Arjuna

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Imparare a sciogliere in meditazione come un abbraccio
Publicado el 13 Apr, 2018

Cuando damos un abrazo, lo primero que hacemos es abrir los brazos y el pecho, hacer espacio delante de nosotros. Y entonces, al envolver con ellos a la otra persona, ya no estamos solos, ya no estamos vacíos. Escribe Julián Peragón (Arjuna). [1] Aparentemente hay entre nuestros brazos otro, pero no es verdad: el abrazo sincero amasa los cuerpos y congrega corazones en una sola esfera. No somos dos sino uno, una nueva entidad en la que hemos abolido las diferencias. Dicen que el primer acto de la creación fue un acto de amor. Dios, en su plenitud e infinitud, lo primero que hace es contraerse, dejar espacio para que aparezca lo otro, la creación. El verdadero amor no es dar un paso hacia el otro sino, más bien, vaciarse de uno mismo, hacer hueco en el corazón y escuchar en silencio. Eso mismo hacemos en meditación en la última etapa: amar más allá de nuestro yo, abrazar profundamente el sufrimiento del mundo, como si nuestro arrobamiento pudiera destilarse en lluvia, en brisa, en luz, y así llegar a cada uno de los seres de este planeta y amortiguar su sufrimiento. Ese es el objetivo más noble: meditar para aligerar el sufrimiento del mundo. Julián Peragón Arjuna, formador de profesores, dirige la escuela Yoga Síntesis [2] en Barcelona. Es autor del libro Meditación Síntesis (Ed. Acanto). Su último libro es La Síntesis del Yoga. Los 8 pasos de la práctica. [3]Editorial Acanto. [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2018/04/Abrazo.jpg [2] http://yogasintesis.com/ [3] http://www.yogaenred.com/2017/05/29/libros-la-sintesis-del-yoga-por-julian-peragon/

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Meditar como la semilla que germina
Publicado el 19 Feb, 2018

La vida está llena de paradojas, y el camino espiritual se lleva el premio gordo. La filosofía perenne no deja de clamar, y con razón, que el Ser que somos ya está presente en cada uno de los momentos que vivimos y en los actos que realizamos. Escribe Julián Peragón (Arjuna). [1] Somos perfectos, y sin embargo, lo olvidamos. Jamás hemos dejado, ni por un momento, de ser la esencia que nos habita, y no obstante no dejamos de buscarla, como si la hubiéramos perdido. Ser y llegar a ser es la cuadratura del círculo en el mundo espiritual. Podemos acercarnos al misterio de esta paradoja a través del símbolo de la semilla. Las semillas suelen ser pequeñas, y cuando las abrimos, todavía nos encontramos con un hueco más, con otro inesperado vacío. La semilla parece decirnos que, en verdad, no somos nada, pero que sorprendentemente de esa misma vacuidad surge la vida y se despliega todo. La semilla es el fruto y el fruto la nueva semilla, principio y final de una misma realidad, procesos distintos que se encadenan y complementan. Y ése es nuestro punto de partida: somos semilla, pero podemos desplegarnos a través del árbol para ser también fruto. En la semilla está inscrito el fruto arquetípico, pues no huele, ni sabe, ni tiene color. Es pura potencialidad, todavía anhelo o sueño, impulso o proyecto, el cero contenido antes de la creación. La semilla ya lo tiene todo, pero le falta una actualización a través del tiempo, le falta el agua de la lluvia y buena tierra, el calor y la luz del sol, y el viento para poder fecundar. Le falta la mano amable del jardinero. Con la meditación dibujamos un árbol en nuestro interior, con cada respiración sembramos y regamos, podamos y sulfatamos. Si tenemos la suficiente paciencia, veremos crecer el árbol, y veremos caer la fruta madura. No nos cabe la más mínima duda: la meditación nace en uno como semilla para morir después como fruto que se comparte. [2]Julián Peragón Arjuna, formador de profesores, dirige la escuela Yoga Síntesis [3] en Barcelona. Es autor del libro Meditación Síntesis (Ed. Acanto). Su último libro es La Síntesis del Yoga. Los 8 pasos de la práctica. [4]Editorial Acanto.   [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2018/02/Semilla_germinada.jpg [2] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2017/06/Julian_Peragon_Arjuna3.jpg [3] http://yogasintesis.com/ [4] http://www.yogaenred.com/2017/05/29/libros-la-sintesis-del-yoga-por-julian-peragon/

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Navigare con la stella interiore
Pubblicato il 29 gennaio 2018

Todo buen navegante teme adentrarse en alta mar. Su experiencia le ha hecho consciente de la fragilidad del pequeño cascarón del barco ante la inmensidad de las aguas que lo soportan. El mar, como la vida, a veces es calmo pero otras se enfurece, nos sacude con olas gigantescas o nos estrella contra arrecifes camuflados. Y, sin embargo, el navegante ama profundamente el mar. Escribe Julián Peragón (Arjuna). [1] Mientras se eleva el sol, el rumbo del barco sigue la estela de los reflejos marinos hacia un punto trazado del horizonte, pero cuando cae la noche, los antiguos marineros perdían las referencias inmediatas y sólo les quedaba la posibilidad de elevar la cabeza y observar las estrellas. Silenciosamente, las estrellas siguen su camino, pero ese peregrinaje no es caótico, como podría parecerle a la persona mundana que no encuentra el tiempo, dentro de su apretada agenda, para pararse y mirar el cielo estrellado. La bóveda celeste gira en torno de la estrella polar, alineada con el eje del mundo. Si el navegante experto puede atravesar los mares nocturnos es porque allá arriba reina un orden preciso, roto momentáneamente por la estela de una estrella fugaz, que nos abre al asombro de que la esfera celestial de terciopelo negro está viva. La estrella, cuya luz ha viajado miles o millones de años, trae consigo una invitación a seguirla. Más allá del horizonte mental está la infinidad de lo que somos: constelaciones que nuestra más fina sabiduría hila en una filosofía de vida. Ahora bien, entre todas esas estrellas de nuestro firmamento interno, entre la multiplicidad, hay una que en este preciso momento coincide con nuestra coronilla. Para los antiguos, las estrellas eran difuntos que nos observaban o ángeles que nos custodiaban; para nosotros, son arquetipos que buscan encarnarse, cualidades del alma que van desde el amor hasta la verdad, desde la libertad hasta la fe, luminarias que nos sirven en la vida para no perder el norte, para luchar a menudo a brazo partido contra la mentira del mundo, la indiferencia ante el sufrimiento, la esclavitud de nuestras necesidades o la confusión de nuestras creencias. Así, los cielos nos hacen de espejo para recordarnos lo esencial, y de brújula para no perdernos en la búsqueda. [2]Julián Peragón Arjuna, formador de profesores, dirige la escuela Yoga Síntesis [3] en Barcelona. Es autor del libro Meditación Síntesis (Ed. Acanto). Su último libro es La Síntesis del Yoga. Los 8 pasos de la práctica. [4]Editorial Acanto.   [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2018/01/Estrellas.jpg [2] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2017/06/Julian_Peragon_Arjuna3.jpg [3] http://yogasintesis.com/ [4] http://www.yogaenred.com/2017/05/29/libros-la-sintesis-del-yoga-por-julian-peragon/

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Desaparecer como el ojo en el paisaje
Publicado el 18 Jan, 2018

El ojo puede verlo todo… menos a sí mismo. Tendremos que recurrir a mecanismos indirectos, como el espejo o la cámara, para poder ver nuestra mirada. Vayamos un poco más allá: un ojo tiene una morfología precisa (el iris, la córnea, la pupila, el cristalino, etc.), pero ¿es el ojo el que ve o más bien vemos a través del ojo? Escribe Julián Peragón (Arjuna). [caption id="attachment_33492" align="aligncenter" width="605"] [1] (c) Can Stock Photo / Alexis84 [2][/caption] Cuando miramos a los ojos a una persona, nos podemos entretener fijándonos en el color de sus ojos, en su forma, su movimiento, etc., pero si afinamos la atención, nos damos cuenta de que hay algo más allá de los globos oculares. Sin duda hay alguien, un ser que nos mira, una inteligencia o tal vez una chispa del mismo espíritu. En nuestra mirada de los ojos podemos quedarnos en el objeto (los ojos), o en el sujeto (la mirada). Podemos discriminar. Cuando miramos un árbol, por ejemplo, nos damos cuenta de que nosotros no somos el árbol porque la información sensorial nos dice que él está en el jardín y nosotros dentro de casa y que, por llevarlo hasta el absurdo, cuando nosotros nos vamos a dar una vuelta el árbol se queda donde estaba. Sin embargo, cuando miramos nuestra mano también podemos tener la certeza que no somos la mano porque, aunque ésta vaya con nosotros a todos lados y podamos incluso sentir su dolor, si ocurriera un accidente y nos la tuvieran que amputar, no dejaríamos por ello de ser quienes somos. Lo tenemos claro con las percepciones, las sensaciones, los sentimientos y hasta con los pensamientos. Los percibimos, los sentimos, a menudo los sufrimos, forman parte de nuestra experiencia, pero son efímeros, volátiles, cíclicos. Están y dejan de estar, se transforman en otra cosa; incluso nos identificamos con ellos, pero no son nuestra esencia, fiel a sí misma. En tanto que podemos percibir nuestros pensamientos sabemos, sin lugar a dudas, que son un objeto de nuestra conciencia, pero no la conciencia misma. Recordemos: todo lo que ve el ojo forma parte de su visión y lo único que no está incluido en ella es el mismo ojo que ve. Nosotros, en el fondo, somos el ojo, el sujeto, el que experimenta, y no podemos experimentarnos a nosotros mismos a menos que nos convirtamos en objetos (cosa, de entrada, imposible). Nosotros somos el que ve, el Vidente, el que evidencia lo que vive. Somos el espectador que ve la película en la pantalla, pero no está en la película. El árbol, el jardín, la mano, nuestras emociones y sentimientos, lo que pensamos íntimamente transcurre en la película que podemos ver, pero nosotros estamos fuera, en el patio de butacas. El Ser que somos no ocupa un espacio y no aparece en un tiempo determinado. El ser es aespacial y atemporal: estamos fuera de la corriente del tiempo. Vivimos, por así decir, en el eterno presente que se da ahora mismo, en ningún sitio más. El cielo azul, las nubes, el sol, el bosque que tenemos delante, nuestra casa y el árbol son objetos que flotan en nuestra consciencia. Están dentro de nuestra visión, pero nosotros somos la visión. Somos, por tanto, el espacio donde todos esos objetos tienen cabida, pero no somos otro objeto más. Somos el sujeto que percibe, el Testigo. A menudo encontramos una confusión en el lenguaje que emplea la Nueva Era cuando habla de espiritualidad. Se nos insinúa que en meditación profunda vamos a experimentar nuestro Ser, y creemos entonces que ese encuentro con uno mismo será de dimensiones cósmicas. No obstante, aunque percibamos colores, escuchemos sonidos o veamos divinidades en nuestra experiencia cumbre, lo cierto es que todo eso está dentro de la experiencia y no es propiamente el Ser o el Testigo, pues éste es puro sujeto, espacio donde se da la experiencia. En otras palabras, no podemos experimentar directamente el Ser porque somos él mismo. Podemos, eso sí, reconocernos en su reflejo, tal como el ojo se percibe a través de su imagen en el espejo. [3]Julián Peragón Arjuna, formador de profesores, dirige la escuela Yoga Síntesis en Barcelona. Es autor del libro Meditación Síntesis (Ed. Acanto). Su último libro es La Síntesis del Yoga. Los 8 pasos de la práctica. Editorial Acanto. [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2018/01/Ojo_nubes.jpg [2] https://www.canstockphoto.es [3] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2017/06/Julian_Peragon_Arjuna3.jpg

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Imparare a stare nel centro della ruota della vita
Publicado el 21 Dec, 2017

Es cierto que la vida es un ir y venir de experiencias, y que éstas se inscriben en un círculo de vivencias, unas más felices que otras. Ese gran círculo es el círculo de nuestra vida, que además está enlazado con numerosos círculos de vida de otros. Escribe Julian Peragón (Arjuna). [caption id="attachment_33170" align="aligncenter" width="605"] [1] (c) Can Stock Photo / scenery1 [2][/caption] Esa rueda gira y gira, pero no se ve claro adónde va: parece dar vueltas sobre sí misma. Lo que estaba en la base de la rueda tarde o temprano aparece en la cúspide, lo que estaba subiendo bajará, y así sucesivamente. Es tremendo constatar que no podemos fijar la rueda de nuestra vida: no podemos pararla en el momento de gloria o de triunfo, no podemos pararla a determinada edad o en determinada situación. La rueda gira y parece atravesar todo el abanico humano: el éxito y el fracaso, el deseo y su ausencia, el encuentro y el desencuentro. Atrapados en los vericuetos de la rueda, creemos que las circunstancias que vivimos son lo que aparentan, y que son buenas o malas. Igual que el burro en la noria, perseguimos las circunstancias en forma de zanahoria y huimos de aquellas que tienen pinta de palo. No nos damos cuenta de que toda circunstancia inscrita en un círculo está a la misma distancia del centro: toda circunstancia es en sí misma neutra. De hecho, el círculo tiene sentido porque hay un centro. Las experiencias vistas desde la periferia acogen el sentido inmediato, pero vistas desde la perspectiva del centro, donde contemplamos la globalidad del círculo, las experiencias adquieren un sentido más profundo, un sentido vislumbrado o querido. El centro es el único punto de la rueda que está en quietud; es el Ser que somos el que está en ese centro, desde donde surge la globalidad de nuestra esencia. Identificarnos con algún punto de la rueda nos lleva al sufrimiento porque ese punto no lo movemos nosotros, sino el destino. En meditación intentamos trazar un radio desde cada punto hasta su centro, desde cada experiencia dolorosa, placentera o indiferente… pero no siempre acertamos a saber qué significa esto que estamos viviendo, no siempre podemos comprender la ligazón de nuestros actos contingentes. Hay que tener paciencia, poco a poco desde el centro en quietud, nuestra visión se vuelve clara. Meditación Síntesis. Julián Peragón. Editorial Acanto [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2017/12/RuedaVida.jpg [2] https://www.canstockphoto.es

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Meditare e che scorre come un onda
Publicado el 7 Dec, 2017

Somos gravedad y elevación, pero también ritmo. Late el corazón y respira el cuerpo, la noche sucede al día, las estaciones giran cada año, la vida pasa y se renueva… Somos, qué duda cabe, ritmo dentro de otros ritmos, y eso, precisamente, es lo que nos recuerda nuestra respiración: que hemos de fluir entre un ritmo y otro. Escribe Julián Peragón (Arjuna). [1] Cuando escuchamos la respiración, estamos bailando con el llenado y el vacío, con la tensión y la distensión, con el coger y el soltar. La respiración nos dice, a su manera, que todo está interrelacionado, que el adentro y el afuera se asemejan, se relacionan, se intercambian. En cada inspiración, el universo entero espira dentro de nosotros, y en cada espiración nos diluimos en esa misma totalidad que nos envuelve. La respiración hace añicos la ilusión de separación que marca la piel y que nuestros sentidos recrean. Seguramente, en cada nueva bocanada de aire estamos inhalando el mismo aire que han respirado infinitas veces todos los animales y plantas de este planeta azul. Podríamos decir que la respiración, con el paso del tiempo, cose por dentro a todos los seres vivos en un manto energético. En su fluir permanente, la respiración nos dice que somos cambio. Como la ola, la respiración va y viene; ahora está arriba y ahora abajo. De entrada, sólo vemos su movimiento, su crecida y su bajada, pero poco a poco nos damos cuenta de que esa ola, y la siguiente, y todas ellas, nacen y mueren en el océano. El océano ha estado siempre ahí, eternamente; la ola sólo aparece en su superficie, vinculada con el viento. La ola, la respiración -en definitiva, nosotros mismos- puede creer que es autónoma, que está separada… hasta que cae y se diluye en la arena, en la roca, en el mismo mar que la vio nacer.   [2]Julián Peragón Arjuna, formador de profesores, dirige la escuela Yoga Síntesis [3] en Barcelona. Es autor del libro Meditación Síntesis (Ed. Acanto). Su último libro es La Síntesis del Yoga. Los 8 pasos de la práctica. Editorial Acanto. [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2013/03/Mar.jpg [2] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2017/06/Julian_Peragon_Arjuna3.jpg [3] http://yogasintesis.com/

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Meditare come una pioggia di pulizia
Publicado el 29 Nov, 2017

Un símbolo es un atajo para la memoria. Si estamos suficientemente sensibles, es una llave para abrir un mundo arquetípico donde nuestra alma despliega sus batallas heroicas. Escribe esta serie de “La meditación en los símbolos” Julián Peragón (Arjuna). [1] Maravillosamente, tarde o temprano, el cielo hace el amor con la tierra a través de una lluvia fecundante. La nube se licúa y la tierra se embebe, el cielo oscuro se clarea mientras que la tierra reverdece. El ciclo de la vida se pone en marcha: agua y tierra, viento y sol amasan cada semilla, la nutren, la riegan, la caldean y la ventilan. Cuando recorremos meticulosamente nuestro cuerpo de arriba abajo, por delante y por detrás, también asistimos a una lluvia purificadora. Acompañada de respiración, nuestra intención desincrusta, arrastra y limpia tensiones, dolores, inflamaciones… Con nuestro bisturí mental, deshacemos un traje reseco y encorsetado para colocarnos otro nuevo, flexible y permeable, sensible y placentero. [2]Julián Peragón Arjuna, formador de profesores, dirige la escuela Yoga Síntesis [3] en Barcelona. Es autor del libro Meditación Síntesis (Ed. Acanto). Su último libro es La Síntesis del Yoga. Los 8 pasos de la práctica. Editorial Acanto. [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2017/11/Lluvia_sintesis.jpg [2] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2017/06/Julian_Peragon_Arjuna3.jpg [3] http://yogasintesis.com/

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Meditare come un ramo permeabile
Pubblicato il 21 novembre 2017

Un símbolo es un atajo para la memoria. Si estamos suficientemente sensibles, es una llave para abrir un mundo arquetípico donde nuestra alma despliega sus batallas heroicas. Escribe esta serie de “La meditación en los símbolos” Julián Peragón (Arjuna). [caption id="attachment_32714" align="aligncenter" width="605"] [1] (c) Can Stock Photo / coka [2][/caption] Todo árbol se yergue a través de sus ramas para alcanzar la luz del cielo, pero este esfuerzo no sería posible si, simultáneamente, sus raíces no penetraran en la oscuridad de la tierra para soportar dicha elevación. Paradójicamente, las ramas son como raíces osadas que atraviesan el espacio, mientras que las raíces son ramas más bien tímidas que buscan el refugio seguro de la tierra. En todo caso, la belleza del árbol radica en la majestuosa vertical que enlaza cielo y tierra. Ese fruto que comemos gustosamente es el producto mágico del encuentro de dos impulsos: el nutriente de la tierra fértil que sube y la cálida luz solar que desciende. En cierta medida, el ser humano también está plantado en la tierra y también aspira a una elevación, en este caso, espiritual. Nuestra columna es el tronco, nuestros pies y piernas las raíces, y nuestras manos y brazos, las ramas. Tanto el árbol como el ser humano tenemos conductos sutiles por donde circula la energía, y de eso se trata: de aprender a meditar como las ramas permeables que se mecen con el viento y que ceden y ceden al peso jugoso de sus frutos. Julián Peragón Arjuna, formador de profesores, dirige la escuela Yoga Síntesis [3] en Barcelona. Es autor del libro Meditación Síntesis (Ed. Acanto). Su último libro es La Síntesis del Yoga. Los 8 pasos de la práctica. Editorial Acanto. [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2017/11/Meditar_manosEspalda.jpg [2] https://www.canstockphoto.es [3] http://yogasintesis.com/

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Imparare a meditare come una montagna
Publicado el 9 Nov, 2017

Un símbolo es un atajo para la memoria. Si estamos suficientemente sensibles, es una llave para abrir un mundo arquetípico donde nuestra alma despliega sus batallas heroicas. Escribe esta serie de “La meditación en los símbolos” Julián Peragón (Arjuna). [caption id="attachment_8545" align="aligncenter" width="605"] [1] (c) Can Stock Photo / BVDC [2][/caption] Quienes han subido cumbres saben que el mismo cielo parece estar al alcance de la mano. El aire puro, el horizonte inmenso, el silencio profundo, la cercanía de las nubes… nos transportan a una quietud del ánimo, más allá de la vorágine de la vida de allá abajo. Las montañas son puntos de encuentro entre el cielo y la tierra; de ahí que muchas de ellas se consideren montañas sagradas, cuyo peregrinaje asegura un lugar en el cielo prometido. Cuando meditamos, estamos imitando el silencio y la tranquilidad de las cumbres. Estamos recuperando de nuevo el peso, la estabilidad y la permanencia de la montaña. Meditar como una montaña es hacer sin hacer nada, permitiendo que florezca la primavera y se marchite el otoño, sin oponernos al calor del verano ni al intenso frío del invierno; sin apostar por la cara norte o por la cara sur. La montaña simplemente permanece allí, anclada en la eternidad, tolerante, aceptando todo lo que existe, sin juzgar a la frágil florecilla ni a la espinosa zarza. Meditar como una montaña es sentir en profundidad que no somos nosotros quienes meditamos desde el orgullo, sino que es el universo mismo el que ha rellenado todos nuestros huecos, y germina, crece, se marchita y muere, para volver a renacer. Podríamos decir que no somos nosotros los que empujamos la vida sino ésta la que nos sacude desde dentro y nos enviste o acoge desde fuera. [3]Julián Peragón Arjuna, formador de profesores, dirige la escuela Yoga Síntesis en Barcelona. Es autor del libro Meditación Síntesis (Ed. Acanto). Su último libro es La Síntesis del Yoga. Los 8 pasos de la práctica. Editorial Acanto. [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2013/07/Yoga-naturaleza.jpg [2] https://www.canstockphoto.es [3] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2017/06/Julian_Peragon_Arjuna3.jpg

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Meditare come se fossimo una canna di bambù
Pubblicato il 23 ottobre 2017

Un símbolo es un atajo para la memoria, la personal pero también la colectiva. Si estamos suficientemente sensibles, es una llave para abrir un mundo arquetípico donde nuestra alma despliega sus batallas heroicas. Escribe esta serie de “La meditación en los símbolos” Julián Peragón (Arjuna). [caption id="attachment_32128" align="aligncenter" width="534"] [1] (c) Can Stock Photo / iofoto [2][/caption] La caña de bambú nos ayuda a comprender algunas cualidades que desarrollamos en esta etapa de la meditación. Cuando se siembran semillas de bambú, parecería que durante años no ocurre realmente nada, como si se hubieran podrido o hubieran sido plantadas en tierra yerma. Sin embargo, pasados unos años, de repente brotan y crecen muchos metros en pocas semanas. ¿Qué es lo que ha ocurrido? Que durante los años en los que aparentemente no estaba sucediendo nada, el bambú estaba creando una red de raíces muy fecunda, que es la que permite más tarde un crecimiento tan veloz. A menudo, en nuestro proceso meditativo ocurre lo mismo: meditamos y meditamos, sin que aparentemente nada ocurra, ninguna experiencia significativa, ningún cambio radical de perspectiva… hasta que un buen día aparecen claramente los resultados. El proceso meditativo requiere mucha paciencia y confianza en que se está llevando a cabo adecuadamente, a pesar de la carencia de resultados esperados. Por otro lado, el bambú también es un buen símbolo de verticalidad flexible: apunta recto hacia la infinitud del cielo pero se mece con el viento, como el caminante, que ajusta cada paso a las irregularidades del terreno sin olvidar la dirección de su camino. Cuando golpeamos una caña de bambú suena a hueco, y esa oquedad se convierte en una nueva invitación al vacío interior. Llenos de nosotros mismos, de nuestra importancia personal, no podemos saborear el momento presente, no podemos ser mediadores entre la tierra y el cielo, entre nuestro cuerpo y nuestro espíritu… no podemos establecer un diálogo entre nuestras necesidades y nuestras idealidades. Meditación Síntesis. Julián Peragón. Editorial Acanto [3]Julián Peragón Arjuna, formador de profesores, dirige la escuela Yoga Síntesis en Barcelona. Es autor del libro Meditación Síntesis (Ed. Acanto). Su último libro es La Síntesis del Yoga. Los 8 pasos de la práctica. Editorial Acanto. [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2017/10/Meditar-bambu.jpg [2] https://www.canstockphoto.es [3] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2017/06/Julian_Peragon_Arjuna3.jpg

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