La meditación de los símbolos

Los símbolos van más allá del concepto y tienden un puente entre el mundo subconsciente y el consciente, algo así como una caña de pescar que permite rescatar contenidos que, de entrada, no son perceptibles porque están por debajo de la línea de flotación. Junto con el símbolo, buceamos y a menudo encontramos tesoros que nos llevamos más tarde a la superficie, a la luz del día. Escribe esta nueva sección Julián Peragón (Arjuna).

Los símbolos no tienen un valor en sí mismos; son útiles por lo que iluminan dentro de una cosmovisión determinada. Una máscara tribal en la vitrina de un museo etnológico apenas es una carcasa vacía, pero esa misma máscara en su contexto, en medio de la danza, en el trance chamánico, adquiere su pleno significado.

Simbolizamos el mundo para hacerlo humano, para poder digerirlo, para manejarlo con sólo dos manos. Tenemos capacidad simbólica porque nuestra mente profunda funciona con imágenes: soñamos con imágenes, fantaseamos también con imágenes. Por eso, aunque lo ignoremos, el símbolo es capaz de lanzar sondas a las capas más profundas de lo que somos. El símbolo completa nuestro proceso de aprendizaje y nos inunda, como un oleaje, de contenidos y más contenidos, cada uno más y más insondable. No hay que confundir los símbolos con los signos. Los signos señalan, mientras que los símbolos evocan, aquéllos están anclados al objeto que representan mientras que éstos vuelan, estableciendo vínculos con otros objetos y realidades. El rojo del semáforo no da lugar a la duda: hay que parar, pero el rojo del cuadro puede llevarnos a la pasión o la guerra, al coraje o al amor.

Un símbolo es un atajo para la memoria, la personal pero también la colectiva. Si estamos suficientemente sensibles, es una llave para abrir un mundo arquetípico, donde nuestra alma despliega sus batallas heroicas. Los símbolos forman parte del lenguaje del inconsciente y tenemos que aprender a descodificarlos.

Cuando decimos que hemos de aprender a meditar como una ola, queremos rescatar la fluidez de la ola, el ritmo, la aparente separación del océano y también su embestida. La ola nos recuerda nuestra individualidad pero también la invitación a la profundidad, una vez se asuma como parte de la inmensidad del mar.

Visualizar la ola, por seguir con este símbolo, nos ayuda a conectar con nuestra respiración y su espontaneidad, porque todos hemos estado delante del mar horas y horas ensimismados por la ola que va y viene, ajena a cualquier tribulación, temeraria ante la roca, juguetona ante la espuma. La ola está fuera, pero el símbolo actúa dentro, y el símbolo permite un tránsito a una dimensión desconocida. El símbolo nos deja al borde del abismo. Ahora, sólo tenemos que saltar.

Elegimos el rayo como imagen de la intuición, el firmamento como imagen de la infinitud o el fruto maduro como imagen del desprendimiento interno. Visualizamos símbolos, pero en realidad nos interesan las cualidades sabias, aquellas que nos ayudan a superar la cerrazón del ego. Para representar la celebración ante la vida, elijo al pájaro que canta cada mañana, pero también podría elegir una danza tribal. Insisto, lo importante del símbolo es lo que éste ilumina, y no tanto el símbolo en sí. Apostemos por la creatividad en este ámbito.

Cualquier símbolo puede ser fecundo, pero la tradición nos advierte que elijamos uno que no provoque rechazo ni deseo. No dejemos que se inmiscuyan nuestras emociones ni nuestras preferencias; seamos ecuánimes. Pero tampoco exageremos, pues tampoco nos servirá un símbolo que nos sea del todo indiferente. Nos interesa elegir un soporte simbólico que tenga un alto poder de evocación, que construya puentes de significados, que evite la ambigüedad y que abra la puerta del asombro. La mesa está servida.

Se abre esta nueva sección de 21 meditaciones que Julián Paregón (Arjuna) ha incluido en su último libro La Síntesis del Yoga. Los 8 pasos de la práctica. Editorial Acanto.

 

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Por • 2 Oct, 2017 • Sección: Meditación