Yoga y Filosofía

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‘Sat Cit Ananda’, la dicha de una existencia consciente
Publicado el 6 Abr, 2018

Sobre el tema del "estar presentes" se ha hablado mucho. ¿Qué significa? ¿Son reales el pasado y el futuro? ¿Se puede permanecer en el presente?  ¿Cuáles son los obstáculos? Veámoslo a la luz de Sat Cit Ananda. Escribe Nale Parada. [1] A veces, las palabras apuntan hacia capas de realidad distintas. Si nos detenemos, presentes, a pensar en el presente, podemos ver que, desde un punto de vista lógico, no podemos dejar de estar en el presente aunque estemos pensando en el pasado y proyectando el futuro. Por mucho que queramos no estar en el presente o irnos al pasado y al futuro, siempre estaremos en el presente. Pero, sin embargo, nunca lo podemos sostener. Hay un factum sobre el sufrimiento en los Yoga Sutras, compartido por muchas filosofías sapienciales, que me parece de gran importancia para comprender esta cuestión vital.  Ese factum es el “dolor existencial ante la inevitable impermanencia de la vida”. Cuando pensamos sobre el “eterno presente”, aceptando que lo único permanente del presente es su constante impermanencia, podemos empezar a acercarnos al problema de fondo, que radica en el hecho de pensar en pasado o en futuro. Cómo decía Epícteto y más pensadores actualmente: el pasado y el futuro no existen, es decir, no existen nunca en presente. Sin embargo, “cogito ergo sum”, pienso y existo, sí que existe en el presente. No hay nada menos filosófico, es decir, menos sanador para la mente, las emociones y el alma humana, que alejarnos de la Verdad. Del mismo modo que no podemos transformar el sufrimiento que no aceptamos, la evasión de la realidad y la ignorancia son generadoras de sufrimiento. Otro factum compartido por todas las sabidurías es que el mal, ese “mal” que nos genera y genera sufrimiento, es ignorancia. Desde aquí, podemos observar el pasado y el futuro como un falso consuelo de la mente ante la evidencia de la “impermanencia”. Es cómo si la mente pudiera poseer el pasado recordándolo y crear el futuro imaginándolo. Y, de paso, construir ese falso yo  hecho de esas imágenes mentales, impresiones, sensaciones, valoraciones que conforman esa película siempre distinta que cada uno nos montamos y que conforma lo que llamamos “ego”.  Es interesante observar cómo su tamaño es proporcional al de nuestra ignorancia, es decir, a la medida en que confundimos dicha “construcción creativa” con la realidad. Su fortaleza depende del apego o identificación con esas representaciones mentales e irreales. Profundizando, uno de los trasfondos del  estigma sobre el pensamiento pasado y futuro son el apego y la falta de aceptación que suelen asociarse. El problema de pensar en el pasado no es el hecho en sí, sino la frustración, el apego y la irrealidad que puede generar el hecho de “desear que las cosas fueran de otro modo” o “el desear que las cosas ahora fueran como entonces”. El problema de pensar en el futuro son todas las posibilidades relacionadas, de nuevo, con el deseo, el miedo, la evasión de la realidad y la aceptación. Creo que casi todos conocemos esa sensación de “se me pasa la vida o se me escapa el tiempo”, tan alentada por nuestra cultura, al estar tan ocupados construyendo futuros siempre presentes que nunca lo son. Estar presentes: despiertos, conscientes, conectados Y es que la cuestión es que la “inevitabilidad del presente” no obliga a la “presencia”. Cuando tomamos consciencia sobre nuestras vidas, vemos que uno de esos aspectos es aceptar la mencionada impermanencia: todo cambia constantemente. El estar presente al que se refiere la sabiduría es estar despierto, consciente, conectados a nuestra verdad interior y sabiduría. Es decir, conectados a nuestro Ser. Ningún sabio ha dejado de pensar por serlo; sin embargo, su pensamiento no es vacuo y estéril. El trasfondo de estas cuestiones versa sobre el deseo, el apego y la identificación. Pero hay que acceder a ellos desde la experiencia y la comprensión. Desde allí, por ejemplo, podemos comprender por qué las sabidurías plantean que el placer puede generar sufrimiento. No es culpa del placer en sí, sino de la no comprensión de la impermanencia y de nuestro apego, pilares que impiden la aceptación y sostienen nuestra ignorancia. Una vez un swami me explicó Sat Cit Ananda preguntándome primero cuáles eran las necesidades humanas fundamentales. Entendí que no se refería a las superfluas, sino a las esenciales. Concretaré más las preguntas: ¿Qué necesita tu organismo? Sat, existir, vivir. ¿Qué necesita tu mente o psichè? Cit, comprensión, sabiduría. ¿Qué necesita tu Ser o tu alma? Ananda, dicha, amor, paz, felicidad interior. Este es el modo en el que puedo explicar más fácilmente el tema de la “presencia”. En la práctica de yoga suelo proponer que conecten con las sensaciones internas del organismo como si las palabras no existieran y que observen lo fácil que desde allí es simplemente Ser, existir. Entonces, propongo que lleven consciencia a esa existencia, Cit, y que simplemente observen la dicha de una existencia consciente: Ananda. Ser conscientemente y disfrutarlo: Sat Cit Ananda. Aunque sea tan sólo un presente, esa ráfaga de impermanencia ayuda a intuir lo que es auténticamente estar presente. [2]Nale Parada. Licenciada en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Acharya de yoga formada en diversas escuelas, lleva más de veinte años en el mundo del yoga y su enseñanza. Directora de la Formación de Profesores de Yoga de la Asoc. de Yoga y Filosofia. http://formacion-yoga.org/ [3]   [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2018/04/Sat-Cit-Ananda.jpeg [2] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2017/09/Nale.jpg [3] http://formacion-yoga.org/

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Vivir intensamente
Publicado el 1 Feb, 2018

Vivir intensamente no tiene nada que ver con hacer, ni con consumir la felicidad que nos venden con productos externos, sino con vivir de forma auténtica, lo cual implica ser honesto y coherente con uno mismo. ¿Te has planteado que significa para ti vivir intensamente? Escribe Montse Simón. [1] Una amiga me contó una vez que estando en una reunión en la que se daba vueltas a temas irrelevantes y superficiales, dijo mientras se levantaba: “Lo siento, pero me estoy muriendo”, y se marchó. Fue su manera de expresar que no le interesaba malgastar el tiempo en conversaciones y relaciones que no sumasen a un vivir pleno y consciente. Recuerdo que cuando me lo contó me pareció un poco exagerado, pero había una gran verdad en sus palabras y su acción: desde que nacemos estamos muriendo y es importante valorar de qué modo queremos vivir. La muerte como horizonte nos plantea la cuestión sobre lo que significa vivir. Hay un vivir que tiene que ver con la actividad interna que poseen los seres vivos. Pero hay un vivir que tiene que ver con el sentido de ser y con la dicha que proporciona el pleno desarrollo de ese ser. Cuando nos preguntamos por la vida y su sentido cabe cuestionarse también: ¿qué significa vivir intensamente? Hagamos la prueba. Antes de seguir leyendo piensa a qué te suena si te hablo de vivir intensamente. En el cine, en los anuncios de televisión, en las redes sociales, en las revistas, en algunos libros y en los medios de comunicación en general, se transmite a menudo la idea de que vivir intensamente es hacer muchas cosas y por supuesto  todas ellas de nuestro agrado. Parece que vivir intensamente sea sinónimo de hacer actividades que nos suban la adrenalina (parapente, puenting, salto base y deportes de aventura varios), viajar, salir de marcha, comer copiosamente, hacer “locuras”, apuntarse a un bombardeo... Esta es una imagen muy falseada de lo que significa vivir intensamente y por ende la felicidad. Vivir intensamente no tiene nada que ver con hacer, ni con consumir la felicidad que nos venden con productos externos. Vivir intensamente tiene que ver con vivir de forma auténtica, lo cual implica ser honesto y coherente con uno mismo. La intensidad de la vida no se mide en cantidad, no tiene que ver con que una vida sea larga o corta, sino que se mide en calidad. Y la calidad, de nuevo, no se mide en cantidad, si haces más o menos cosas, o si tienes más o menos cosas, sino en profundidad, en veracidad y en la paz que una encuentra en la coherencia con lo que es. La muerte invita a saber elegir Resulta entonces que un tema tan tabú como la muerte nos invita mirar si estamos viviendo una vida auténtica o si nos limitamos a seguir gustos ajenos, o pequeños placeres que en lugar de conducirnos a lo más auténtico de nosotros nos conducen en la dirección opuesta. En la Kaṭha Upaniṣad hay un momento en el que el dios de la Muerte elogia al joven protagonista de la historia por su capacidad de saber distinguir entre lo que verdaderamente conduce hacia el conocimiento de sí mismo y lo que no. Naciketas distingue claramente  lo que es más placentero pero pasajero de aquello que, aunque a corto plazo no resulta lo más placentero, a la larga le aporta el mayor de lo bienes. Ese bien mayor consiste en descubrir su esencia, más allá del cuerpo físico, de las posesiones, la familia, los amigos y los roles sociales. Ambos, lo mejor y lo placentero, se presentan al hombre. Los sabios lo valoran, ven la diferencia y eligen lo mejor por encima de lo placentero. Pero el tonto elige lo placentero, en lugar de lo que es beneficioso” (Ka. Up. 2.2) Hay que comprender que el mensaje no dice que tengamos que renunciar a lo placeres por el hecho de ser placeres, ni que lo mejor no pueda, en un momento dado, ser placentero. A lo que se refiere es a que no siempre lo mejor es lo que más nos apetece. Tomemos el ejemplo del medicamento amargo que nos puede curar; no es lo más apetecible tomarlo, pero es lo que nos devolverá la salud. Para poder elegir lo mejor es necesario tener una visión amplia en la que podamos valorar lo que realmente suma a nuestra vida en su totalidad y tener el valor para soltar aquello que, aunque a primera vista puede resultar muy suculento, no nos conduce a lo más auténtico de nosotros mismos. Si puedes elegir entre una felicidad pasajera y otra que conduce a la plenitud total, ¿con qué te quedas? Yo elijo la segunda opción y enseguida me surge la cuestión: ¿qué significa una vida plena? Y ¿qué nivel de compromiso estoy dispuesta a tomar con la vida para ir en esa dirección? Entiendo que una vida plena es aquella en la que reconociendo nuestros límites y sabiendo distinguir cuáles son, los aceptamos plenamente. Dejamos de luchar para demostrar algo o llegar a ser algo porque comprendemos que somos y nuestras acciones emergen de la dicha de ser. Dice el filósofo Francesc Torralba hablando de la muerte como límite del ser humano: “El que reconociendo el límite no vive consternado por él, ese hombre es feliz.” Cada día tomamos un montón de decisiones y en cada una de nuestras decisiones damos pasos en una u otra dirección. A veces por comodidad, a veces por miedo, otras veces por sentir un pequeño o gran placer, actuamos en sentido contrario a la felicidad. Para poder dirigirnos a lo más auténtico de nosotros que nos ha de permitir vivir una vida intensa tenemos que estar dispuesto a morir cada día un poco, morir a lo que pensarán de nosotros, morir a las idealizaciones acerca de nosotros mismos y del mundo, morir al reduccionismo de las identificaciones, morir a las posesiones, a los juicios y creencias, morir a las comodidades y la pereza, morir como sinónimo de soltar , porque aprender morir es abrirnos a la plenitud de ser. Y tú, ¿qué es para ti vivir intensamente?, ¿en qué medida tus acciones priorizan el placer a corto plazo por encima de lo que te hace sentir más pleno o plena?, ¿cuáles son las limitaciones que no te permiten ser auténtica o auténtico?, ¿cuáles de ellas estás dispuesto o dispuesta a soltar? Estas son unas poquitas preguntas para invitarte a caminar hacia lo más profundo de ti y una vida plena. Montserrat Simón. Filósofa, especializada en India y comprometida con la filosofía práctica. Vivió en India donde se formó con distintos maestros de la tradición hindú. Imparte cursos y talleres de filosofía acercando de modo práctico y cotidiano esta disciplina a todas las personas. Además de la filosofía da clases de sánscrito y de yoga. Miembro y docente de la Asociación de Yoga y Filosofía Práctica Retiro de Semana Santa, 28-31 de marzo, Mallorca “Vivir-morir-vivir”.  Cuatro días de recogimiento, en un entorno natural, con actividades y espacios de reflexión entorno al desapego y la posibilidad de vivir de forma más auténtica, meditación y un poco de yoga (220 € en febrero) Más información y reservas: biijayoga@gmail.com http://formacion-yoga.org/index.php/yoga/retiros-de-yoga-2012.html [2] [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2018/02/Vivir_Intensamente.jpg [2] http://formacion-yoga.org/index.php/yoga/retiros-de-yoga-2012.html

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La filosofía como camino y el yoga como filosofía
Publicado el 4 Dic, 2017

Cuando organizo un curso en el que el que la filosofía es el eje central, me descubro buscando términos que substituyan la palabra “filosofía” para no asustar a nadie. El sinónimo que más fácilmente acude a mi mente es el de “sabiduría” porque para mí ese es el verdadero sentido de la filosofía. Escribe Montse Simón. [1] Muchas veces pensamos que la filosofía consiste solamente en exponer una serie de abstracciones conceptuales y debatir acerca de ellas defendiendo cada uno una postura. Desgraciadamente así ha sido para algunos llamados “filósofos”. Pero la filosofía sólo cobra sentido cuando es práctica, cuando la llevamos a nuestra vida y la reflexión es observación y conciencia. En ese caso lejos de ser una abstracción se convierte en una capacidad de observación y sorpresa ante la vida que transforma nuestra forma de vivirla. ¿En qué sentido decimos que transforma nuestra forma de vivirla? En el sentido de que dejamos de verla bajo los filtros que la veíamos habitualmente. Los filtros de juicios y opiniones que nos hemos creído y con los que lejos de observar y escuchar lo que es tal como es, nos hacían ver las cosas tal como yo pienso que son. Cuando la reflexión es indagación en uno mismo irremediablemente transforma nuestra forma de vivir porque nos sumerge en un nuevo espacio, un espacio de paz, que obviábamos a través del ruido de nuestra mente producido por el miedo a lo desconocido, el miedo al silencio y al espacio infinito. El yoga es sabiduría Hoy en día somos muchas las personas que practicamos yoga. La práctica del yoga nos ayuda a tomar conciencia del cuerpo, purificarlo con determinados ejercicios,fortalecerlo, hacerlo más flexible... Sin embargo lo realmente importante de la práctica de yoga es que nos prepara para la concentración de la mente en un solo punto. Concentrar la mente en un solo punto a su vez nos ayuda a situarnos ene el lugar del observador, y aunque cuando practicamos un reato de meditación nos concentramos en un objeto concreto (la respiración, la llama de una vela, los pensamientos que surgen...) cada día de nuestra vida, a cada momento tenemos la posibilidad de situarnos en el lugar del observador, realizando las acciones con plena conciencia, sintiendo lo que sentimos y pudiéndolo acompañar. El yoga, al igual que la filosofía, tiene sentido en cuanto nos ayuda a situarnos en el lugar del observador. El yoga es ante todo sabiduría, la sabiduría de no ser esclavos de nuestros pensamientos, emociones y circunstancias. La sabiduría que nos permite vivir los pensamientos, emociones y circunstancias de forma libre, sin identificarnos con ellas. La sabiduría que nos hace saber que la Vida que somos no se agota en nuestro pequeño personaje. El yoga es una forma de vida porque la práctica de yoga como sabiduría trans-forma (va más allá de la forma) nuestra percepción del mundo y por tanto nuestra forma de relacionarnos con él. Entonces el yoga es un camino y una filosofía, y donde digo filosofía puede decirse sabiduría, que no se reduce a prácticas físicas sino que es la conciencia que ponemos al hacer esas prácticas. En realidad el título del artículo es una media verdad, porque sólo expone la idea de yoga y filosofía como camino, pero cuando el yoga y la filosofía son integrados en todo nuestro ser, el yoga y la filosofía son entonces no sólo el camino sino el fin, o dicho de otra forma, nos damos cuenta de que el propio camino es la cima, es el fin en sí mismo, el instante presente en el que vivimos desde la conciencia sin creernos más las víctimas o esclavos de los instintos, los pensamientos, las emociones. El último testigo A veces en un acto de idealización acerca del yogui perfecto pensamos que tiene que ser como una piedra insensible. Sin embargo, la diferencia no está en sentir o no ciertos impulsos, emociones, pensamientos, sino en dejarnos o no arrastrar por ellos. Y no dejarnos arrastrar no significa luchar contra ellos sino poder observarlos sin ahogarnos en ellos porque pensamos que eso es lo que somos. Por ejemplo: siento envidia y en un primer momento me enzarzo en alimentar los pensamientos asociados a esa envidia (¡fíjate que suerte la suya! ¿por qué a mí no me ocurren estas cosas? ¡ya me ha quitado mi sitio, mi protagonismo o el coche que quería yo para mí!,etc.), es posible que inmediatamente surja un sentimiento de culpabilidad alimentado por pensamientos tales como “¿qué mal, no debería sentir envidia!, ¡qué monstruosa soy, debería estar alegrándome por la otra persona en lugar de envidiarla!, etc.”. En ambos casos hay una plena identificación con lo que sentimos, como si sólo fuésemos eso. Sin embargo existe la posibilidad de decirse “algo dentro de mí siente envidia”, o mejor aún, “veo el nudo que se me ha puesto ene le estómago cuando me han dicho que fulanito ha conseguido tal cosa”. En ese momento podemos acompañar lo que sentimos sin identificarnos con eso, porque lo que nosotros somos es el observador, el acompañante de esa emoción, ese pensamiento, el testigo último de todo lo que ocurre, el que lo ve y vierte su luz sobre lo que ve y en función del tipo de luz que vierte puede verlo más claro o más oscuro. Te invito a practicar yoga en tu vida cotidiana, no sólo como trabajo corporal sino como toma de conciencia de cada una de tus actividades, de cada emoción y pensamiento que acudan a ti. En el momento en que te des cuenta de que una emoción o un pensamiento comienzan a emerger obsérvalo, simplemente date cuenta de “está surgiendo este pensamiento o esta emoción” y en lugar de reaccionar quédate ahí acompañando lo que sientes, dándote cuenta de que lo que piensas es sólo eso, un pensamiento, pero que tú eres Algo mucho más grande que simplemente mira y desde ahí puedes actuar sin reaccionar, desde la sabiduría que te permite ver.   [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2014/09/problema-existencial.jpg

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La muerte, un proceso de transformación
Publicado el 11 Oct, 2017

La muerte es un tema tabú en nuestra sociedad. Se esconde, se habla poco de ella, se mira hacia otro lado, y cuando se presenta se intenta que todo aquello que conlleva, velatorio, ceremonias de cremación, entierros, despedidas, duelo, cierre..., sea lo más breve posible. ¿Qué tiene de malo la muerte? ¿Por qué tememos incluso mencionarla como si con ello la estuviésemos invocando? Escribe Montse Simon. [caption id="attachment_31954" align="aligncenter" width="605"] [1] (c) Can Stock Photo / Jozef [2][/caption] “Cuando una acción termina y un deseo, un pensamiento, se evaporan, hay una especie de muerte sin la sombra de un mal. Ahora piensa en los periodos de la vida, en la infancia, en la adolescencia, en la juventud, en la vejez. El paso de uno a otro periodo es una verdadera muerte. ¿Hay algo en esto de malo? (...) Lo mismo será la muerte: cesación, interrupción o cambio de toda la existencia.” (Marco Aurelio, Pensamientos) En realidad la muerte está presente por doquier. Como señalaba Marco Aurelio, el paso de un período a otro implica una muerte: muere el niño para dar paso al joven, sin embargo nadie en nuestra sociedad dice: “ha muerto el niño y morirá después el joven”. Vemos las flores caer para dar lugar a los frutos y sin embargo no nos apenamos por la muerte de la flor. Tan siquiera lo vemos como una muerte sino que en este caso percibimos la transformación. Ahora bien, cuando se trata de personas o seres queridos o bien cuando proyectamos nuestra propia muerte, entonces tendemos a conectar con sentimientos de angustia y profundo dolor. Por supuesto, existe el dolor por la pérdida, la nostalgia que nos trae el recuerdo de lo que fue. Pero ¿hasta qué punto la forma en la que percibimos la  muerte es la que condiciona en verdad el modo en qué nos relacionamos con ella? ¿Y si la muerte no existe? Cuando hablamos de muerte proyectamos una especie de fin, de ruptura, de desaparición absoluta y vacuidad angustiosa, el aniquilamiento de la vida. Incluso si imaginas un color es fácil que pienses en el negro o el gris. Y la imagen de la Muerte personificada en un esqueleto, con una capa negra y llevando una guadaña ha llegado a convertirse en una imagen arquetípica. Pero ¿qué ocurre si en lugar de definir la muerte como “cesación o término de la vida” (RAE)  la definimos como “parte del proceso de transformación de la vida”? Párate un momento a pensar en ello. Te propongo pensar primero en algunos procesos de la naturaleza: El agua del mar que se evapora y se convierte en nube y la nube en lluvia, que vuelve a la tierra y alimenta las plantas, los ríos, los mares... ¿Quién o qué muere aquí?, ¿muere el mar?, ¿muere la nube?, ¿muere la lluvia? La semilla que se rompe para brotar, que da lugar a una pequeña planta y la planta a un enorme árbol y el árbol da lugar a las flores y de las flores nacen después los frutos que nos comemos, o que vuelven a caer a la tierra y se descomponen en ella... ¿Muere la semilla?, ¿muere la planta?, ¿mueren el árbol, la flor, el fruto? El huevo que se convierte en larva y después en insecto que en algún momento es engullido por una rana y la rana comida por una serpiente... ¿Muere el huevo?, ¿muere la larva?, ¿muere el insecto?, ¿muere la rana?... ¿Dónde está el límite en el que la transformación pasa a llamarse muerte y la muerte pasa a ser entendida como fin de la vida? ¿El fin de qué vida? Si nos detenemos a observar los ejemplos que hemos puesto o si pensamos incluso en las personas, lo que muere es lo concreto, lo individual, pero la Vida no muere, la Vida sigue su curso: “Hijo mío, si alguien le hiciera un corte a este árbol en su raíz, su savia sangraría, pero seguiría viviendo. Y lo mismo sucedería si lo hiciese en el medio o en la copa. Pero como está penetrado por la vida, sigue en pie, bebe y se deleita con la vida. Si la vida abandona una de sus ramas esta se seca. Si abandona una segunda, también se seca, y si abandona una tercera rama, también se seca. Si abandona todo el árbol, entonces todo el árbol se seca. Del mismo modo, cuando la vida abandona el cuerpo, el cuerpo muere pero la vida no muere.”  (Chāndogua Upaniṣad, 6.11. 1-3) Cuando podemos pensar la muerte en términos de transformación, irremediablemente nos remite a una Vida mucho más grande y vasta que lo concreto e individual. Y a su vez, esto nos invita a reflexionar en la vida que vivimos. ¿Identificamos nuestra vida con lo concreto y lo particular?, ¿nos identificamos sólo con el cuerpo y la mente?, ¿nos vivimos como individuos concretos separados de los demás?, ¿quién soy yo y quién es el que muere cuando muere el cuerpo? Todo este tipo de cuestiones son una invitación a la Vida. Resulta que aquello que llamamos muerte tal vez sea sólo un proceso de transformación; ahora bien, la mente tiene un papel fundamental a la hora de determinar nuestra forma de vivir-morir. Igual que el tipo de flor, de fruto, o la distribución de la lluvia, dependerán de los condicionantes previos, del mismo modo nuestra forma de morir también estará condicionada por nuestra forma de vivir. Dicen que cuando dispararon a Mahatma Gandhi cayó al suelo diciendo “Sri Ram, Sri Ram”. Es decir, vivió su vida con la mente enfocada a lo divino en todos los seres y murió repitiendo el nombre de la divinidad. Si la mente crea la realidad, ¿es posible que en el momento de la muerte nos convirtamos en aquello que pensamos? Y cuando llegue el momento de esa muerte, ¿cómo querría que me encontrase? La muerte forma parte de la vida y al elegir cómo nos gustaría morir, elegimos también como queremos vivir. La Vida se expresa a través de la transformación entre muerte y vida. Cierro citando a Jñāneśvara, un santo indio del s.XII: “Los anhelos que una persona tiene mientras vive, que moran fijos en su corazón, vienen a la mente en el momento de morir.” Montse Simon es licenciada en Filosofía, postgrado en Historia de las Religiones y diploma en sánscrito por la Banaras Hindu University. Miembro de la Asociación de Yoga y Filosofía s’Om (http://formacion-yoga.org/ [3]).Amplía los estudios de Vedanta y de textos de la tradición con pandits y con swamis de la tradición vedantina. Profesora de yoga, filosofía india y sánscrito. Si te interesa indagar más en el tema de la muerte, Montserrat Simón impartirá próximamente un curso con ejercicios prácticos y lecturas que faciliten la indagación en el autoconocimiento y las enseñanzas que la muerte nos puede proporcionar para la Vida: “La muerte, una enseñanza de Vida” Cuándo: viernes 3 de noviembre, de 19.00 a 21.00h.  (del 3 de noviembre al 26 de enero, 10 sesiones) Dónde: En Centro-Sol. Atocha, 20, 2º dcha. Inscripciones y más información: biijayoga@gmail.com [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2017/10/MuerteTransformacion.jpg [2] http://www.canstockphoto.es [3] http://formacion-yoga.org/

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La Comprensión del Corazón
Publicado el 18 Sep, 2017

El centro energético del corazón es considerado el lugar de manifestación de nuestra verdad interior, de la  fuente inagotable de belleza interior y bondad que también llamamos Amor. Escribe Nale Parada. [caption id="attachment_31493" align="aligncenter" width="605"] [1] (c) Can Stock Photo / gladkov [2][/caption] El equilibrio que representa la Vía del Medio o  Vía de la Sabiduría supone una integración de las fuerzas opuestas/complementarias. Es muy interesante observar de manera psicofísica que cuanto más sutil, equilibrada y profundamente nos enraizamos en la tierra, con más fuerza nos impulsamos hacia el cielo. Si extrapolamos dicha experiencia, podemos observar que cuanto más aceptamos nuestra naturaleza, más podemos trascenderla. Del mismo modo que cuanto más nos autoconocemos, menos nos identificamos. Es más, desde la consciencia experiencial de la finitud de la vida bajo nuestros pies y la inmensidad del Universo sobre nuestra cabeza -Kant decía: "la ley moral bajo mis pies y el Universo sobre mi cabeza"-, podemos comprender que  el Cakra del corazón o Anahata, es el centro energético en el que se reconcilian las fuerzas ascendentes y descendentes. Hay una paz reconfortante y plena al sentir la Tierra y el Cielo desde el corazón. Aceptación-Amor-Comprensión podrían hacer alusión a la experiencia de “comprensión del corazón”. Desde la aceptación de nuestra naturaleza humana y la sabiduría que ha ido desarrollando nuestra consciencia, permitimos que la vida nos abra profundamente el corazón, transformándonos. El centro energético del corazón es considerado el lugar de manifestación de nuestra Verdad interior, de la  fuente inagotable de belleza interior y bondad que también llamamos Amor. En el transcurso de la vida vivida plenamente, esa verdad interior, ese amor bondadoso e incondicional, esencia humana, es retado y puesto a prueba constantemente. En este mundo nos encontramos con el sufrimiento inevitable de la vida y con la ignorancia. Para los maestros de sabiduría, el Amor-Compasión es un estado de sabiduría y comprensión. Así se concilian y reconcilian el autoconocimiento de nuestra naturaleza humana-la noche oscura del alma-, y la Consciencia de la sabiduría Universal. Ha habido grandes debates filosóficos-religiosos y continúa habiéndolos entorno a esta confluencia. Aunque, a veces, la deliberación parece omitir precisamente el centro del corazón, convirtiéndose en un debate entre la naturaleza instintiva-emocional y la mente racional. Comprender desde el corazón Muchas de estas reflexiones olvidan que los grandes mapas filosóficos, la ampliación de la comprensión y la consciencia que inspira la auténtica filosofía, suponen el autoconocimiento a través de la experiencia de los diferentes aspectos de la naturaleza humana. Es más, el gran reto para el Amor transformador capaz de integrar y acoger todo es la aceptación del contexto de la ignorancia y de todos los mecanismos de propagación cultural-experiencial. Quizá sea interesante recordar que los humanos aprendemos sobre todo por aprendizaje vicario (imitación) y por ensayo-error. Somos empáticos, simpáticos, compasivos (sufrimos con) y tremendamente susceptibles al contagio emocional. No creo necesarias palabras que aludan a nuestras ausencias y dificultades en el desarrollo de nuestra independencia interior y “soberanía”. Sin duda, aprendemos a través de las transformaciones que suceden al superar un conflicto, y la auténtica comprensión requiere la disposición y el valor de afrontar un corazón desgarrado y abierto, dispuesto a abrirse más, sin miedo. Desde allí, comprendemos desde el Corazón. Cuando tenemos que aceptar el dolor que nos genera la propia ignorancia o la ignorancia de alguien que amamos profundamente, comprendemos desde el corazón el dolor de la ignorancia. Llegamos, incluso, a poder comprender que la ignorancia forma parte de ciertos procesos de aprendizaje. Una vez alguien planteó que muchos sabios tuvieron “problemas” con familiares cercanos u allegados. -“Ellos no eran responsables de la sabiduría de los que amaban”-. El mismo Sócrates atribuía gran parte de su sabiduría al mal carácter de su esposa, pero nunca la cambió a ella ni ella dejó de ser un problema. En fin, no somos responsables de la ignorancia de los que amamos, pero no hay nada como el amor para sufrir por la ignorancia y comprender. Comprender que no hay bondad válida que no sea comprendida y que, a veces, para lograr dicha comprensión, hay que equivocarse, asumir las consecuencias del error y transformarse. Cuidaos de lo que os quite libertad Creo que Vivekananda expresa en este texto por qué el buenismo o el dogmatismo no tienen nada que ver con lo filosófico, señalando hacia la necesaria comprensión experiencial de la vía de la sabiduría:"Todo intento de control que no es voluntario, que no proviene del control de la propia mente, no sólo es desastroso sino que es la negación del fin perseguido. La meta de cada alma individual es libertad, soberanía; libertad de la esclavitud a la materia y pensamiento, y dominio de la naturaleza externa e interna.(...) alejaos de todo aquel, por grande y bueno que pueda ser, que os pida creer ciegamente. (...) Es más saludable para el individuo o la raza seguir siendo malvado que aparecer como bueno por medio de tales mórbidos controles extraños a sí mismo. Hasta el ánimo se llega a abatir al pensar en el enorme daño hecho a la humanidad por esos irresponsables (...) ellos se congratulan de su maravilloso poder de transformar el corazón humano, poder que creen se les ha otorgado algún ser desde los cielos, lo que hacen es sembrar la simiente de futura decadencia, crimen, insania o muerte. Por lo tanto, cuidaos de toda cosa que os quite la libertad. Sabed que es peligrosa y evitadla por todos los medios a vuestro alcance." Si no hemos enraizado, carecemos de autonomía, buscamos siempre fuera, dependemos de otros o de la idolatría en sí misma cómo necesidad. No somos conscientes -hablo de experiencia y no de conceptos- de que nuestra vida sólo la vivimos nosotros, sólo la morimos nosotros y sólo aprendemos de nosotros mismos. Aunque desde allí acabemos comprendiendo que aprendemos sobre la naturaleza humana y que el “mundo es una manifestación de mí y yo soy una manifestación del mundo”. Interpretamos y construimos realidad para poder ver que todas nuestras heridas son expectativas frustradas y que su transformación nos posibilita la ampliación de la comprensión de lo que Es, siendo. El sutra 31 del libro III de Yoga Sutras de Patanjali dice:“Practicad samyama sobre la región del pecho, la investigación de las sensaciones que allí se sienten en diferentes estados físicos y psíquicos procura los medios para permanecer estable y tranquilo, incluso en situaciones de gran tensión”. El gñana indriya u órgano de percepción de Anahata es el tacto, la piel. Ese dejarnos acariciar por todas las manifestaciones de belleza del ser humano y dejarnos tocar por el sufrimiento y la ignorancia. Los budistas relacionan Metta, el centro del corazón, con la energía de la Madre sabia que amando incondicionalmente comprende. Y no hay peor dolor para la sabiduría de las madres que el sufrimiento que genera la ignorancia de sus hijos... Si la inteligencia propia del Corazón es la Compasión entendida como el encuentro del amor bondadoso con el sufrimiento inevitable de la vida, aquí es cuando la ignorancia humana es la “inevitabilidad” más difícil de afrontar. Especialmente para el que ama. Y ese reto o dificultad es capaz de cambiar el calibre del entendimiento del corazón. Y es que la Compasión es sobre todo un estado de “comprensión” más que de manifestación/apariencia. Ya San Agustín decía en este hermoso poema: “Ama y haz lo que quieras Si callas, callarás con amor, si gritas, gritarás con amor, si corriges, corregirás con amor, si perdonas, perdonarás con amor. Si está dentro de ti la raíz del amor, ninguna otra cosa sino el bien podrá salir de tal raíz.”. [3]Nale Parada. Licenciada en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Acharya de yoga formada en diversas escuelas, lleva más de veinte años en el mundo del yoga y su enseñanza. Directora de la Formación de Profesores de Yoga de la Asoc. de Yoga y Filosofia. http://formacion-yoga.org/ [4]   [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2017/09/Comprension-Corazon.jpg [2] http://www.canstockphoto.es [3] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2017/09/Nale.jpg [4] http://formacion-yoga.org/

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Autoestima
Publicado el 19 Jun, 2017

No se ama al marido por amor al marido, sino por amor a uno mismo (ātman). No se ama a la esposa por amor a la esposa, sino por amor a uno mismo (ātman). No se ama a los hijos por amor a los hijos, sino por amor a uno mismo (ātman). ¿Te parece egoísta? No lo es: la verdadera autoestima reconoce a uno mismo en todos los seres. Escribe Montse Simón.  [caption id="attachment_30262" align="aligncenter" width="605"] [1] (c) Can Stock Photo / transurfer [2][/caption] No se ama la riqueza por amor a la riqueza, sino por amor a uno mismo (ātman) (…). No se ama a los seres por amor a los seres, sino por amor a uno mismo (ātman) (…). Hay que escuchar, reflexionar y meditar sobre uno mismo (el ātman). En verdad, cuando se ha visto, escuchado, pensado y conocido uno mismo (el ātman), todo este mundo es conocido. Este texto pertenece a la Bṛhadāraṇyaka Upaniṣad (5.5-6), uno de los textos filosóficos más antiguos de la tradición védica. La palabra ātman es un pronombre sánscrito que significa uno mismo y que en la filosofía pasó a referirse a la energía que habita en nosotros como una y la misma energía que da lugar al universo entero. Algo muy parecido a esa energía a la que se refirió Einstein cuando decía que la energía nunca desaparece, sólo se transforma. Este texto puede sonar muy egoísta, pero lejos de ello, lo que propone es darnos cuenta de lo que tenemos en común y no lo que nos distingue. Nos enamoramos de otra persona y en realidad nos enamoramos de la imagen que nos hacemos de esa persona, de nuestros pensamientos acerca de esa otra persona, sin prestar atención a la energía vital que subyace en cada uno de nosotros que es una y la misma. El personaje y el testigo Lo que nosotros somos en realidad, más allá de las aventuras que atraviesa nuestro personaje, es un estado de paz. La energía de Vida que vivifica nuestro personaje no se ve alterada por lo que le ocurre a dicho personaje, igual que una pantalla de cine no se ve en realidad afectada por las imágenes que se proyectan sobre ella. Pues bien,  a menudo nos identificamos sólo con el pequeño “yo”, con el personaje, su forma, las cosas que le “ocurren”, su opinión, lo que le han dicho, lo que dirá, lo que tiene, lo que ha conseguido, etc., y esto nos hace perder de vista por completo nuestro verdadero ser, Aquello en nosotros que es testigo de todo lo que va y viene, Aquello que ya está siempre en paz, de modo que comenzamos a buscar esa paz y felicidad en las formas, en los objetos externos, en los otros seres, a los que les pedimos que nos proporcionen esa felicidad, esa paz que hemos olvidado. Así pues, creo que me enamoro del otro por sus cualidades, por su forma de ser, sus circunstancias, su pequeño “yo”... cuando en realidad lo que me lleva a amar es el Amor mismo, es la Conciencia que ya soy y lo que amo y busco en el otro es ese Amor que ya está en mí, pero como no lo veo en mí misma lo busco fuera y confundida lo vuelvo a proyectar en formas limitadas y cambiantes, que no me permiten ver lo que el otro es en verdad, lo mismo que yo, el Ser, la Energía de Vida que siempre está en Paz. Aquí llega el punto crucial: a veces confundimos la autoestima con generar un pequeño “yo”, un personaje, seguro de sí mismo, de sus pensamientos y habilidades, de sus opiniones, de sus formas, y olvidamos de nuevo el amor a uno mismo, no en tanto que personaje sino por el re-conocimiento de lo que uno es más allá del personaje, o mejor dicho, en el fondo del personaje. Si buscamos en la Wikipedia la definición de "autoestima" nos encontramos con esto: La autoestima es un conjunto de percepciones [3], pensamientos, evaluaciones, sentimientos y tendencias de comportamiento dirigidas hacia nosotros mismos, hacia nuestra manera de ser y de comportarnos, y hacia los rasgos de nuestro cuerpo y nuestro carácter. En resumen, es la percepción evaluativa de nosotros mismos. (1) La cuestión estriba en definir qué entendemos por “nosotros mismos”. Si por uno mismo entendemos el personaje que a veces se siente de una forma a veces de otra, que actúa de distintas maneras, que tiene opiniones cambiantes,  cuyo cuerpo se transforma con el paso del tiempo, entonces la autoestima se convierte en un esfuerzo por hacer una valoración  y proyección positiva de ese personaje. En cambio, si definimos uno mismo como la Conciencia última que siempre es testigo de las transformaciones que ocurren en el personaje, el asunto cambia por completo. Amarse a uno mismo es ver al personaje y amarlo tal cual es y tal cual se modifica. Amarse a uno mismo es concentrar la atención, no en aquello que nos hace diferentes, sino en Aquello que es igual en todos los seres, en todo el universo. Amarse a uno mismo es concentrar la atención no en lo que cambia constantemente sino en el espacio del Corazón que es testigo de todos esos cambios, el lugar del cual emerge la energía de Vida a través de la cual se viven todos esos cambios. Sería como ir al punto donde brota por primera vez el agua que luego da lugar a un enorme río, que en unos tramos baja con furia y en otros parece estanco. La verdadera autoestima El personaje vive condicionado por aspectos de la naturaleza que hacen que unas veces esté ofuscado y deprimido, otras veces exaltado y emocionado y en otras ocasiones sereno y armonioso. Es cierto que si nuestro personaje se encuentra en un estado de oscuridad y apatía, fomentar ciertas habilidades que nos permitan descubrir un personaje más enérgico, vital y seguro de sí mismo puede resultar positivo de cara a que la persona pueda abrirse a nuevas formas de pensarse, percibirse y percibir el mundo. Ahora bien, si nos quedamos sólo ahí seguiremos siempre en la lucha por mantener un personaje “sano”. La verdadera autoestima no puede consistir solamente en un personaje que se viste de seguridad y habilidades que sean socialmente reconocidas; la verdadera autoestima sólo puede proceder de la tranquilidad de Ser, simplemente Ser, sin que sea tan importante si ese Ser se expresa a través de unas formas y habilidades u otras. Cuando puedo reconocerme a mí misma desde ese lugar, puedo reconocer el mundo entero. Amarse a uno mismo es Amar, no con una acción, sino como reconocimiento de ser ese Amor. La Vida es Amor expresado a través de múltiples formas. Lo que amo en el otro es ese Amor, es lo que yo Soy, lo que él Es, el hecho de Ser. Con este post no pretendo decir que los trabajos de autoestima que buscan hacer que la persona sea más asertiva, tenga una imagen mucho más segura sobre su personaje, valore sus habilidades, sea más independiente,etc.  no resulten útiles en  muchos casos e incluso puede que sea necesario comenzar por ahí y dando soporte desde trabajos de conciencia corporal y estímulo de las capacidades manuales. Lo que quiero decir es que es importante no quedarse sólo con eso. Sería algo parecido a quitar los síntomas de un resfriado repetitivo sin ir a la causa. ¿Cuánto tardaremos en resfriarnos de nuevo? Creo que la verdadera autoestima tiene su origen en última instancia en el claro reconocimiento y experiencia de Ser, de ese lugar de Paz en nuestro corazón. La verdadera autoestima ve en uno mismo a todos los seres y se reconoce a sí mismo en todos los seres, de modo que en realidad es sólo Estima, Amor. (1) José-Vicente Bonet. Sé amigo de ti mismo: manual de autoestima [4]. 1997. Ed. Sal Terrae. Maliaño (Cantabria, España). Montse Simón,  licenciada en Filosofía, postgrado en Historia de las Religiones y diploma en sánscrito por la Banaras Hindu University. Miembro de la Asociación de Yoga y Filosofía s’Om (http://formacion-yoga.org/ [5]).Amplía los estudios de Vedanta y de textos de la tradición con pandits y con swamis de la tradición vedantina. Profesora de yoga, filosofía india y sánscrito. [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2017/06/Autoestima.jpg [2] http://www.canstockphoto.es [3] https://es.wikipedia.org/wiki/Conciencia [4] http://books.google.es/books?hl=es&lr=&id=iTwVTnXcuBcC&oi=fnd&pg=PA11#v=onepage&q&f=false [5] http://formacion-yoga.org/

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Yoga y liberación
Publicado el 6 Abr, 2017

Quizás hayas escuchado o leído alguna vez el término moksha. Es la palabra sánscrita que se utiliza para referirse a la “liberación”. ¿Pero qué es exactamente  la liberación? ¿De qué se supone que tenemos que liberarnos? Escribe Montse Simón. [1] Una de las definiciones que aparecen en el diccionario acerca de la palabra “liberación” es “poner en libertad”. En buena parte de la tradición india, ese poner en libertad consiste más bien en descubrir que eres libre. La idea de libertad no tiene aquí nada que ver con hacer “lo que me de la gana”, ni si quiera con la posibilidad de elegir, sino con un estado de perfección, de plenitud, que más que un estado es nuestra esencia más íntima, aquella esencia de la vida de la cual se dice “la vida no muere”. La libertad no depende de ningún factor externo y precisamente esto es lo que la hace libre. La libertad es liberación del sufrimiento. Y aunque a veces se pueden llevar los argumentos teóricos al extremo de que la persona liberada sea como una piedra que no sienta nada (y por eso ya no sufre), estoy convencida de que la liberación del sufrimiento tiene que ver más bien con no identificarse con emociones que puedan seguir surgiendo. La persona liberada vive sabiéndose el testigo y no la víctima de todo lo que ocurre. Son muchas las tradiciones que en la India persiguen algo así como la “liberación” y distintas escuelas difieren a la hora de vincular o desvincular esa libertad absoluta con la vida diaria en la que se observa: cambio, enfermedad, envejecimiento, muerte... La tradición del yoga es una  de las tradiciones que busca esta liberación. Como existen distintas tradiciones yóguicas, en este artículo vamos a referirnos, sobre todo, a la idea de liberación expuesta en los Yoga sutras de Patañjali, el recopilador y gran representante del yoga clásico. Liberación según Patañjali Sólo hace falta poner cinco minutos las noticias para que a uno se le pueda pasar por la cabeza que hay mucho sufrimiento en este mundo. Pues bien, más allá de las crisis, las quejas de una sociedad que cambia demasiado rápido, las quejas acerca del consumo desorbitado, la corrupción, etc., parece que esto del sufrimiento ya viene de antiguo, y filósofos, sabios y místicos se plantearon muy seriamente encontrar la forma de acabar con el sufrimiento. Para ellos la liberación tiene que ver con liberarse del sufrimiento y sus causas. Es decir, no se conformaban con eliminar  los síntomas, como muchos de los medicamentos que  se anuncian, sino que lo que buscaban eliminar de raíz  aquello que originaba la enfermedad. En el segundo aforismo en el que Patañjali habla de la tradición del yoga, define este yoga como “cese del flujo mental” (yogaś citta vṛtti nirodhaḥ, Yoga Sutras, I.2), y uno puede preguntarse: ¿qué tendrán que ver los pensamientos (flujo mental) con el sufrimiento?, ¿acaso no es gracias al pensamiento que el hombre se distingue y, para algunos, supera incluso el resto de animales? Pues bien, aunque la tradición india da una gran importancia al hecho de nacer como ser humano y tener un intelecto que nos permite alcanzar la comprensión- vivencia de nuestro Ser más auténtico-, nos invita,  sin embargo,  a vaciar la mente de pensamientos, porque “cuando uno consigue que los pensamientos cesen se establece en su verdadera naturaleza”, “de lo contrario, se identifica con ellos” (Yoga sutras, I. 3-4). Y aquí está el meollo de la cuestión, en la identificación de nosotros mismos con los pensamientos. Para la tradición clásica del yoga, la ignorancia es la verdadera raíz de todo sufrimiento. Pero “ignorar” no es exactamente aquí una falta de conocimiento sino que se trata más bien de un conocimiento erróneo: nos confundimos y creemos ser aquello que no somos. Creemos ser aquello que sentimos, aquello que hacemos, aquello que nos ocurre, nuestro cuerpo (gordo, flaco, sano, enfermo, lindo o feo...), aquello que pensamos (noble, mezquino, absurdo, inteligente...), y este es el gran error que nos encadena al sufrimiento. Si cuando me siento enfadada, me identifico completamente con el sentimiento de enfado, esto me tiene que infligir sufrimiento y más todavía si sigo alimentando mentalmente ese enfado en el tiempo, porque ya no sólo me identifico con el sentimiento (que tampoco puede durar mucho) sino con la recreación mental de ese sentimiento. ¿Por qué? Porque reducimos nuestro ser a ese enfado. Si en cambio podemos descubrir algo en nosotros que ve ese enfado, que ve cómo “algo en mí se siente muy enfadado”, ya no estamos limitando nuestra persona al enfado, sino que reconocemos algo mayor en nosotros que puede ver ese enfado.  Ese testigo último de todo pensamiento, emoción, objeto, circunstancia... es lo que en la tradición del yoga recibe el nombre de Purusha. Según esta tradición, existe una Consciencia (puruṣa) ante la presencia de la cual toda la naturaleza (prakṛti) cobra sentido. Y no es que esta Consciencia cree el universo, sino que ante su mirada la maquinaria de la vida se pone en marcha. Desidentificación con los pensamientos Esta Consciencia no es diferente de la que te permite a ti tomar consciencia de las cosas, pero sí que es, según dice esta tradición,  independiente de esas cosas, es eterna, no se ve afectada por nada, ni es el agente de nada... Conseguir que cesen los pensamientos, que forman parte del universo y no de esa Consciencia inmutable, es importante porque así tenemos la posibilidad de dejar de identificarnos con ellos y descubrir que en última instancia nosotros somos esa Consciencia que nunca muere. Esto es lo que libera nos libera del sufrimiento. Las pautas que da Patañjali para conseguir ese cese de pensamientos pasan por el control de los sentidos, el esfuerzo constante para concentrar la mente y el desapego. Para todo ello proporciona distintas herramientas y siempre resulta muy importante la comprensión, porque es la que nos permite que el desapego o el control no se conviertan en represión. Entonces, ¿dejar de pensar es lo que nos libera del sufrimiento? No exactamente. Lo que nos libera del sufrimiento es poder desidentificarnos de los pensamientos. El yoga se presenta como un medio para conseguir distinguir la Consciencia absoluta (purusha)  de la naturaleza cambiante (prakriti), y ese Conocimiento es liberador porque la causa raíz, la causa primordial de todo sufrimiento es, como hemos dicho, la errónea identificación del sujeto con el objeto, de la Consciencia con el universo: “ la causa de lo que hay que superar [el sufrimiento] es el vínculo entre el sujeto [testigo último, Consciencia absoluta] y el objeto [todo lo demás]”. “ Con la desaparición de esta ignorancia, el vínculo también desaparece. Este es el cese total, el aislamiento total [la liberación, la unicidad absoluta] del testigo último” (Yoga sutras, II. 17, 25). A pesar de que hablamos de la liberación, algunos textos influyentes en la escuela del yoga clásico señalan que en última instancia nunca hubo liberación, porque la Consciencia ya siempre fue libre y se trataba sólo de un error creer que no lo era y que teníamos que liberarnos. Si en algo coinciden varias tradiciones es en señalar que tú ya eres libre y que sólo hace falta que te des cuenta de ello. Que renuncies y abandones todas esas identificaciones que te limitan y te hacen (pero sin las cuales todavía crees que no existirías) para vivir Eso que ya eres. Te invito a que reflexiones acerca de lo que es para ti la libertad. No lo que te han dicho o incluso lo que te he contado aquí acerca de la libertad, sino qué necesitas tú para sentirte completamente libre de sufrimiento: ¿te sirve una felicidad pasajera?, ¿la felicidad depende de ti o de algo externo a ti que tienes que conseguir en un futuro?, ¿puedes observar lo que sientes por dentro?, ¿quién o qué es el que observa? Aprovecha cada sentimiento y cada pensamiento (que pueden ser millones) para verlos, observarlos y observar los juicios que les vinculas. Aunque sentarse a meditar puede ser de gran ayuda, no esperes a poderte sentar para hacerlo: observa cuando entras en una tienda y no te atienden, o cuando sientes un nudo en el estómago y tensión en los hombros porque llegas tarde, etc. Observa en cualquier contexto lo que estás sintiendo y tal vez puedas decirte algo así como “mmm... veo que hay en mí un sentimiento de....”. Montse Simón,  licenciada en Filosofía, postgrado en Historia de las Religiones y diploma en sánscrito por la Banaras Hindu University. Miembro de la Asociación de Yoga y Filosofía s’Om (http://formacion-yoga.org/ [2]).Amplía los estudios de Vedanta y de textos de la tradición con pandits y con swamis de la tradición vedantina. Profesora de yoga, filosofía india y sánscrito.   [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2017/04/yoga-sutras-patanjali.jpeg [2] http://formacion-yoga.org/

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Oṃ maṇi padme hūṃ
Publicado el 20 Mar, 2017

Hace ya un par de años tuve el placer de asistir a las enseñanzas que ofreció el Dalai Lama en su hogar adoptivo, Mcleod Ganj. La reflexión al respecto giraba en círculos amplios y suaves, como el vuelo de las águilas que me despertaba a diario. Y hermoso como ese vuelo, fue escuchar, ver y sentir la energía que emana ese Ser a sus 80 años. Escribe Nale Parada. [1] Hasta hace nada, era vivo representante de esa "utopía"-la entrecomillo porque siempre me pareció extraño que lo de más sentido común fuera utópico y lo absurdo, tópico-, de esa sociedad dirigida por sabios, como, entre tantos otros, propuso Platón en su República. La consciencia hecha coherencia de que "la mejor manera de mandar es entregarse a los demás", ese “mandar es servir”, expresado por alguien que posee la fortaleza que sólo otorgan la profunda inteligencia y la bondad. Y me quedé, como siempre, con la deliberación respecto a la compasión, esa palabra que marcó mi vida desde la adolescencia, obviamente no en el sentido pervertido por ciertas confusiones del dogma religioso, si no en su profunda fusión con la comprensión del amor que ve y se expresa más allá de apariencias. La que surge del desarrollo del amor bondadoso y el interés activo por los demás que expresa ese mettā  (pāli) o maitrī  (sánscrito). El Dalai desprende amor bondadoso e inteligencia espiritual, y contagia, cómo todos los sabios, a aquellos que le escuchan dispuestos. Quizá algún fenómeno inexplicable surge ante  la rendición a la belleza de los Himalayas, a la verdad del silencio, y a la confianza en la bondad fundamental que expresan los tibetanos. Nunca había podido dialogar tan fácil y plenamente con tantas miradas y sonrisas, fundiendo mis hábitos de estudio filosófico, reflexión, escritura, meditación e intercambio humano. Las historias sobre exilios inmerecidos, prisiones injustas  me conectaban a esa “flor en el desierto”, que en la intemperie germinó en mi pecho, convirtiéndose en mi hogar interior. Creo que no conozco nada más serio que me genere una sonrisa más amplia. Si la idea ascendiese desde ese centro para manifestarse en voz, sería algo así cómo  profunda y expansivamente. Sin embargo, desde anahata resuena el Oṃ maṇi padme hūṃ como ese loto que surge del fango, esa flor sublime gestada en el encuentro de Mettā -amor bondadoso-, con el sufrimiento inevitable de la vida. Ese loto que expresa la sabiduría que surge ante la rendición al “encuentro” con la sublime belleza y fragilidad de la vida humana. Desde allí, el Ser ríe y llora, juega y aprende a jugar sabiendo que juega y de ese modo, sobre todo, Es. Es profunda alegría vital y expansiva comprensión interior, sin paripés. Durante ese periodo hubo muchas posibilidades de reflexionar y trascender ese absurdo sentimiento de "bueno tonto" que formaba parte de cierta errónea deliberación. Pensé que la empatía era intrínsecamente incondicional. Cierto que, como todas las emociones, es profundamente expansiva: desde dentro se expande construyendo la realidad que interpreta. Sin embargo, la auténtica empatía es la que surge de las neuronas espejo; la que, según lo que la ciencia ha demostrado, nos hace activar las mismas sinapsis neuronales hacia el sufrimiento del otro que si fuera nuestro; ese sufrir-amar-sentir “com”- pasión (sufrir con); ese amor que desea el bien y la verdad hacia todos los seres pero que a pesar del deseo es capaz de afrontar la realidad. Es, en suma, un estado de consciencia que posee tanta plenitud en sí mismo que no necesita nada. Tan expandido y tan vacío de sí mismo que es capaz de albergar la plenitud de la vacuidad. El Amor de esta esfera es el espacio para la Verdad, el Bien, la Bondad y la Belleza, los santos griales de la filosofía de toda la humanidad en todos los tiempos. El amor como esa energía autoconsciente que acepta, comprende y se expande. Acepta Todo lo que Es. La Belleza del Loto, la Verdad del fango y la Bondad fundamental como la fuerza vital que hace que la flor de la sabiduría surja de la ignorancia. Aunque el Dalai cuando se trata de mentira y de ignorancia -casi siempre sinónimos- no se anda con pamplinas, es un maestro nutriente y edificador. Otros dirigentes en sus circunstancias alimentarían el odio al enemigo, la venganza, el dolor de un pueblo y el dolor de este mundo que se retroalimenta desde esos puntos de partida que nuestro cerebro reptiliano considera obvios. Sin embargo, la sabiduría no: tiene otros criterios. Y de ahí, más allá de las apariencias y sin dejar de persistir en su libertad, su triunfo es ser un foco de luz en este mundo. A veces, sentía incluso que vivir allí era cómo vivir en otro planeta. Están, al menos los lamas, en constante relación con  la sabiduría a través de la meditación y el estudio. En ese microcosmos energético que adoro desde niña. Luz más fuerte que el fango Lo que me parece más triste es que nos resulte tan extraño que se unan inteligencia, cultura, sabiduría, paz, independencia interior, bondad y Poder -poder que un sabio sólo usa para inspirar a otros a evolucionar-. Sin embargo, imaginad la dulzura del bálsamo de saber que Verdad -bien- y Bondad siguen siendo parámetros reales capaces de manifestarse y ser reconocidos. Es más, que esa luz es mucho más potente que la oscuridad del fango. Imaginad un lago de enormes dimensiones repleto de fango y un loto, sólo uno, sólo un loto muy, muy hermoso, en ese lugar de enormes dimensiones. ¿Cómo sería vuestro titular en una revista dedicada a la sabiduría? ¿Qué os parece "El Poder de la Verdad"? Bien, Bondad, Belleza en este contexto son sinónimos de la Verdad Filosófica en mayúsculas, dado que la reflexión obliga a entender que lo que no es Verdad, Bien, Belleza interior, Bondad, filosóficamente es oscuridad sobre los potenciales humanos, ausencia de luz, claridad , discernimiento, comprensión y consciencia. En fin: lo que se suele llamar el mal o la ignorancia. Me contaron que el Dalai empieza con discursos sencillos capaces de inspirar a todos, y continua profundizando con los lamas, sigue con sus discípulos más cercanos y evolucionados, hasta que apenas nadie puede seguirle y se queda sólo. Este hecho me hizo reflexionar sobre que los grandes maestros no degradan la sabiduría aunque la simplifiquen y la traduzcan a un lenguaje sencillo. Hay una absoluta comprensión de la complejidad y de la consciencia que les permite sintetizar, facilitar e  inspirar sin degradar. Podríamos, para comprenderlo, pensarlo en píxeles. Reducir lo grande o degradar. Hay un libro editado en nuestro idioma como Emociones destructivas. Es una recopilación de textos de intercambio de pensamiento del Dalai e investigadores como D. Goleman -famoso por el libro Inteligencia Emocional-, que se dedican a lo que podríamos llamar la nueva neurociencia y “psicología de la felicidad”, asentada especialmente en la filosofía del budismo tántrico. Siempre he considerado al Dalai cómo uno de los grandes inspiradores de este giro académico contemporáneo en las ciencias de la mente, muy relacionado con lo que entendemos por Mindfullnes. Mindfullnes es Gñana Yoga -yoga filosófico o gnoseológico-, con elementos fundamentales del budismo tántrico que representa el Dalai. El poder de la Verdad Siempre me ha resultado inspirador creer en el “ Poder de la Verdad”. Sigo siendo leal a mi confianza en la bondad fundamental- quizá algunos se asustarían al saber dónde fortalecí esa confianza-. La autenticidad que surge del fango es incomparable. Todos hemos tenido la oportunidad de vivir la experiencia. Superar y trascender determinados aspectos o rostros del sufrimiento, amplió nuestra comprensión y nos hizo más humanos. Cierto que en este caso es fundamental diferenciar la transformación del sufrimiento, de su evasión, racionalización y negación. Sólo podemos transformar lo que aceptamos. Por eso es tan importante filosóficamente disolver autoengaños y afrontar la realidad. Tan sólo la Verdad es capaz de inspirar la acción pura, esa acción que sabemos que es la correcta desde nuestro interior porque fomenta nuestro desarrollo y genera el mayor Bien posible, más allá de éxitos o de fracasos mundanos. Para algunos, políticamente, lo que queda del pueblo del  Tibet sería un fracaso. Para mi es un foco de luz impresionante. Aunque parezcan solos, como ese loto solitario, resuenan con fuerza en mi interior reforzando la confianza en la más importante, lo más hermoso que albergamos interiormente. Porque estoy convencida de que está en el interior de todo el mundo, para que despertemos más si estábamos un poco dormidos, para que abramos los ojos y veamos el maravilloso potencial de esta Vida. La misma que siempre es Amor en potencia y que los seres humanos tenemos el privilegio de manifestar, realizar, observar y comprender. Aunque, a veces, parezca mentira. [2]Nale Parada. Licenciada en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Acharya de yoga, formada en diversas escuelas, lleva más de veinte años en el mundo del yoga y su enseñanza. Directora de la Formación de Profesores de Yoga de la Asoc. de Yoga y Filosofia. http://formacion-yoga.org/ [3]     [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2017/03/Dalai-Lama.jpeg [2] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2017/02/Nale.jpeg [3] http://formacion-yoga.org/

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El Yoga de la Acción
Publicado el 27 Feb, 2017

La acción es uno de los elementos cruciales de la vida en general y de nuestra sociedad en particular. Hace años un amigo me dijo: “En esta sociedad eres aquello que haces”, y cuando comencé a dar vueltas a esta contundente afirmación me di cuenta de que había mucho de cierto en ello... Escribe Montse Simon. [caption id="attachment_28377" align="aligncenter" width="605"] [1] (c) Can Stock Photo / MitaStockImages [2][/caption] Tendemos a responder qué somos: abogados, profesoras, panaderos, estudiantes, etc., o bien decimos nuestro nombre y enseguida contamos aquello a lo que nos dedicamos o que nos gusta hacer. Casi de forma inevitable, la persona conecta hoy con la incertidumbre que genera el amplio abanico de posibilidades de cosas a hacer y  la creciente inestabilidad laboral. Si no tengo claro a qué me voy a dedicar en la vida, ¿quién soy? ¿quién voy a ser? Te preparan con un montón de estudios y de información para ser algo que no llega. Sin embargo, es interesante notar que el hecho de tener claro a qué te dedicas y que además eso sea lo que te gusta, no parece ser garantía de ninguna felicidad plena. Hay un gran número de personas que a pesar de tener un buen trabajo, que se supone que hacen lo que les gusta, que ocupan una determinada posición social,etc. no se sienten satisfechas, parece que “algo falla”. ¿Saber a qué me dedico y qué hago es saber quién soy? Místicos y sabios de distintas tradiciones han hecho notar que en realidad no valemos por lo que hacemos sino por lo que Somos, y escribo Somos en mayúsculas porque no se trata aquí de ser alto, bajo, inteligente, tonto, médico, arquitecta, padre, madre.... sino del simple hecho de Ser, sin importar los atributos. “Eres algo más que lo que haces”. Karma, los resultados de la acción En la Bhagavad Gita, uno de los grandes textos de sabiduría de la India, se pone de manifiesto la dicotomía entre la acción y la inacción. Arjuna es un gran guerrero y tiene que luchar en una batalla para hacer justicia. Sin embargo, quiere desistir, no se ve capaz  de luchar contra aquellos que son amigos y familiares suyos. Su gran amigo Krishna (una encarnación del Absoluto, aunque Arjuna todavía no se ha percatado de ello), le dará distintas enseñanzas para que comprenda por qué debe luchar. De entre estas enseñanzas es muy conocida y nos suele tocar de lleno aquella en la que Krishna dice: «Sólo tienes derecho a las acciones, nunca a los resultados. No te identifiques con el que causa los resultados de la acción ni te apegues tampoco a la inacción» (Bh. G. II.47) En sánscrito la palabra que traducimos como “acción” es la palabra karma, y karma significa tanto la “acción” como “los resultados de la acción”. Toda acción tiene unos resultados y, a menudo, cuando realizamos una acción es en aras de un resultado concreto. Sin embargo, parte de la tradición hindú nos enseña que no apropiarnos de la acción ni de los resultados nos libera de la carga de la identidad y la atadura de las expectativas. La propuesta de Krishna es que hagamos lo que tengamos que hacer sin apegarnos a la idea de “yo hago” y a los resultados. Esta idea de la acción por la acción, sin las identificaciones de “yo” y “mío”, cobra sentido bajo el paraguas de otro concepto que es el de dharma (deber, ley, rectitud, moralidad, religión). Como decía un maestro de Varanasi, el dharma son los faros del coche que nos permiten ver y guiarnos en la oscuridad. Fuera del contexto de la Bhagavad Gita, donde la enseñanza se transmite a un noble y honrado guerrero,  el mensaje despierta cuestiones importantes como la posibilidad de que algún “salvador del mundo” cometa atrocidades en nombre de “su deber” y apele a que no es él quien hace la acción, ni el dueño de sus resultados porque lo hace en nombre de algo mucho mayor que él. Por eso es importante que la persona cultive en sí misma valores como el discernimiento entre lo que perdura y lo que es cambiante y perecedero, el desapego, el respeto, la humildad, la tranquilidad, la pureza del corazón, la ecuanimidad, la confianza, etc. No puedo insistir aquí lo suficiente en la importancia de cultivar este tipo de valores, antes de situarse “más allá del bien y del mal”. Tampoco queremos que esta enseñanza se convierta en una justificación de acciones corruptas o de del abandono de toda responsabilidad frente a nuestras acciones. Otra cuestión que se nos presenta hoy en día ante esta enseñanza es la de “¿cuál se supone que es mi deber?”.  Krishna le dice a Arjuna que su deber como guerrero es luchar, pero en el mundo que vivimos no siempre está claro nuestro rol social: “¿cómo puedo cumplir con mi deber si ni tan solo tengo claro cuál es mi deber?”. Podemos optar aquí por hacer aquello que hacemos en cada momento de la mejor manera que sabemos y estar atentos para darnos cuenta, en la medida de lo posible, si estamos haciendo algo que “no debemos”.  A menudo resulta más fácil saber lo que uno “no debe” hacer que lo que uno “debe” hacer. Krishna revela a Arjuna (Dhanañjaya) la enseñanza del karma yoga (el yoga de la acción) y le define el yoga como “ecuanimidad”: «¡Oh, Dhanañjaya! Abandonando todo apego y permaneciendo íntegro ante el éxito o la derrota, ejecuta las acciones establecido en el yoga. El yoga se define como ecuanimidad». (Bh. G. II.48) Habiendo establecido que el yoga es ecuanimidad, le insta a practicarlo como “habilidad en la acción”: «Aquel que posee una mente imparcial abandona en este mundo [la idea de] la acción buena y la mala. Con esa actitud [ecuánime] practica el yoga. Yoga es habilidad en la acción». (BH. G. II.50) El yoga de la acción El yoga de la acción consiste pues en realizar nuestro deber de forma completamente desinteresada. Desinteresada de cualquier resultado, “bueno” o “malo”, “ganancia” o “pérdida”, “gloria” o “deshonor”. Aunque en la actualidad se usa con frecuencia el término de karma yoga para referirse al  servicio gratuito que se ofrece a un maestro o comunidad, me parece que vale la pena devolverle al término la profundidad de la que a veces lo despojamos. Se reciba o no una retribución,  se reciban halagos o reproches, se trata de cumplir con nuestro deber, desempeñar nuestro rol,  nuestra acción, de la mejor manera posible, sin apegarnos a cualesquiera que sean los resultados, sin apegarnos a la idea de “qué buena soy” o “qué mala soy” y un sinfín de juicios: «Pero, oh Arjuna, aquel que a través de la mente controla los sentidos y comienza [a practicar] karma yoga, desapegado de los órganos de acción, se vuelve excelso». (Bh. G. III. 7) La acción desinteresada y ecuánime está muy ligada al control de los sentidos y la mente para no identificarnos con el “hacedor” ni el “que goza de los frutos”. Un propuesta práctica para forjar ese desapego es la de ofrecer a lo divino, a la Vida, a la Energía Universal, al mundo, a nuestro ser más querido... cada una de nuestras acciones. Te invito a que pruebes en los próximos días a dedicar cada una de tus acciones a un ser querido.   Montse Simón,  licenciada en filosofía, postgrado en Historia de las religiones y diploma en sánscrito por la Banaras Hindu University. Miembro de la Asociación de Yoga y Filosofía s'Om (http://formacion-yoga.org/ [3]).Amplía los estudios de Vedanta y de textos de la tradición con pandits y con svamis de la tradición vedantina. Profesora de yoga, filosofía india y sánscrito. [1] http://www.yogaenred.com/wp-content/uploads/2017/02/manos.jpg [2] http://www.canstockphoto.es [3] http://formacion-yoga.org/

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