Buda murió intoxicado por carne de cerdo

El final de la vida de Buda no fue una muerte heroica o sacrificial, sino una muerte como la de la mayoría de las personas: la enfermedad en la edad provecta. A continuación os contaré una historia que puede dar un giro a nuestro modo de ver estas cosas…. Escribe Joaquín G. Weil.

Hace poco una persona me contó su historia, la típica historia de estar sumida en la enfermedad y gracias a unas terapias y trabajos de desarrollo personal pudo recuperar la salud. “Me alegro -le dije-. Si bien ahora déjame que te cuente otra historia que puede dar un giro a tu manera de ver las cosas”

Todos queremos estar mejor. Cualquier modo de curación, de mejora, de bienestar, de revitalización y de motivación vital bienvenido sea. Un señor de noventa años me contó el modo que había tenido de curarse una artrosis de cadera. Como es habitual, sus médicos habían achacado la dolencia a la edad y no le habían ofrecido más que remedios paliativos. El hombre había llegado a un estado en que apenas podía caminar algunas decenas de metros. Ahora, sin embargo, estaba reestablecido y bienhumorado y podía dar largos paseos junto al mar.

Este señor dudaba si contarme motivos de su extraordinaria curación, porque ésta no había sido “científica”. Se sinceró cuando le expresé mi perspectiva de que lo importante es la salud sea esta alcanzada de un modo científico o como fuere. Al ver que las medicinas no acababan de sanarlo, decidió rezarle a uno de esos santos populares contemporáneos, llamémosle Lolo, un seglar por más señas, un mero ciudadano no perteneciente al clero.

Lo singular de esta historia es que ese santo popular, Lolo, había sido amigo personal suyo en la juventud. Qué bueno, tener un santo como amigo. Haberlo conocido en persona y poder luego rezarle. Permítanme los lectores que no cite más detalles; considero que esto preservará tal vez la privacidad y la tranquilidad de algunas personas, pues no pretendo alimentar una devoción, sino narrar este significativo caso.

Por añadidura, este nonagenario reestablecido de su artrosis de cadera, es a día de hoy bien celebrado por los seguidores de aquel santo popular, como memoria viva, pues es de uno de los pocos que todavía viven de los que le conocieron personalmente y pueden aún dar testimonio de sus milagros y obras. Por su parte -y ahí es donde quiero llegar- el mencionado santo popular, Lolo, sufría de una aparatosa enfermedad degenerativa que le hacía progresivamente perder movilidad en su cuerpo, circunstancia que el trataba de suplir con esfuerzo y con ingenio. Por ejemplo, utilizaba férulas, cordeles tendidos sobre un tablero y otros mecanismos para poder seguir escribiendo cuando el pulso y las fuerzas le fallaban.

El beato Lolo, pese a su inmenso sufrimiento conservaba su bonhomía, su simpatía con sus congéneres, su voluntad de servicio y su devoción por Dios. Parecía como si viviera todos sus padecimientos como un camino personal en pos de la bondad. Finalmente esta enfermedad degenerativa le condujo a la parálisis física, a la ceguera y, por fin, a la muerte.

La enfermedad como error

Lo realmente significativo del caso es el grado de conciencia de las personas que le admiraban y le veneraban como santo vivo, pues para nada consideraban la enfermedad una refutación de su verdad, su bondad o su valía. Al contrario, respetaban esta enfermedad como un peculiar camino de santidad. Incluso le rezaban y le rezan para sanar sus propias dolencias. Veremos ahora cómo puede explicarse todo esto.

Hace años tuve la ocasión de mantener una conversación con el Dr. Hammer, recientemente fallecido. Y sus teorías me parecen cuanto menos interesantes. Aunque presumiblemente con la buena intención de facilitar la sanación de sus pacientes y seguidores, pienso que fue él, de algún modo, quien dio pie a esta creciente boga de considerar la enfermedad como una especie de problema cognitivo, comportamental o psicológico. De donde se extrae que tras un conveniente tratamiento psicoterapeútico se curarán todos las dolencias.

Este es evidentemente un terreno delicado, pues hablamos del sufrimiento, de la enfermedad y la muerte; en realidad (junto con la vejez), las condiciones samsáricas de la existencia humana, según Buda. Y luego volveremos a Buda.

Como dije en un principio, bienvenido sea todo modo efectivo de curación. Con certeza quien sana su alma o su mente, está mejorando la salud de su persona toda, también en lo que a lo físico respecta.

He tenido también la oportunidad de conversar personalmente con Anita Moorjani, autora de un libro autobiográfico y de interesantes conferencias disponibles como vídeos en la red. Para quien no sepa de ella, se trata de una persona que literalmente murió a causa de un grave enfermedad. Se le paró el corazón. Consiguieron reanimarla y tuvo, a partir de entonces, una portentosa curación espontánea. Sostiene Anita Moorjani que la enfermedad y la muerte en nada merman o dañan la natural magnificencia espiritual del alma humana.

El superman del alma

Señalo todo esto porque aquellas mencionadas teorías que pretenden la sanación psicoterapéutica de toda dolencia, si se simplifican o fanatizan llegan a la soberbia pretensión de considerar que la persona puede tener en su mano factores de la vida humana, que en realidad le superan. Lo peor es que pueda generar una culpabilidad o juicio sobre las dolencias. Cayetano Arroyo, por ejemplo, murió joven a causa de un cáncer en el sistema digestivo. No sería de extrañar que, desde aquellas teorías en boga, se explicara el caso como una dificultad a la hora de “digerir” diversas ideas o vivencias. Y estamos hablando de Cayetano Arroyo.

Tal vez esto que digo sea caricaturesco, pero habrá quien reconozca este tipo de planteamientos. Pura soberbia. La famosa hýbris de la que hablaban los antiguos griegos, la tentación humana de considerarse dios. El resumen (sí, tal vez caricaturesco) de estas teorías es que la enfermedad de algún modo es un error.

El gran mito espiritual contemporáneo es considerar que existe algo así como un “éxito” que es una suerte de gran triunfo del superman o superwoman del alma, donde se consigue: salud, fama, riquezas, sabiduría y… santidad. Y nótese que si este tipo de mitos triunfa es porque nos encanta engañarnos con estas supercherías tan deliciosas para el ego inmaduro y, por tanto, exacerbado.

En la vida de los santos todo suceso es en realidad una enseñanza, un mensaje, en ocasiones difícil de interpretar o de comprender. Buda, con su historia vital, nos lanzó varios mensajes. El primero viene con su propio principio en esta vida, cuando su nacimiento estuvo aunado a la muerte de su madre. Esta era una circunstancia relativamente frecuente en otros tiempos de fiebres puerperales, es decir, durante toda la historia de la humanidad hasta los tiempos recientes de la asepsia y el antibiótico, y marcaba una importante desazón en la persona que la padecía.

Budas en los infiernos

Buda asumió ese sufrimiento psicológico. Quiero hacer una breve digresión sobre este asunto. Por lo general se dice que hay budas en los infiernos. Lo cual no deja de ser sorprendente, pues los infiernos no dejan de ser estados ilusorios de la mente. ¿Cómo puede la mente clara y consciente vivir en lo ilusorio? Respuesta: atravesando la inconsciencia con plena consciencia. Sí, un buda también puede vivir en la ilusión del desempleo o el divorcio. Y su mensaje sería: tranquilos, también hay budas en los infiernos.

Si el principio de la vida de Buda fue de desazón psicológica, el final de la vida de Buda no fue menos lustroso, en realidad un desastre. No fue una muerte heroica o sacrificial, sino una muerte como la de la mayoría de las personas: la enfermedad en la edad provecta. Muchos consideran que una personalidad tan radiante, tan clarividente como la de Sidarta no pudo haber concluido de un modo tan mostrenco, y se dice que las traducciones son inadecuadas, que son meras leyendas.

Por mi parte, me inclino a pensar que ese final está bastante conforme con todas sus enseñanzas: Buda murió intoxicado por carne de cerdo. Podemos incluso darnos cuenta de que hay un cierto humorismo en todo esto, igual que hay un cierto humorismo y una diplomacia en la omnisciencia, que se le atribuyen a un Cristo o a un Buda, el conocer los arcanos de la vida misma, y la de cada persona en particular y ser capaz de convivir sin mencionarlo. Y qué no decir de su vida misma: saber, callar, sonreír y vivir. Buda murió intoxicado por carne de cerdo.

“Tranquilos. La enfermedad existe. Estaos tranquilos”. Nos dijo. Habrá quien lo niegue y se escandalice, si bien es una de las cuatro nobles verdades que descubriera Sidarta Gautama en el famoso paseo con su cochero, en aquella primera salida del palacio de su padre, el rey, que quería hacerle vivir en la ilusión para que nada le perturbara y fuera un gran monarca (de la ilusión). Y Buda dijo que la enfermedad (junto con la vejez y la muerte) existe; en la realidad más allá del palacio de la ilusión, existe.

Y algo parecido dijo el santo Lolo, amigo de juventud del nonagenario con artrosis de cadera a quien curó con su símbolo en la devoción de sus rezos. “Tranquilos. La enfermedad existe”. Y paradójicamente esta tranquilidad y este relajo, saber que por allí también estuvieron los santos y los budas con su símbolo (su figura de confianza y serenidad es el mensaje), es lo que quizá nos cure, más allá de toda devoción y todo rezo.

Joaquín García Weil es licenciado en Filosofía, profesor de yoga y director de Yoga Sala Málaga. Practica Yoga desde hace veinte años y lo enseña desde hace once. Es alumno del Swami Rudradev (discípulo destacado de Iyengar), con quien ha aprendido en el Yoga Study Center, Rishikesh, India. También ha estudiado con el Dr. Vagish Sastri de Benarés, entre otros maestros.

yogasala.blogspot.com

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Por • 30 Nov, 2017 • Sección: Firmas, Saludo al sol