místico-espiritual lo que determinará que derive hacia una llamada a la autorrealización. Así, lo experimentado de manera tan angustiosa toma un relieve distinto, se emplea para despertar interiormente a un rastreo de sentido fuera de lo ya adquirido. Hay que movilizarse y apuntar a la mente para que se convierta en aliada nuestra y no quede en manos de la ansiedad. Para ayudarnos hay métodos como el yoga, tanto físico como mental, ejercicios de control respiratorio, ejercicio físico, cambio de actitudes y de interpretar las cosas, y una larga enseñanza que nos va transformando y realizando. Si estás leyendo este artículo y todo esto te sucede, no te sientas víctima. Al contrario, tienes ante ti el mejor acicate para comenzar a conocerte e investigarte. Yo quise llevar estas experiencias al marco de la espiritualidad, del autoconocimiento, de realizar una realidad que aún se me escapa... Jamás pensé siquiera que lo reconociera, pero es algo que ha conformado mi personalidad y mis anhelos, mis prioridades y mis afanes. Puede que gracias a ello hoy pueda hablarte abiertamente y comprender por lo que pasas. Ese es mi sentido ¿Y tú? ¿Qué sentido piensas darle? Raúl Santos Caballero es escritor y autor del blog En busca del Ser [3].   [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2016/12/despersonalizacion.jpg [2] http://www.canstockphoto.es [3] http://raulsantoscaballero.blogspot.com.es/

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A opinião dos outros
Publicado el 27 Oct, 2016

¿Quién no ha tenido la inclinación de saber qué opinan los demás de él? Todos hemos caído en la tentativa de escarbar en los juicios que despertamos en los otros. ¨Según sean las opiniones, así nos sentiremos¨ y ante esta premisa, las personas vivimos para un yo de escaparate y damos la espalda a un yo más esencial o real. Escribe Raúl Santos Caballero. [caption id="attachment_26659" align="aligncenter" width="605"] [1] (c) Can Stock Photo / 4774344sean [2][/caption] Es muy difícil no caer en la red de las opiniones ajenas, pues de algún modo nos sirve para ver el reflejo de nosotros mismos, que no sabemos encontrar sin la necesidad de la opinión externa. En una sociedad donde los prejuicios nos envuelven con tanta fuerza, es muy inusual quedar excluido del alcance de una opinión procedente de fuentes exteriores. Ante este amasijo de juicios de valor, moralidad convencional y clichés socioculturales, el sujeto acaba dándose de bruces con el muro lo "ideal", y no sabe cómo acertar sin que le salpique la daga de la crítica. Dependerá de la naturaleza de la persona el que encaje bien una crítica o no; también dependerá de hasta qué punto esta es o no constructiva. Como cada persona que recibe una opinión es un mundo, también lo es quién la enuncia. A veces se produce el fenómeno de la proyección, y ante diferentes personas o hechos tan sólo proyectamos lo que más nos disgusta de nosotros mismos o lo que realmente tememos que nos suceda. Es muy difícil ver las cosas tal y como son sin que se inmiscuyan los miedos, inseguridades y la autoafirmación del ego, siempre presto a enredar con sus constantes juicios. El ego juega un papel crucial, pues en última instancia se transforma en una lucha de egos y no una comunicación de seres. Locutor e interlocutor, padres e hijos, jefes y empleados; todas las personas interactuamos en un cruce continuo de opiniones hacia el resto. Habría que analizar no este hecho en sí, sino la inclinación a criticar o a conocer qué imagen tienen los demás de nosotros. También habría que valorar hasta qué punto nos molestan las opiniones malévolas o nos enaltecen los reconocimientos. Recibimos una crítica negativa y todo se torna con un manto de malestar. No encontramos sentido y no nos sentimos gratos a entablar una comunicación con el resto, pues observamos que no encajamos en los ideales ajenos. Recibimos un reconocimiento y surge una nueva dimensión de alegría, nos sentimos dichosos, todo retoma un color más vivo, todo vuelve a vibrar. Así nos convertimos en péndulos oscilantes de un lado a otro, yendo de acá para allá según nos dirijan con las opiniones y olvidando que podemos elevarnos conscientemente para alcanzar el punto del péndulo donde nada se agita. Pero para ello hay que escalar las cumbres del autoconocimiento a fin de poder discriminar y discernir la información que recibimos. Así podremos ahondar en las profundidades de nuestro ser, dejando al margen lo que proviene del exterior (siempre y cuando no sea constructivo) y hallaremos en nosotros mismos el claro reflejo de lo que somos. Las opiniones siempre estarán ahí. Hagamos por no perder el tiempo en juzgar e inmiscuirnos en la vida de los demás, y mucho menos por alimentar lo que pueden decir de nosotros. Traspasemos ese umbral de consciencia y dejemos abajo el barrizal de las críticas y desconsideraciones. Bastante tenemos con automejorarnos como para ceñirnos a los criterios de los otros. Realmente esforcémonos en conocernos, en asumir nuestros errores y aprender de los mismos, en hacer de la vida un propósito y no un despropósito, y sobre todo en comprender que somos muchos seres humanos utilizando un espacio en este planeta. Busquemos la tolerancia dentro de la que desarrollemos con nosotros mismos, pongamos límites a las personas injustas. No nos bloqueemos y hagamos de la evolución consciente un avance. Buda decía: ¨Ellos me insultan pero yo no recibo el insulto¨. Cargar con todo lo que escuchemos decir sobre nosotros es dar más importancia a la apariencia que a la esencia, y ahí es donde el buscador pone todos los medios a su alcance para eliminar el velo de las apariencias -con las que tanto se choca- y acceder a otro tipo de vivencias más ricas y provechosas.   [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2016/10/opinion_demas.jpg [2] http://www.canstockphoto.es

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A maturidade
Publicado el 13 Jul, 2016

Envejecer es inevitable, madurar no. Alcanzar la vejez es permitir a la naturaleza completar su plan; madurar significa implicarse en un desarrollo transformativo que nadie puede hacer por uno mismo. Escribe Raúl Santos Caballero. [1] Hay una diferencia muy notable entre la persona anciana y la que ha madurado. En una persona madura no sólo ha cambiado la "carcasa", sino quien la habita. En cambio, una persona puede envejecer manteniendo internamente los mismos rasgos que la conformaban décadas atrás. La vida puede convertirse en un tránsito que nos acerque poco a poco hacia la muerte o en un camino donde la persona proceda a hacer de su recorrido una vía de transformación y desarrollo. Madurar no es gratuito, hay que estar presente. No se genera a nuestras espaldas ni por un descuido. Es un florecimiento arduo en el que se debe ser consciente de cada momento que es regado. Nadie madura por accidente. Puede alguien parecer maduro o madura en apariencia, pero en esencia mantener los mismos condicionamientos arraigados que impiden evolucionar en la senda de la maduración. Madurar no es acumular experiencias, sino extraer la sabiduría de las mismas. La madurez no es haber agotado años con un gran cúmulo de sucesos vividos, sino haber alcanzado cierto grado de plenitud y haber comprendido de una manera profunda la dinámica de las circunstancias. Esa extracción enriquece un conocimiento más allá del intelectivo, pues al ser experiencial sólo le pertenece a quien lo ha vivido. Que no es madurez Para entender la madurez, primero hay que entender qué no lo es. Alcanzar el destino no significa haber disfrutado del paisaje. Alcanzar una cuantía de edad no significa haber progresado en la realización de uno. Se puede haber aprovechado esos años para alcanzar logros, aspiraciones y un montón de cúmulos materiales. Pero haber nacido antes no nos sitúa en un peldaño de madurez; lo que sí indica es que hemos dispuesto de más tiempo para alcanzar dicho peldaño, y serán nuestras actitudes las que mostrarán si hemos llegado a subir ese escalón. La madurez es una construcción cuyos cimientos se originan en el interior de la persona. Se derrumban y se vuelven a construir. Es un proceso lento y de reconversión a cada momento. La persona madura no alardea de ello, pues entiende que este proceso no tiene un final. La madurez es sencillez, humildad y no un revestimiento de sofisticación. La madurez no es una coraza rígida sino, todo lo contrario, un estado de apertura. La persona madura halla en sí misma las habilidades para manejarse con las circunstancias de la vida. Ha ido forjando recursos y convierte el paso del tiempo en una herramienta más para su autoaprendizaje y desarrollo. Ha sabido ir cambiando de actitudes para permitir el fluir de las circunstancias debilitando la fricción y ganando la batalla al bienestar. La persona que transita la senda de la madurez ha ido perdiendo toda clase de enemistades. Sabe tomar las riendas de la responsabilidad sin tener que cargarla a las espaldas de nadie. Entraña un margen de entendimiento que no deja a la persona desprevenida ni indefensa ante los acontecimientos. Son síntomas de madurez y de salud emocional los estados de visión cabal, ecuanimidad, sosiego ante los imprevistos, desarrollo de la capacidad de entendimiento y empatía, comprensión, contento interior y predisposición a cooperar. Son síntomas de inmadurez la envidia, celos, animadversión, reacciones desmesuradas, falta de comprensión, egoísmo, alardeo de cualidades de las que se carece... Un mismo hecho no será igual recibido por la persona madura que por la inmadura. En la primera puede desencadenar todo tipo de conflictos mientras que la segunda puede observarlo y desarrollar la capacidad de comprenderlo y proceder a su solución inmediata. La persona madura no se aflige constantemente, sabe tomar y soltar a cada momento. Entiende la diversidad de los fenómenos de la vida y la observa desde la consciencia, sin impulsividad. En la senda de la realización de sí, la madurez va de la mano de la consciencia. El buscador persigue la madurez espiritual no como un logro ni una recompensa sino como un acceso a su naturaleza más real, lejos de los vaivenes emocionales que entorpecen la senda de la realización. Su corazón no está atrincherado por las heridas recibidas, sino que mantiene una actitud compasiva y trata de hacer de su experiencia, a veces amarga y otras dulce, un valioso tesoro donde guarda el más preciado valor que jamás nada ni nadie puede sustraerle. Raúl Santos Caballero es escritor (su último libro: Las sandalias del buscador) y autor del blog En busca del Ser [2].   [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2016/07/Madurez.jpg [2] http://raulsantoscaballero.blogspot.com.es/

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Ramiro, um parceiro na busca
Postado em 30 de junho de 2016

Aún recuerdo aquel libro que me llamó tanto la atención... El arte de la paciencia. ¡Por fin alguien hablaba de una virtud tan importantísima y de la que parece no tener cabida en este mundo tan competitivo! Escribe Raúl Santos Caballero. [1] Y así comenzó una relación en unos años de desorientación, de no saber por dónde agarrar el anhelo incesante de saber, de rastrear algo que uno sólo intuye, de buscar una respuesta a una pregunta que ni tan siquiera se ha formulado. Y empiezan a caer más libros en mis manos... Empiezo a leer palabras como yoga, meditación..., empiezo a saborear enfoques acertados y comienza a golpear en mí una verdad que resuena por dentro y que parece acoplarse por su reconocida familiaridad que no puedo evitar experimentar. Se abre una brecha en mitad de la oscuridad, una brújula en la desorientación de un desierto que pocos saben descifrar. Entonces intento practicar en casa, noto pequeños despertares, me planteo apuntarme a sus clases. Y un caluroso día da la casualidad que me encuentro con Ramiro en la zona de libros de una famosa tienda de Madrid. Antes de pensar, reacciono y le saludo, él me sonríe y da la mano. ¨¡Me sonríe!"¨, digo para mis adentros. Al fin y al cabo, le pueda gustar más o menos, Ramiro es conocido, y no es fácil encontrar amabilidad y cercanía de esa manera. A los pocos meses me apunto a sus clases. Al entrar al centro de yoga le vuelvo a encontrar, como uno más, inmerso en sus alumnos, sin escapar, sin dejar distancia. Vuelvo a saludarle, vuelve a sonreírme. Y así llevo practicando yoga a día de hoy ocho años. Cayendo en querer ser más flexible, en querer alcanzar eso que llaman ¨Iluminación¨, pero de nuevo uno regresa al punto de partida en el yoga soltando el alcanzar y queriendo más estar. Nace la amistad Con el tiempo, y sin forzar, surge una relación de amistad con Ramiro. Llegan las ruedas de preguntas en clase, le tengo frente a mí. ¡Tanto que preguntar! ¡Tanto que sondear! A uno le gustaría tenerle en exclusiva, llevarle con uno y preguntarle constantemente: ¿Qué hago, muestro firmeza en esta situación o mantengo la ecuanimidad? Y van llegando las preguntas y van golpeando sus respuestas. Uno intenta desnudarse en clase, incluso delante de los compañeros, para que se pueda generar una cirugía interna y transformativa. Y comienzan a crearse las inquietudes más espirituales, las preguntas que no son fáciles de formular porque en el momento en que empiezan a pronunciarse pierden de su grado experiencial. Es difícil explicar la angustia existencial, las experiencias de despersonalización, la desrealidad de la madrugada, la ansiedad de simplemente verse vivo en este decorado existencial. A uno le cuesta plantear estas preguntas, quizás por no sentirse incomprendido, quizás por no desvirtuar la clase, quizás porque uno cree que sólo le pasa a él. Pero Ramiro conoce esos túneles, esas angostas dimensiones que ofrece la existencia. Con su mirada profunda dice que te entiende, que sabe por lo que estás pasando, que no hay de lo que preocuparse, que es el denominador común del anhelo místico que sentimos los buscadores. No hay nada que pague esa comprensión, ese pequeño mapa en el tránsito cósmico que nos envuelve con un tipo de soledad imposible de descifrar. Pero no, no quiero tildarle de maestro, no quiero que sea mi gurú. Además eso a él le ofende, le relaciona con lo que tanto denuncia en el mercado espiritual. ¡Claro que le agarraría de las barbas y le exigiría que me explicara todo, que me desentrañara todos los misterios que alimentan mi interrogante espiritual! Pero no puedo cargarle con la responsabilidad de hacer mi trabajo interior. Es cada uno su propio maestro y su propio discípulo, como tanto nos repite. Por eso es mi amigo, la persona que hizo que descubriese que existe la esperanza a través del yoga y la espiritualidad de transformarse y dar a la vida un sentido más noble; también me incitó que al leerle yo también escribiera, que algún día cumpliera el sueño de entrevistarle, que pueda intercambiar mails y, sobre todo, ser un compañero en esta trayectoria que llamamos vida. Gracias Ramiro Raúl Santos Caballero es escritor (su último libro: Entre cartones; el anterior, Las sandalias del buscador) y autor del blog En busca del Ser [2]. [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2016/06/Ramiro-Calle.jpg [2] http://raulsantoscaballero.blogspot.com.es/

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A motivação
Publicado el 23 May, 2016

La motivación es el motivo de la acción. Es el empuje, el motor, la chispa que enciende un proceso. Es la carga de sentido que aportamos a algo, el pistoletazo de salida, la materialización de un anhelo. Escribe Raúl Santos Caballero. [1] La motivación permite movilizarnos, dar un recorrido a nuestros pasos, resaltar el colorido de lo que queremos. Es lo que nos motiva a persistir, a no desfallecer, a extraer un ápice remoto de energías para, en momentos difíciles, completar aquello que habíamos planificado.Sin motivo no hay un arranque. Sin acción no hay un recorrido transitado. La motivación unidireccionaliza nuestro impulso a alcanzar algo, nos despierta potencias que tenemos en latencia y desempeña el papel activo de nuestro ánimo. Sin motivación lo noblemente deseado se convierte en prosa, una imagen en blanco y negro, y un camino de barro en el que no tenemos fuerzas para dar el siguiente paso. La ausencia de motivación deja paso al tedio, a la inercia, la desidia, el desinterés y el abatimiento. Su poder es inmenso, pero también su fragilidad, porque en muchos casos, al igual que un hoja al merced del viento, ésta se tambalea perdiéndose en el confuso vendaval de las circunstancias. La motivación debe estar construida sobre los cimientos de cierta fortaleza, de cierto sentido de equilibrio ante las adversidades que puedan alcanzarla. La motivación no debe ser confundida por el entusiasmo febril o el impulso desorbitado, que suele ser lo más característico cuando se comienzan a poner los medios si queremos alcanzar o conseguir algo. La motivación debe estar dosificada, presta y almacenada en nuestra idea consciente de lo propuesto, o en lo que estamos interesados. Sin una dosis de motivación nuestro interior puede estar rellenado de desgana, apatía, pereza y un estado de mecanicidad por falta de un cierto interés, en muchos casos más que necesario para comprender la necesidad de un cierto esfuerzo en todo aquello que hayamos emprendido. Disfrutar de hallarnos motivados Se debe robustecer la motivación, rellenarla de sentido y decorarla con el anhelo de lo consecutivo. Ante la desmotivación debemos chequear nuestros estados anímicos, nuestras proyecciones si son o no ajustadas a la realidad, nuestras capacidades al margen de lo deseado, y cómo no, nuestro control interior para no hacer de la motivación un arma camuflada del ego. A veces, lo que creemos que es motivación no es más que un estado en el que nos embauca nuestro ego para indicarnos un atajo y conseguir así su alimento. En ese canto de sirena vemos lo que queremos ver, en vez de mirar lo que de verdad hay que ver. El ego pierde la capacidad de ir de la mano de la motivación en su camino presente, se pone por delante, anticipa notorios honores y reviste la meta de galardones que no son fiables. Entonces la motivación está al servicio de un crecimiento egocéntrico más que de un desarrollo saludable del ser. La diferencia estriba en la capacidad de disfrutar cada instante, con motivación, eso sí, con cierta visualización de lo que queremos e incluso de lo que esperamos, eso también, con consciencia de un anhelo que ha germinado en nosotros pero eliminando esa sed de alcanzar objetivos impulsivamente y, haciendo de los mismos, una identificación de nuestra verdadera identidad. Somos más que eso, somos más de lo que podamos llegar a tener o alcanzar, porque no somos en función de a dónde lleguemos, sino que somos en función de la capacidad de disfrutar en donde estamos, pues en esa plenitud se manifiesta nuestra esencia desnuda de ropajes meritorios. La motivación debe ser regada con propósitos nobles, sin dañar a nadie, sin alcanzar algo a base de fricciones. El motivo de nuestra acción debe ser una llama que dé calidez a nuestro espíritu, comprensión y calma a nuestra mente. Porque con agitación y ansia nos perdemos la connotación de nuestros pasos, perdiéndonos sólo en la meta, cuando ésta es en sí el camino. En él está lo transformativo, lo que realmente es sustancioso. La meta sirve para no perder de vista adónde nos queremos aproximar, sólo eso. Es un punto que delimita un plan trazado, un punto que no tiene más carga de cualidad de lo que pueda tener el camino que nos acerque al mismo. La meta no debería ser lo que más nos motive, porque tan sólo cierra un tramo ubicándose en una demarcación. El camino en cambio es más rico, cada paso encierra una lección, cada tropiezo guarda un aprendizaje, cada caída nos recuerda de cerca que es lo que realmente nos posibilita sustentar nuestros pasos. No caigamos en triunfalismos respecto a la motivación. Vaciémonos por completo para que ésta nos inunde dejando atrás todo tipo de miedos y de inseguridades. Como dice una antigua frase: ¨ ¡Vayamos aunque no lleguemos!¨. Porque el simple hecho de querer ir, ya es una meta conquistada. Raúl Santos Caballero es escritor (su último libro: Las sandalias del buscador) y autor del blog En busca del Ser [2].   [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2016/05/motivacion.jpg [2] http://raulsantoscaballero.blogspot.com.es/

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O sentimento de culpa
Postado 14 de abril de 2016

Todos hemos sentido alguna vez ese juez interior que implacablemente dictaba sentencia. En ese momento la sensación de malestar nos invade, y la culpa cae ante nosotros quedándose fijamente adherida y embarrando cualquier situación que se presente. Escribe Raúl Santos Caballero. [1] Nada tiene sentido de disfrute experimentando culpa, pues esta tratará de interponerse para, con su presencia, recordarnos que para que desaparezca no bastará el arrepentimiento. La culpa se adhiere a nosotros como la más adosada de las pieles, y se le añade la sensación de malestar y arrepentimiento que, mediante el canal del pensamiento, nos mortifica con su incesante condena. El sentimiento de culpa puede ser más duradero que una condena carcelaria, pues nos hace prisioneros de la más difícil y deseada de las libertades: la interior. La culpa tiñe toda atmósfera vivencial. Su carga cada vez se puede hacer más pesada e incluso acabar siendo incorporada a la rutina mental, ya que como un ruido de fondo se mantiene tras los procesos mentales. Su disolución puede ser provocada por un tratamiento oportuno, por indiferencia o por su propio desgaste. La ecuanimidad y la reflexión lúcida y consciente se convierten en herramientas para investigar el origen de la culpa, pues ésta a veces se camufla como una parte ya instalada de nosotros mismos. El sentimiento de culpa puede tener origen en creencias impuestas, altas expectativas respecto a uno mismo, relaciones basadas en proyectar culpa para ejercer la manipulación, tanto por parte de otros como nosotros mismos. Otras veces, el sentimiento de culpa tiene un carácter más leve, como saltarse la dieta, no ir al gimnasio... Pero en cada uno de los casos, la sensación es que nos hemos traicionado a nosotros mismos. La culpa o el arrepentimiento producen una autoflagelación invisible hacia los demás. La consciencia se empaña y no ve más que la neblina de su sentimiento. La persona puede anhelar retroceder en el tiempo, pero empujada por el curso de la vida, siente que no queda otra alternativa que mirar hacia el frente. El sentimiento de culpa que no se utiliza para reconocer el error y ejercitar el aprendizaje sólo consigue robar paz y sosiego, pues el sufrimiento impide que esa consciencia llegue a eclosionar en el sujeto. Las capas de culpa oscurecen cualquier florecimiento interior. Su fuerza compulsiva se va alimentando a medida que rumiamos pensamientos negativos. Al no llegar a ser enfriado por la lucidez y la compasión hacia nosotros mismos, el sentimiento de culpa puede ir depositándose en el inconsciente y reactivarse a la mínima experiencia que le despierte del letargo. El sentimiento de culpa desgarra la paz interna, obnubila la consciencia y uno queda atrapado en la proyección de repercusiones negativas anticipadas. Sólo el anhelo de "desinstalar" la culpa nos puede hacer escudriñar en nosotros mismos hasta alcanzar el origen que promueve la culpa y descubrir el arsenal de miedos e inseguridades que la tejen. Responsabilidad en vez de culpa La culpa en sí no es provechosa, y desgasta la energía cuando no hay otro fin más concreto que el de la autocompasión y la confrontación con uno mismo. Sólo tiene sentido cuando se fusiona con la firme resolución de modificar la actitud y las acciones en cuanto la vida nos vuelva a presentar una ocasión similar a la que diera pie a la culpa. El buscador comprende que la culpa desprende un hilo que, si lo sigue, le transporta hacia dentro. Trata de observar para no identificarse con ese proceso, entendiendo que sólo es una pequeña piedra dentro de un zapato y que a cada paso se manifiesta su molestia. Trata de analizar sus puntos de vista, inseguridades, miedos infundados y todo ese manantial de memorias instaladas que despiertan la incomodidad de la culpa. Comprende en su senda que, a medida que su personalidad se va desetiquetando, no hay lugar para culpas y reproches hacia uno mismo, pues desarrollando la atención y el discernimiento irá afrontando sus responsabilidades sin negligencias y eligiendo con cordura respuestas más conscientes y sabias. [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2016/04/Sentimiento-de-culpa.jpg

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El destino
Postado em 7 de março de 2016

¿Qué es el destino? ¿Es un camino ya instalado que sólo consiste en recorrerlo, o un camino que creamos a cada paso? ¿Libre albedrío o determinismo? Escribe Raúl Santos Caballero. [1] Todos estamos inmersos en una corriente empujada hacia una dirección, pero ésta a veces ofrece alternativas o desvíos que escapan a nuestra comprensión. Querer profundizar en ello es afinar la agudeza de la atención, para no dejar escapar ninguna pista que deje al descubierto el posible mecanismo que permita orientarnos hacia lo que consideramos que es bueno para nosotros. En ese momento, todo puede tener sentido, o quizás tendrá el que le demos nosotros. Si todo está determinado, en cierto modo supone una imposición, pues no hay posibilidad de elección, al estar todo supeditado a un orden superior. Si fuera así, habría que desentrañar cuáles son las reglas del juego y predecir cuál es el sendero ya marcado, para adelantarnos a los sucesos que puedan producirse. ¿Qué o quién regiría esas pautas? La respuesta está oculta en el mundo de lo ignoto; lo cierto es que tendríamos que manejarnos con esas reglas para sincronizar más con las pruebas que se van presentando, y así no perder la sintonía que nos hace fluir con los acontecimientos. Habría que detectar cuáles son verdaderamente nuestros objetivos y nuestros potenciales, pues, como en un juego, éstas serían nuestras cartas, y deberíamos elegir con certeza en que momento arrojarlas. Otra posibilidad es el libre albedrío. Sería no estar sujeto a ninguna ley invisible y desenvolvernos de una manera individual en un escenario sin nada ni nadie que dicte nuestras conductas. En el libre albedrío se debe potenciar la responsabilidad, porque sin ella la libertad se convierte en libertinaje. Aquí también hay cabida para la evolución. Si, por ejemplo, venimos al mundo con ciertos rasgos de carácter que dificultan nuestra relación con los demás, podemos modificarlos a través de nuestras conductas, y por tanto estaríamos manejándonos en un libre espacio a nuestro favor y al de los demás. De ahí que para muchos sabios, yoguis y personas realizadas, el destino sea como un río que fluye en el que estamos inmersos. El río nos lleva hacia adelante, eso está determinado y no tenemos elección. Pero inmersos en la corriente podemos optar y decidir si queremos fluir a la velocidad de la corriente o resistirnos en la misma. De ahí que en la vida cotidiana experimentemos el ir a contracorriente como pérdida de la sensación de rumbo. Cabe observar hablando del destino, la gran necesidad que experimentamos de exigir seguridad en un mundo donde nada es seguro, excepto la inseguridad. Esa demanda puede anestesiar el desarrollo de la intuición y, por tanto, el aprovechamiento de la misma, perdiendo ese potencial de desenvolvernos en el plano vivencial de cada instante. Conviene aprender a manejarnos con la imprevisibilidad, pues sea el destino determinado o no, llegará, y nuestra capacidad de flexibilidad frente a los acontecimientos hará que no nos quebremos. En la vía de la búsqueda y realización de sí, el destino abruma por su naturaleza imprevisible y escurridiza que con frecuencia nos hace sentir con las manos vacías. A veces nos deja entrever destellos de orientaciones, y otras, sin embargo, nos sume en una oscuridad absoluta. De cualquier modo, no debería ser: ¨¿por qué estamos aquí?¨, sino ¨ya que estamos aquí¨, haciendo así del destino un inquebrantable aliado, pues aun con sus caprichos, siempre nos tiende algún puente para no estancarnos.   [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2016/03/el-destino.jpg

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La desrealización
Publicado el 22 Feb, 2016

Por momentos fugaces, un punto álgido de percepción permite detectar el ilusionismo que oculta una realidad solapada por la aparente. El escenario donde solemos recrear nuestra actuación se convierte en un decorado de cartón piedra, un atrezzo misterioso en donde la angustia se dispara por su pavorosa inmensidad. Escribe Raúl Santos Caballero. [1] La sensación de aprisionamiento dentro de la propia vida se hace angustiosa, desgarradora. Experimentamos la fuerte vivencia de que estamos sujetos a finitud sin posibilidad de escapatoria. La propia realidad nos da la espalda, nos deja huérfanos de ella misma en una honda soledad más allá de la ausencia de personas a nuestro alrededor. En ese momento de estupefacción, de convencimiento de falsedad en todo lo que nos rodea, se revela una inclinación a descifrar la conquista de sentido último de todo el montaje existencial. En ese instante hemos sentido una soledad cósmica fuera de lo común. Esa realidad desrealizada nos deja una huella de nuestro paso efímero en este plano vivencial. Vivimos como más real que nunca el que algún día el recorrido tendrá su fin y que ese sentimiento escapa a una comprensión racional o intelectual. En ese momento no sólo nos abandona la realidad que nos acapara, sino la mente común, pues en esa esfera no opera como habitualmente está acostumbrada. La persona que ha tenido que vivir y vivirse en ese teatro fantasmagórico siente que algo ha cambiado. Algo se ha removido en ella. Ahora hay algo más. Algo que trata de llamar su atención mediante un juego rocambolesco. La vida, en la que tan inmersa se había sentido hasta ahora, se convierte en un simulacro en comparación con esa otra realidad que se oculta tras todo lo consistente. Esa traumática experiencia de que se insustanciabiliza todo a su alrededor (incluyendo en muchos casos a uno mismo -despersonalización-) deja en la persona un choque adicional que rompe con todo lo que anteriormente había conformado. Duda de la veracidad de la realidad, pues ahora el esfuerzo es por sentirla consistente. Se produce una fricción entre realidades paralelas, se tambalea la creencia de qué es o no real, pues aunque haya sido lo más parecido a una alucinación, se ha sido vivenciado como la mayor de las realidades. El pavor puede dejar atónito a quien lo experimenta, porque no hay dónde agarrarse ni dónde cogerse. Uno se siente perdido, la brújula ha fallado. El mapa se ha deteriorado y no permite ver su contenido. Se nos oculta un camino que pensábamos que controlábamos a la perfección. La sensibilidad aflora, el alma parece que traduce aquello que no ven los ojos. Parece que uno ha descubierto un truco de ilusionismo en el que estaba atrapado. Se revela el potencial oculto Una vez pasa el vendaval todo vuelve a la misma sintonía. Parece que todo el desbarajuste se vuelve a ordenar ante nuestros ojos. Ya no hay pruebas, todo vuelve a reajustarse como antes. Se diría que, juguetonamente, la existencia nos ha gastado una broma macabra, nos ha invitado a una especie de escondite donde participan no sólo los objetos visibles y tangibles, sino todo lo que pertenece a la esfera de lo inanimado e inmanifestado. El hecho es que a quien le suceda esta experiencia repetidas veces, debe proceder a destinarle un significado para que no quede en una estéril sensación desagradable, pues quizás sea el indicativo de que debe no conformarse y rastrear esa otra realidad que se va escurriendo de su compresión reducida. Una vez la persona experimenta este tipo de sensaciones, intuye que cualquier factor estresante puede desencadenar el detonante que las active de nuevo. El cuerpo se prepara para la huida, pero ¿a dónde? No hay más lejanía que nosotros mismos, ni más cercanía que nuestra propia realidad. Podemos huir de todo menos de nosotros mismos. Quien no lo vive no lo entiende. Además, quien lo padece debe cargar con la incomprensión por parte del resto de las personas, pues ni por asomo asocian ese estado a su historial de vivencias. Para el buscador es un motor que le moviliza a desperezar ese potencial oculto interno, ya que interpreta estos accesos como una especie de duermevela espiritual, donde la cruda desrealidad le aborda para indicarle que no debe desfallecer en el intento de alcanzar el despertar de la consciencia. Al igual que en un bloque de mármol la estatua ya se encuentra dentro, debemos tallar hasta alcanzar la verdadera esencia que nos insufla y permita reconciliarnos con una realidad más elevada y evitar así la enemistad existencial. [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2016/02/desrealizacion.jpg

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Libros/ Cartas desde el Nirvana, de Raúl Santos Caballero
Postado em 21 de dezembro de 2015

Este libro de Raúl Santos Caballero es una historia de sacrificio, amor y lucha, en un entorno de dificultades, ambiciones y juegos del destino. [1] Daniel ha cumplido veinticinco años y se siente preparado para enfrentar el mundo. Durante su infancia siempre escuchó que algún día recibiría una herencia por parte de su padre, fallecido por una enfermedad terminal cuando apenas él tenía tres años. Su padre, Julián, al enterarse de su trágico destino, quiso dejar a su hijo lo que él consideraba la mayor de las transmisiones. Sobre unas cartas realizadas en puño y letra, quiso insuflar algo más allá de consejos y deberes. Quiso ofrecerle una invitación a ahondar y conocer lo mejor de una Sabiduría perenne, un legado que a la espera de ser leído, se mantendría en reposo en las esferas de lo intemporal y donde daría pinceladas de un universo interior al que invitaría a su hijo a indagar. Su madre, Gloria, será la encargada de acercar esa comunicación entre padre e hijo y provocar una transmisión donde la dureza de la realidad siempre impidió el encuentro. Portadora del legado depositado en unas cartas, esperará el momento indicado para acercar a Daniel un mensaje que su padre nunca pudo hacerle llegar en vida. Será su espera lo que complete una misión que le prometió a su marido antes de morir. Una labor encomendada para completar una relación entre dos seres que el destino alejó, y donde Julián quiso despedirse sellando lo que él consideraba un tesoro que nadie jamás le podría sustraer. Todo un cometido que implicará salvar un pasado en el que todos, incluso el abuelo Matías, tratarán de enterrar excepto ella, y donde su hijo Daniel, se convertirá en la piedra angular de una historia de sacrificio, amor y lucha, en un entorno de dificultades, ambiciones y juegos del destino. El momento ya ha llegado. La transmisión está a punto de ser realizada. ¿Comprenderá Daniel el sentido de las cartas? ¿Estará capacitado para asimilar un conocimiento que va más allá de lo establecido? ¿Conseguirá Julián crear un vínculo con su hijo y aportarle una herencia lejos de lo convencional? Algo está a punto de revelarse… Algo que obligará a girar hacia adentro… Algo que sólo puede provenir desde un lugar: el Nirvana. Comentario de Ramiro Calle: ¨Raúl Santos Caballero es un hombre polifacético y singular. Es un concienzudo estudioso y practicante de yoga. Doy fe de ello, porque en mis clases, a las que asiste con regularidad desde hace años, le tengo frente a mí. Es también un buen y persistente meditador. Pero, además, Raúl es escritor. Ya me sorprendió muy gratamente con su primera obra publicada, El vecino de al lado, donde en un relato muy ameno e interesante recoge gran número de enseñanzas de la sabiduría de la India. Y ha vuelto a renovar mi sorpresa con su última novela, Cartas desde el Nirvana, donde consigue tejer una inspiradora trama donde son reveladoras esas cartas desde el Nirvana que va recibiendo el protagonista y que habrán de mutar su psicología y ofrecerle elevados conocimientos para procurarle un sentido a la vida. Te felicito Raúl, y no dejes de volver a asombrarme, más si cabe, con una tercera novela.¨ Pídela en la Editorial Círculo Rojo:http://editorialcirculorojo.com/cartas-desde-el-nirvana/ [2] Raúl Santos Caballero es colaborador de Yoga en Red y autor del blog En busca del Ser [3]. Su último libro es Las sandalias del Buscador. [4] raulyogos@gmail.com [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2015/12/cartas.jpg [2] http://editorialcirculorojo.com/cartas-desde-el-nirvana/ [3] http://raulsantoscaballero.blogspot.com.es/ [4] http://www.yogaenred.com/2015/09/24/libros-las-sandalias-del-buscador-de-raul-santos-caballero/

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La relación con los demás
Publicado el 2 Dec, 2015

Somos seres de relación. Estamos abocados a relacionarnos con el resto de personas y seres que ocupan este planeta. Desde que nacemos requerimos atenciones, mientras vivimos podemos prestar las mismas y en las postrimerías necesitaremos nuevamente cuidados de los demás. De un modo u otro modo, la vida se encarga de acercarnos a los demás, y es ahí donde la calidad de las relaciones dará sus frutos. Escribe Raúl Santos Caballero. [1] La relación, a diferencia del encuentro, debe ser moldeada y perfeccionada. Con frecuencia el resultado de una relación es la mezcla de los contenidos de las personas que la componen, pero por otra parte la ley de impermanencia también condiciona el desgaste de las relaciones, pues éstas no escapan a su naturaleza de transitoriedad. Por ello, las relaciones son el claro reflejo de nuestra capacidad de manejarnos e interactuar con las demás personas, ya que permiten en muchos casos dejar visibles nuestras carencias o erróneos puntos de vista, y trazan una vía de aprendizaje que comienza siempre desde uno mismo. Nos podemos relacionar desde el ser o desde el ego. Si permitimos que el ego medie, nos veremos atravesando continuas veces una neblina que no nos dejará ver a la otra persona en cuestión, pues se verá coloreada, rotulada, etiquetada y le arrogaremos cualidades incluso de las que carece. El ego, desde su autodefensa, tratará de proyectar en los demás connotaciones que surgen muchas veces de nuestras propias deficiencias, pues ante la inseguridad y el miedo de enfrentarnos a ellas, preferimos verlo argumentado en los demás. Esa visión empañada nos hace creer lo que no es y no nos permite ver lo que es. Así se pierde la fluidez en el canal de comunicación (que no siempre es verbal), pues con tanto tráfico de mensajes se produce un alejamiento de la realidad. Relacionarnos es compartir el mismo escenario vital con los demás seres. Hagamos por reconciliarnos primero con nosotros mismos y estaremos más capacitados para intercalar con los demás. Hagamos del ego un secretario, pero que no se inmiscuya más de lo necesario. Hagamos de las relaciones un aprendizaje para explorarnos y aprender. Todos tenemos algo que contar. Veamos que emociones negativas emergen cuando nos relacionamos, como envida, rabia, celos..., y tratemos de amplificar otras cualidades positivas como paciencia, comprensión, ecuanimidad... Relacionémonos desde la firmeza, sin aprovecharnos y sin ser aprovechados, sin desconsiderar y sin ser desconsiderados. Somos un planeta conformado por seres sintientes que necesitamos todos de todos. Hagamos por equilibrar y armonizar cada una de nuestras relaciones, para así, enriquecernos de las mismas. El buscador entiende que en el camino no se halla solo, pues parte de él se basa en interactuar con los demás. Sabe que es de todos y de nadie, y que aunque ha emprendido un viaje de relación hacia dentro, comprende que son las externas en donde se verá reflejado el equilibrio que emana de uno.   [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2015/12/relaciones-personas.jpg

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