Un gran ego, un gran satori

En las filosofías orientales hay dos grandes enemigos a combatir: el intelecto desmedido y el ego. Conviene dar un repaso a ambos por si podemos alcanzar una perspectiva diferente y, ojalá, esclarecedora. Escribe Joaquín G. Weil. Fotografía de la colección Travel around Nepal del fotógrafo Victoriano Moreno.

Nepal (Foto: Victoriano Moreno)

Me ha parecido siempre que las personas que más pontifican contra los peligros y las celadas del ego son precisamente quienes tienen un ego del tamaño de Constantinopla. Es al menos lo que me pasa a mí mismo sin ir más lejos. Lo confieso: tengo un ego que es una cosa seria.

Decía el célebre maestro zen Taisen Deshimaru que si no tuviéramos ego nos disolveríamos en el espacio. Esta afirmación tan soberbia coincide precisamente con la filosofía del Ayurveda, según la cual, para existir, hay que hacerlo de algún modo concreto. También decía el japonés: “Un gran ego, un gran satori (iluminación)”. Con lo que el ego debe ser al satori lo que el nirvana al samsara, dos caras de la misma moneda.

La palabra “ego” suena un poco gruesa, porque es prefijo de “egoísmo” y, lo que es peor, de “egolatría”. Si lo llamáramos “el yo”, con sus características, pues ya no sería tan grave. Otra cosa es que nos refiramos al orgullo o a la vanidad.

Cuando enseño Yoga suelo decir que la dignidad es necesaria pero el orgullo es nocivo. Físicamente la dignidad se expresa por un porte garboso y erguido, con la coronilla empujando el cielo, la nuca cómodamente extendida, y los hombros y el pecho liberados de tensiones. Por su parte el orgullo se manifiesta como un elevar la barbilla, con gran tensión en las cervicales. Esto respecto a lo físico; en psicología y ética la diferencia consiste en que la dignidad se le reconoce a todas las personas por igual, mientras que la persona orgullosa quiere ser más que nadie.

Cuando comencé mi búsqueda personal entre las prácticas de Oriente, ya llevaba años buscando de modo insatisfactorio entre las intelectualidades de Occidente. Supe que el intelecto, el afán teorizador, las especulaciones metafísicas no suelen tener buena acogida en el mundo de la meditación y el Yoga. Actitud esta que se sentencia con la máxima de que un minuto de práctica vale más que mil palabras de teoría. Y quizá tenga razón.

Aquí una frase anónima que escuché resulta esclarecedora: el intelecto es como una cucharilla de té, sirve para disolver la miel o el azúcar en la infusión; luego ya no es necesario seguir removiendo.

El intelecto tiene su lugar. Al menos debe tenerlo. Lo considero la parte de “mantra”, la palabra que dirige o nos dirige en una dirección determinada, un objetivo bueno.

Camarote de los hermanos Marx

Una experiencia interesante es la del profesor de Yoga novel, cuando por vez primera desde su propia práctica, durante su propia práctica, tiene que transmitir verbalmente su visión, o su versión, a sus alumnos. De repente descubre que apenas le salen las palabras. Esto lo he vivido y lo he visto en varias ocasiones. Se tiene claro todo, pero de repente encontramos dificultad en explicarlo. Es parecido a cuando llegamos a un país extranjero cuya lengua hemos estudiado. Conocemos la gramática y el vocabulario, pero nos sentimos torpes al hilar las frases.

Considero que uno de los mayores beneficios de la enseñanza del Yoga, que al propio profesor le aporta, es ese continuo buceo desde el cerebro o la mente intelectual al cerebro o la mente profunda con la que trabaja la comprensión de las asanas, y viceversa.

Las personas que viven con dedicación la práctica del Yoga y la meditación y que, por ortodoxias o dogmas impuestos desde fuera, renuncian a sus capacidades intelectuales y teorizadoras, siempre me han parecido como pajarillos con las alas cortadas.

Finalmente, lo peor es que hablar de “la mente”, “el ego”, “el intelecto”, “el yo” etc. crea como una desconfianza respecto a sí, y un jaleo de personajes dentro de la persona, que deja en zapatillas la teoría del pancha kosa o de los cinco cuerpos del Vedanta. Y que parece más bien el camarote de los hermanos Marx donde sobre la algarabía hay alguien que pide encima “un huevo duro”.

De nuevo, todo es más sencillo y el Yoga, también en la persona, es unidad. No son “el ego”, “la mente” o “el intelecto” los que nos confunden, nos perjudican o nos engañan. Somos nosotros mismos. Y nosotros mismos somos también la salvación, la luz y la salida.

Sobre el fotógrafo Victoriano Moreno:
http://victorianomoreno.wordpress.com
http://www.behance.net/vitomoreno
https://www.facebook.com/VictorianoMorenoPhoto

Joaquin Garcia Weil (Foto: Vito Ruiz)Quién es

Joaquín García Weil es licenciado en Filosofía, profesor de yoga y director de Yoga Sala Málaga. Practica Yoga desde hace veinte años y lo enseña desde hace once. Es alumno del Swami Rudradev (discípulo destacado de Iyengar), con quien ha aprendido en el Yoga Study Center, Rishikesh, India. También ha estudiado con el Dr. Vagish Sastri de Benarés, entre otros maestros.

http://yogasala.blogspot.com

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Por • 23 Ene, 2013 • Sección: Saludo al sol